¿Quiénes fueron los Vikingos realmente? Cómo un pasado medieval se convirtió en un mito político

Graduada en Ciencias Políticas y estudiante de máster en Global Studies, en la Universidad de Lund, Suecia.

Especializada en postcolonialismo, seguridad y migración.

Tiempo de lectura:22 Minutos, 54 Segundos

En la actualidad, el mito vikingo ocupa un lugar destacado en la cultura popular, el cine, la literatura e incluso el discurso político. Aunque la influencia real de la expansión escandinava varió considerablemente entre las distintas regiones de Europa, su impacto en el comercio, la formación del Estado, la lengua y el intercambio cultural es ampliamente reconocido por los historiadores.

El actor Travis Fimmel representando a Ragnar Lothbrok en la serie Vikings (2013). Fuente: IMDb

La fascinación pública por los vikingos experimentó un gran resurgimiento tras el estreno de la serie de televisión Vikings en 2013. Al combinar figuras históricas con tramas de ficción, la serie se convirtió en un éxito mundial y contribuyó significativamente a la popularización de la estética vikinga. Los barcos, las runas, los peinados trenzados, las hachas y la mitología nórdica se convirtieron en motivos recurrentes no solo en el cine y la televisión, sino también en la moda, la música, los videojuegos, la cultura fitness y las redes sociales. Al mismo tiempo, la popularidad de la serie difuminó aún más la frontera entre la evidencia histórica y el mito moderno, reforzando una imagen idealizada de los vikingos como guerreros intrépidos, exploradores y símbolos de libertad y masculinidad.

Cuando hoy hablamos de los vikingos, no nos referimos únicamente a sus expediciones históricas o a su presencia política en la Europa medieval. Más bien, solemos remitirnos a un imaginario cultural concreto y a la memoria politizada de los vikingos, elementos que siguen moldeando las sociedades europeas contemporáneas. En este texto se examina cómo distintas sociedades (Gran Bretaña, la Europa continental, Escandinavia, la Alemania nazi y Rusia) han construido y utilizado la memoria de los vikingos, y de qué manera ese imaginario es movilizado hoy por sectores de la extrema derecha, incluida la de los propios países nórdicos.1

Simpatizantes del Movimiento de Resistencia Nórdica (Nordiska motståndsrörelsen) marchando con banderas que llevan su logotipo de la «Runa de Tyr». Fuente: Jonathan Nackstrand/AFP/Getty Images (extraído de Independent)

¡Pero no todos somos Vikingos!

Una de las ideas erróneas más persistentes es la creencia de que los vikingos constituían un pueblo unificado o un grupo étnico diferenciado. Sin embargo, en la historiografía actual, el término se entiende de una manera muy distinta.

“Vikingo” no es un etnónimo. La palabra del nórdico antiguo víkingr2 se refería a una persona que participaba en expediciones de ultramar, ya fuera con fines comerciales, de incursión o bélicos. Describía un papel social y ocupacional más que una identidad étnica.

La mayoría de los habitantes de Escandinavia nunca fueron vikingos. La gran mayoría de la población vivía como agricultores, artesanos y comerciantes, y no participaba en expediciones marítimas. Convertirse en vikingo era una actividad temporal o una opción profesional para algunos individuos, no una característica definitoria de sociedades enteras en Dinamarca, Noruega o Suecia.

El término también está delimitado históricamente y se refiere principalmente al periodo comprendido aproximadamente entre los siglos VIII y XI, conocido comúnmente en la historiografía como la Era Vikinga.

Reconstrucción cartográfica de la expansión y las rutas vikingas hacia el año 1000 d. C. El mapa ilustra la vasta red de asentamientos, dominios y rutas comerciales que conectaban el Atlántico Norte (desde Groenlandia y Vinlandia) con los reinos escandinavos, las islas británicas, Europa Occidental y las profundidades fluviales de Europa Oriental. Fuente: Anders Kvernberg / Mapas Milhaud

Por tanto, resulta engañoso asumir que los escandinavos modernos son simplemente “descendientes de los vikingos”. Las poblaciones del norte de Europa se vieron moldeadas por largos procesos de migración, consolidación política y transformación cultural, lo que hace que cualquier línea de descendencia directa resulte históricamente en una simplificación excesiva.

Ni siquiera los países nórdicos actuales pueden reducirse a una única «cultura vikinga». Como demuestra Gillian Warner-Søderholm,a pesar de compartir una rica historia cultural y ciertas tradiciones, Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia difieren considerablemente en sus prácticas y valores sociales. A partir de los datos del proyecto GLOBE, la autora identifica, por ejemplo, una mayor igualdad de género en Noruega, una menor distancia respecto del poder en Dinamarca, una cultura más jerárquica y formal en Finlandia y, en Suecia, un individualismo acompañado de una fuerte preocupación social.

Esta perspectiva nos permite alejarnos de una concepción esencialista de los vikingos como un pueblo diferenciado y, en su lugar, verlos como participantes en redes de movilidad, comercio, guerra e intercambio cultural. Por ello, los especialistas abordan cada vez más la Era Vikinga desde la óptica de la conectividad transregional, en lugar de hacerlo a partir del origen o de una unidad basada en la “sangre”. La genómica de poblaciones respalda esta lectura. El análisis de 442 genomas procedentes de yacimientos de toda Europa y de Groenlandia mostró que la Era Vikinga implicó flujo génico hacia Escandinavia desde el sur y el este, una marcada estructura genética dentro de la propia región y movimientos migratorios diferenciados, con una fuerte influencia danesa en Inglaterra, sueca en el Báltico y noruega en Irlanda, Islandia y Groenlandia3

Al mismo tiempo, la imagen de los vikingos sigue siendo un elemento importante de la identidad nacional en los países escandinavos, aunque su significado moderno es en gran medida fruto de la política de la memoria y de la construcción cultural, más que un reflejo directo de la realidad histórica.

Imaginario Vikingo en el norte europeo

La imagen del vikingo tal como la conocemos hoy es una construcción cultural relativamente moderna, más que un reflejo directo de la histórica Era Vikinga. A lo largo de los siglos, diversas sociedades han recordado, interpretado y hecho suyo el pasado vikingo de maneras notablemente diferentes. Dependiendo del contexto histórico, los vikingos han sido representados como invasores paganos, héroes románticos, fundadores de Estados, símbolos de identidad nacional o incluso ideales raciales. Esta lectura dialoga con la noción de «tradición inventada» propuesta por Eric Hobsbawm y Terence Ranger4, que designa prácticas y símbolos presentados como antiguos pero configurados, en buena medida, en épocas recientes para producir cohesión y legitimidad.

A partir de aproximadamente el siglo XII, el término “vikingo” fue adquiriendo progresivamente una connotación negativa en las fuentes escandinavas. En textos jurídicos y literarios, se utilizaba a menudo como sinónimo de ladrón, salteador o delincuente violento, y se contraponía explícitamente a los mercaderes pacíficos y a las expediciones comerciales. Los textos nórdicos anteriores al Romanticismo definían sistemáticamente a los vikingos como guerreros marítimos o piratas dedicados al saqueo de costas extranjeras. Incluso bien entrada la Edad Moderna, los autores y lexicógrafos escandinavos empleaban el término en un sentido claramente peyorativo, asociándolo con la piratería, el derramamiento de sangre y la ausencia de ley. Sólo mucho más tarde, con el auge del nacionalismo romántico, la figura del vikingo comenzó a reinterpretarse como un símbolo heroico y positivo.

Flota de barcos vikingos o drakkars navegando en el mar, extraída del manuscrito Miscelánea sobre la vida de San Edmundo (ca. 1130)

En la Europa continental, la imagen inicial de los vikingos estuvo también determinada en gran medida, durante mucho tiempo, por relatos que describían sus incursiones y sus encuentros con las sociedades cristianas. Estas crónicas, conservadas principalmente en fuentes francas y carolingias del siglo IX, retrataban a los vikingos como enemigos brutales, traicioneros y casi sobrehumanos. La perspectiva religiosa desempeñó un papel crucial en esta construcción: se percibía a los vikingos no solo como invasores extranjeros, sino también como paganos, es decir, enemigos del mundo cristiano. Esto dio lugar a descripciones cargadas de juicios morales y, a menudo, demonizadoras de sus acciones. A medida que estas historias se transmitían y reescribían, la violencia, el engaño y la destrucción se exageraban y dramatizaban cada vez más, transformándose gradualmente en estereotipos arraigados. Tal como demuestra Simon Coupland, existía una brecha considerable entre el mito y la realidad: aunque los vikingos efectivamente recurrían a la violencia y al engaño, su comportamiento no se alejaba de las normas bélicas de la Alta Edad Media ni era fundamentalmente más brutal que el de sus contemporáneos francos5. En este sentido, el mito vikingo no surgió de la pura ficción, sino de la progresiva distorsión y moralización de acontecimientos históricos reales.

En Gran Bretaña, la imagen de los vikingos se forjó principalmente a partir de fuentes escritas de la Alta Edad Media elaboradas en un contexto cristiano, así como del recuerdo de las primeras incursiones escandinavas de finales del siglo VIII. Tal como demuestra David M. Wilson, las primeras representaciones de los vikingos estuvieron condicionadas por la conmoción que provocaron los repentinos ataques costeros contra prósperos centros monásticos, los cuales se interpretaron como invasiones sin precedentes y no como incursiones limitadas y oportunistas6. El ataque a Lindisfarne en el año 793 resultó especialmente significativo, ya que sus contemporáneos lo percibieron como una agresión impactante contra los centros tanto sagrados como económicos de la sociedad.

Las principales fuentes coetáneas son las cartas de Alcuino de York, erudito northumbrio al servicio de la corte de Carlomagno, y la Crónica Anglosajona. Dado que los monasterios desempeñaban un papel fundamental en la vida social y cultural de Gran Bretaña, su destrucción contribuyó a consolidar la imagen de los vikingos como violentos invasores paganos, al tiempo que la tradición escrita fijaba los rasgos principales de esta percepción en la memoria histórica.

Ataque vikingo a Guérande (ca. 1100) . Fuente: Abadía de Saint-Aubin (Wikimedia)

En Escandinavia, la imagen moderna del vikingo surgió principalmente durante el Romanticismo escandinavo (finales del siglo XVIII y principios del XIX), una época en la que poetas e intelectuales no distinguían claramente entre la Era Vikinga y un «antiguo pasado nórdico» más amplio e idealizado. Las referencias anteriores a ese pasado lo presentaban como algo mítico, heroico o de gloria nacional, más que como una realidad históricamente concreta. En Suecia, escritores como Erik Gustaf Geijer y Esaias Tegnér desempeñaron un papel fundamental en la configuración de la imagen moderna del vikingo como una figura idealizada: joven, heroica e impulsada por la pasión, la libertad y el anhelo del mar. Esta imagen aunaba la fascinación por el individualismo y la inquietud existencial con una representación selectiva de la violencia y la conquista, integrando al vikingo en los ideales más amplios del Romanticismo europeo en lugar de ceñirse a una realidad histórica estricta.

Durante los siglos XVIII y principios del XIX, los autores escandinavos aún no utilizaban el término “vikingo” como un símbolo heroico de alcance general. En su lugar, las figuras del pasado nórdico solían describirse como kämpar (guerreros), héroes o reyes del mar. El término vikingo se empleaba con moderación y, por lo general, en su sentido literal y restringido, refiriéndose específicamente a saqueadores marítimos o piratas, a veces con una connotación negativa. Autores como Geijer, Tegnér, Runeberg y Stagnelius distinguían cuidadosamente entre los guerreros o héroes en general y los vikingos entendidos como hombres dedicados al saqueo marítimo. Solo con el auge del nacionalismo romántico, obras como La saga de Frithiof, de Tegnér7y Vikingen, de Geijer8, contribuyeron a transformar al vikingo en una figura heroica unificada y romantizada; un proceso que más tarde se vio reforzado por la cultura visual y el imaginario popular.

Dibujo de Johan Holmbergsson litografiado por Carl von Schéele en 1831 deLa saga de Frithiof. Fuente: Wikimedia

Si bien la reinvención romántica del vikingo comenzó en Escandinavia, gradualmente trascendió las fronteras nacionales. Durante el siglo XIX, la literatura y las representaciones artísticas contribuyeron a difundir esta imagen idealizada más allá de los países nórdicos, sentando las bases para que el vikingo surgiera como un símbolo cultural occidental más amplio.

Uno de los ejemplos más conocidos de esa circulación es el casco con cuernos, un atributo sin respaldo arqueológico para la Era Vikinga. Según Roberta Frank9, su difusión se debe a los cascos de ese tipo que el diseñador de vestuario Carl Emil Doepler creó para la primera puesta en escena completa de El anillo del nibelungo, de Richard Wagner, en Bayreuth en 1876, mientras que en las ilustraciones decimonónicas de la saga de Frithiof el héroe lució durante buena parte del siglo un casco de águila y solo hacia finales de la década de 1870 pasó a llevar cuernos. El único casco de la Era Vikinga conservado casi completo, el de Gjermundbu, en Noruega, carece de ellos, y los cascos con cuernos hallados en Escandinavia, como los de Veksø, en Dinamarca, pertenecen a la Edad del Bronce.

Una vez consolidada, esta imagen romántica resultó notablemente adaptable. A lo largo de los siglos XIX y XX, diversas sociedades se apropiaron del pasado vikingo para sus propios fines culturales, nacionales y políticos.

Como cualquier forma de memoria colectiva, el pasado vikingo puede existir como una narrativa cultural o leyenda popular relativamente inofensiva. Sin embargo, al mismo tiempo, puede utilizarse para fortalecer identidades colectivas y fomentar la cohesión social. En ciertos contextos, también puede instrumentalizarse, transformándose en una herramienta de movilización política, política identitaria y manipulación por parte de actores políticos que buscan legitimar proyectos ideológicos concretos.

La teoría normanda: ¿Quién fundó el Rus?

En Rusia, el recuerdo de los vikingos adquirió un significado con una carga política aún mayor. Allí, la cuestión de los vikingos nunca se limitó a la Escandinavia medieval o a la imagen del guerrero; por el contrario, se volvió inseparable de los debates sobre los orígenes del Estado ruso, la identidad nacional y la legitimidad histórica.

Para la mayoría de los rusos, los primeros gobernantes que conocen en la escuela no son los Románov, sino los Rúrikovich. Según la narrativa tradicional derivada de la Crónica de Néstor10 (y enseñada durante mucho tiempo en las escuelas soviéticas y postsoviéticas), el príncipe varego Riúrik fue invitado por tribus locales en el año 862 para restablecer el orden y establecer una autoridad política. Este episodio, conocido como la «Llamada a los varegos», se presenta habitualmente como el inicio de la condición de Estado de Rusia. Los descendientes de Riúrik gobernaron posteriormente las tierras de la Rus y, más tarde, Moscovia hasta finales del siglo XVI, antes de la llamada «Época de la Inestabilidad» y el ascenso de los Románov.

Rurik autoriza a Askold y Dir a emprender una campaña contra Constantinopla. Miniatura de la Crónica de Radziwill. Fuente: Wikimedia

La cuestión de la influencia vikinga en la formación de la Rus de Kiev ha sido durante mucho tiempo uno de los debates más controvertidos de la historiografía de Europa del Este. Tradicionalmente, los historiadores se han dividido entre las escuelas normanista y antinormanista, aunque los estudios actuales consideran cada vez más que esta dicotomía es excesivamente simplista.

Entre sus primeros defensores figuraron Gottlieb Siegfried Bayer y Gerhard Friedrich Müller en el siglo XVIII. Basándose en fuentes bizantinas y de Europa occidental, sostuvieron que la dinastía gobernante de la Rus tenía su origen en élites escandinavas, lo que suscitó una fuerte oposición por parte de eruditos rusos (destacando especialmente Mijaíl Lomonósov), quienes rechazaron tal idea por considerarla incompatible con la historia nacional rusa. El episodio que suele considerarse el origen de la controversia ocurrió el 6 de septiembre de 1749, cuando Müller debía pronunciar ante la Academia Imperial de Ciencias de San Petersburgo un discurso titulado Origines gentis et nominis Russorum, basado en las investigaciones que Bayer había publicado en 173611. Bayer había introducido en la erudición de Europa del Este fuentes como los Annales Bertiniani, que registran para el año 839 la presencia en la corte de Luis el Piadoso de unos enviados que se denominaban Rhos y a quienes los francos identificaron como suecos, y las obras del emperador bizantino Constantino Porfirogéneto. A ellas se sumó en el siglo XIX el argumento lingüístico del filólogo danés Vilhelm Thomsen12, apoyado en los nombres personales de la temprana historia rusa y en los nombres de los rápidos del Dniéper.

Los estudiosos normandistas modernos ya no sostienen que los escandinavos «crearan Rusia». En su lugar, afirman que los varegos suecos actuaron como emprendedores políticos que organizaron rutas comerciales preexistentes, establecieron dinastías gobernantes e integraron Europa del Este en redes comerciales más amplias. Según esta interpretación, la expansión escandinava hacia Europa del Este estuvo impulsada principalmente por el comercio, más que por la conquista. Samuel H. Cross argumenta que los varegos se asentaron gradualmente a lo largo de las principales vías fluviales antes de convertirse en la élite gobernante de importantes centros comerciales como Nóvgorod y Kiev. Del mismo modo, Peter G. Foote y David M. Wilson destacan la importancia estratégica de los asentamientos controlados por los escandinavos, señalando que centros como Stáraya Ládoga, Nóvgorod y Kiev permitieron a los vikingos dominar la ruta comercial que conectaba el mar Báltico con el mar Negro13. Por último, Frederick I. Kaplan sostiene que la superioridad militar y marítima de los varegos les permitió desplazar a los jázaros como la potencia comercial dominante en la región.14

La teoría antinormanda, por el contrario, rechaza por completo la idea de que el Estado ruso primitivo fuera fundado por escandinavos.

Esta interpretación adquirió especial influencia en la historiografía soviética, donde los historiadores subrayaban el desarrollo político independiente de los eslavos orientales y consideraban que la teoría normanda restaba importancia a la capacidad de acción histórica de los eslavos.

Uno de los representantes modernos más conocidos de esta postura es Nicholas Riasanovsky. Él sostiene que la influencia escandinava a menudo se ha exagerado considerablemente. Según Riasanovsky, existen pocas pruebas convincentes de que los vikingos hayan moldeado de manera significativa el derecho, la lengua, la religión o la literatura de Rusia. Sugiere que los colonos escandinavos abandonaron la región con relativa rapidez o fueron asimilados rápidamente por la sociedad eslava, lo que limitó su influencia cultural a largo plazo15.

Muchos historiadores contemporáneos ya no consideran especialmente productiva la división entre normanistas y antinormanistas.

Quizás la síntesis más influyente provenga de Omeljan Pritsak, quien sostiene que el debate en sí ha quedado obsoleto. En lugar de considerar los orígenes de la Rus como escandinavos o eslavos, él propone que la Rus de Kiev surgió como una comunidad política y comercial multiétnica, desarrollada a través de la interacción entre escandinavos, eslavos, pueblos fino-úgricos, poblaciones de la estepa y Bizancio16. Según esta interpretación, los varegos ni «crearon» la Rus ni carecieron de importancia histórica; más bien, constituyeron un componente relevante dentro de un proceso mucho más amplio de formación estatal.

Los Vikingos y la Alemania Nazi

Durante el siglo XX, el mito del vikingo se incorporó en parte a la ideología nazi. El nacionalsocialismo transformó al vikingo en un símbolo de superioridad aria, fuerza, militarismo y expansionismo, convirtiéndolo en un elemento central de su cosmovisión racista. Esta apropiación fue posible porque el vikingo se asociaba comúnmente con cualidades que la ideología fascista celebraba deliberadamente, tales como la fuerza física, el heroísmo, la valentía y la destreza militar. El vikingo también encarnaba un espíritu aventurero y un afán de exploración y expansión, características que se alineaban estrechamente con la glorificación fascista de la conquista, la expansión territorial y el ideal del guerrero fuerte. Como resultado, el imaginario vikingo y los símbolos de la mitología nórdica antigua quedaron estrechamente vinculados a los movimientos fascistas a lo largo del siglo XX, y algunos de estos símbolos siguen siendo utilizados hoy en día por grupos de extrema derecha.

Cartel propagandístico en el que se mezclan soldados de la época vikinga y del siglo XX, via the Freedom Museum, Copenhagen. Fuente:The Collector (vía Museo de la Libertad, Copenhague)
Cartel de propaganda alemán que muestra soldados del siglo XX y de la época vikinga. Fuente: The Collector (vía Museo de la Libertad, Copenhague).

Hoy en día, cuando las derechas radicales han ganado visibilidad electoral y mediática en Europa y Estados Unidos, y cuando algunas de sus expresiones más extremas recurren a la imaginería vikinga para escenificar una identidad hipermasculina17, resulta difícil no replantearse cuestiones en torno a la memoria de los vikingos y a los modos en que esta se utiliza.

¿Por qué han vuelto a cobrar tanta popularidad las películas, las series de televisión y los personajes de la mitología nórdica antigua relacionados con los vikingos? ¿Qué explica esta renovada fascinación? Para algunos, esto representa una apreciación de la historia o, simplemente, una mitología cautivadora. Para otros, sin embargo, encarna una estética particular y un intento de revivir un pasado imaginado o un conjunto de valores idealizados que nunca existieron realmente.

Noruega 2011 y la extrema derecha nórdica

La instrumentalización política del imaginario vikingo no terminó con la derrota del nacionalsocialismo, y los atentados del 22 de julio de 2011 en Noruega la devolvieron al debate público europeo. Ese día, Anders Behring Breivik hizo estallar una bomba frente a la sede del gobierno en Oslo y, horas después, disparó contra los participantes de un campamento juvenil laborista en la isla de Utøya, con un saldo de 77 personas asesinadas. En el manifiesto que difundió antes de los ataques, Breivik se presentaba ante todo como defensor de la herencia cristiana de Europa y heredero de los caballeros templarios, de modo que su autorrepresentación dominante remitía a las cruzadas medievales y dejaba en segundo plano el pasado escandinavo. Sin embargo, el texto recurre también a la religión nórdica precristiana, a la que denomina «odinismo», y el autor dio a sus armas nombres tomados de la mitología nórdica, como Mjölnir, el martillo de Thor, y Gungnir, la lanza de Odín.

Andres Breivik. Fuente: Reveal News (AP)

La teóloga Jone Salomonsen, de la Universidad de Oslo, interpretó estos elementos como marcadores de identidad más que como expresión de una creencia religiosa, pues Breivik hallaba en el paganismo nórdico una fuente alternativa de fuerza y de agresividad masculina frente a un cristianismo que juzgaba debilitado y feminizado18. Un reportaje de Reveal identificó además al menos seis condenas por terrorismo doméstico en Estados Unidos desde 2001 contra personas que se declaraban odinistas, aunque numerosos grupos paganos contemporáneos rechazan esa asociación19.

Esta ambivalencia impide reducir el atentado a una motivación vikinga y, a la vez, vuelve el caso revelador. Como muestra Christoffer Kølvraa20 al estudiar al Movimiento de Resistencia Nórdico, organización neonazi de origen sueco, el imaginario vikingo ocupa lugares distintos dentro de la extrema derecha. Mientras Breivik lo subordinaba a la defensa de una civilización cristiana frente al islam, ese movimiento lo emplea para construir un nacionalsocialismo específicamente nórdico, para diferenciarse de la derecha que defiende la herencia cristiana europea y para escenificar una identidad hipermasculina. En Suecia, la red Vikingar Mot Rasism, formada hacia 2014 por aficionados a la Era Vikinga, protestó en 2017 contra una marcha del movimiento en Gotemburgo, cuyo distintivo es la runa Týr21.

En Finlandia surgió en 2015 el grupo de patrullas antiinmigración Soldiers of Odin22. En Islandia, Bergsdóttir y Eyþórsdóttir (2024) analizan la polémica de 2020 por el parche de la llamada bandera de Vinland, diseñada en los años noventa por una banda de metal y adoptada por grupos supremacistas, que abrió un debate sobre imaginería vikinga, patrimonio y supremacismo.

¿Por qué los vikingos siguen importando?

La historia de los vikingos llegó a su fin hace unos mil años. La historia del mito vikingo, sin embargo, sigue desarrollándose. Cada generación reinventa al vikingo que necesita: un pirata, un héroe nacional, un fundador de estados, un guerrero ario, una atracción turística, un protagonista de Netflix o un símbolo de fortaleza masculina. En este sentido, estudiar a los vikingos nos dice tanto sobre el presente como sobre el pasado.

Referencias

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Notas

  1. En sentido estricto, Escandinavia comprende Dinamarca, Noruega y Suecia, mientras que la denominación «países nórdicos» incluye además a Finlandia e Islandia. ↩︎
  2. La etimología de víkingr sigue debatida. Entre las hipótesis más citadas figuran su derivación de vík («bahía», «ensenada»), del nombre de la región de Vík, en la costa noruega del Skagerrak, del verbo víkja («apartarse», «desviarse») y del inglés antiguo wīc («campamento», «asentamiento»). Una propuesta más reciente lo vincula con los turnos de remeros (Heide, 2005) ↩︎
  3. Ashot Margaryan et al., “Population Genomics of the Viking World,” Nature 585, n.º 7825 (2020): 390–396, https://doi.org/10.1038/s41586-020-2688-8.. ↩︎
  4. Eric Hobsbawm y Terence Ranger (eds.), The Invention of Tradition (Cambridge: Cambridge University Press, 1983). ↩︎
  5. Simon Coupland, “The Vikings on the Continent in Myth and History,” History 88, n.º 290 (2003): 186–203. ↩︎
  6. David M. Wilson, “The Vikings’ Relationship with Christianity in Northern England,” Journal of the British Archaeological Association 30, n.º 1 (1967): 37–46. ↩︎
  7. “Frithiof’s Saga,” Encyclopaedia Britannica, https://www.britannica.com/topic/Frithiofs-saga. ↩︎
  8. Erik Gustaf Geijer, “Vikingen,” Litteraturbankens skola, https://litteraturbanken.se/skolan/poesi-forfattare-erik-gustaf-geijer-vikingen/. ↩︎
  9. Wanda Marcussen, “The Gjermundbu Helmet,” World History Encyclopedia, 15 de mayo de 2019, https://www.worldhistory.org/image/10627/the-gjermundbu-helmet/. ↩︎
  10. La Crónica de Néstor, conocida también como Crónica de los años pasados (Povest’ vremennykh let) o Crónica Primaria, es la principal fuente narrativa sobre los orígenes de la Rus. Se compiló en Kiev en torno a 1113 y se atribuye tradicionalmente al monje Néstor, del monasterio de las Cuevas, aunque tuvo revisiones posteriores, entre ellas la de 1118. Como fue redactada más de dos siglos después de los hechos que relata para el siglo IX, los historiadores la emplean con cautela crítica.
    Smuta (смута) significa «turbulencia» o «disturbio» y designa la crisis dinástica y social abierta por la muerte de Fiódor I, último Rúrikovich, en 1598. Incluyó hambrunas, pretendientes que se hacían pasar por el zarévich Dmitri y la ocupación polaco-lituana de Moscú, y concluyó en 1613, cuando una asamblea eligió zar a Mijaíl Románov, fundador de la dinastía que gobernó hasta 1917. ↩︎
  11. Omeljan Pritsak, “The Origin of Rus’,” The Russian Review 36, n.º 3 (1977): 249–273. ↩︎
  12. Vilhelm Thomsen, The Relations between Ancient Russia and Scandinavia and the Origin of the Russian State (Oxford y Londres, 1877). ↩︎
  13. Peter Foote y David M. Wilson, The Viking Achievement: The Society and Culture of Early Medieval Scandinavia (Londres: Sidgwick & Jackson, 1970). ↩︎
  14. Frederick I. Kaplan, “The Decline of the Khazars and the Rise of the Varangians,” American Slavic and East European Review 13, n.º 1 (1954): 1–10. ↩︎
  15. Nicholas V. Riasanovsky, “The Norman Theory of the Origin of the Russian State,” The Russian Review 7, n.º 1 (1947): 96–110. ↩︎
  16. Pritsak, “The Origin of Rus» ↩︎
  17. Christoffer Kølvraa, “Embodying ‘the Nordic Race’: Imaginaries of Viking Heritage in the Online Communications of the Nordic Resistance Movement,” Patterns of Prejudice 53, n.º 3 (2019): 270–284. ↩︎
  18. Kilden, K. E. Førde, “Norse Gods in a Crusade for Europe,” Kilden genderresearch.no, 7 de febrero de 2012, https://kjonnsforskning.no/en/2015/10/norse-gods-crusade-europe. ↩︎
  19. Will Carless, “An Ancient Nordic Religion Is Inspiring White Supremacist Terror,” Reveal News, 25 de mayo de 2017, https://www.revealnews.org/article/an-ancient-nordic-religion-is-inspiring-white-supremacist-jihad/. ↩︎
  20. Kølvraa, “Embodying ‘the Nordic Race’,” ↩︎
  21. Christian Edwards, “‘We Can’t Let Racists Re-Define Viking Culture’,” The Local Sweden, 6 de octubre de 2017, https://www.thelocal.se/20171006/we-cant-let-racists-re-define-viking-culture-far-right-runes-swedish. ↩︎
  22. Barbora Žiačková y S. Rosenström, “Pop Culture, Vikings and Historic Nordic Gender Equality?,” nordics.info, Universidad de Aarhus, 24 de marzo de 2021, https://nordics.info/show/artikel/pop-culture-vikings-and-historic-nordic-gender-equality. ↩︎

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