Matilda Mason
Investigadora en Relaciones Internacionales, especializada en análisis de conflictos, con énfasis en el conflicto Rusia-Ucrania.
Licenciada en Mediación Cultural y Lingüística (2022) y Máster en Idiomas para la Cooperación Internacional (2025), su investigación aborda el Donbás, las relaciones OTAN-Rusia y la seguridad europea.
Actualmente cursa un posgrado en Antiterrorismo, es ayudante de docencia en la Universidad de Insubria en Italia e investigadora en la Universidad de Mármara en Turquía.
Cuando, a finales de 1995, se firmaron los Acuerdos de Dayton1, el escenario bosniocroata de las guerras yugoslavas pasó oficialmente a la historia. Los combates cesaron, las fronteras fueron rediseñadas, los nuevos estados empezaron a construir su propias historias. Pero el final de la guerra, en realidad, no fue realmente el final del conflicto. En muchos casos, solo marcó su desplazamiento del campo de batalla al espacio de la memoria.

En los Balcanes occidentales, el pasado de los años noventa sigue reapareciendo de maneras diferentes: en los monumentos, en los manuales escolares, en los debates políticos y en las polémicas públicas. En el contexto postyugoslavo, esto ha pasado casi en todas partes, menos en Montenegro. Aquí la guerra parece no haber existido nunca, o mejor dicho, existió, pero sin dejar señales visibles.
Montenegro, que durante los conflictos de los noventa formaba parte de la República Federal de Yugoslavia junto a Serbia, es uno de los casos más singulares del mundo postyugoslavo. No porque estuviera fuera de las guerras, sino porque ha construido una relación con ese pasado basada en la ausencia, nada de grandes narrativas, nada de memoriales, nada de rituales colectivos. La guerra no se celebra, pero tampoco se condena propiamente, simplemente se deja en los márgenes, como un episodio incómodo del que no vale la pena hablar.

Esta eliminación no es casual, es una elección, y es precisamente en este silencio organizado donde se puede leer una de las formas más sutiles y menos estudiadas de gestión de la memoria en los Balcanes.
Una participación sin relato
En los años noventa, Montenegro no era un Estado independiente ya que compartía con Serbia el liderazgo político, el aparato militar y la orientación estratégica. Las decisiones tomadas en Belgrado eran también decisiones montenegrinas. Las batallas que se combatían en otros lugares pasaban también por allí, y los soldados montenegrinos formaban parte del Ejército Popular Yugoslavo.
El caso más conocido de la participación montenegrina fue el ataque a Dubrovnik en 19912, un evento que marcó profundamente la opinión pública internacional, pero que en Montenegro durante mucho tiempo fue minimizado, justificado o simplemente olvidado.

Hoy es difícil encontrar, en el espacio público montenegrino, una referencia explícita a ese episodio. No en los monumentos, ni en los museos o las celebraciones oficiales. El asedio de Dubrovnik se ha convertido en un hecho externo, casi ajeno, a pesar de la participación directa del país, esta eliminación fue facilitada por un elemento decisivo: Montenegro no pudo construir una memoria de la guerra basada en la victimización. En su territorio no hubo masacres masivas, limpiezas étnicas sistemáticas ni destrucciones comparables a las de Bosnia o Croacia. Sin un sufrimiento colectivo que conmemorar, la guerra quedó sin un lugar estable dentro del relato nacional.
La violencia que no se ve
Allí la guerra no estuvo ausente, simplemente fue menos visible. En los años noventa, Montenegro acogió a miles de refugiados que venían de Bosnia-Herzegovina y de Croacia. Las consecuencias de la limpieza étnica llegaron también allí, en forma de personas que huían, relatos de violencia y vidas destruidas, pero toda esta experiencia quedó en una dimensión más humanitaria, sin transformarse nunca en una narración política o de memoria.
También hay un episodio que rompe claramente la imagen de neutralidad. En 1992, 66 refugiados bosnios musulmanes fueron arrestados en Montenegro, deportados y entregados a las fuerzas serbobosnias, muchos de ellos fueron asesinados. Durante años este hecho quedó en los márgenes del discurso público, sólo más tarde fue reconocido, pero sin producir una verdadera asunción de responsabilidad colectiva. Los cuerpos de las víctimas aún no han sido ubicados.

Aquí la violencia no es el resultado espectacular de los bombardeos, sino una de carácter administrativo, silencioso y burocrático. Una violencia que pasa por decisiones políticas, colaboraciones institucionales y continuidades de poder, y es precisamente este tipo el que resulta más difícil de recordar.
Elegir el silencio
En Montenegro, la memoria de la guerra no fue reprimida a través del conflicto, sino a través de la ausencia. No hay museos dedicados a los años noventa. No hay plazas ni monumentos que recuerden la participación del país en el enfrentamiento. Caminando por Podgorica o por las ciudades costeras, la guerra simplemente no aparece.
También la escuela contribuye a este silencio. Los manuales hablan de las guerras yugoslavas de forma rápida y muchas veces general, las acciones de guerra de Montenegro pasan en segundo plano, dentro de una narración regional que evita entrar en las responsabilidades locales. Se aprenden los hechos mínimos, pero no las preguntas incómodas.

En el discurso político y mediático, la guerra reaparece solo a veces. No como un tema central, sino como una referencia lateral, muchas veces ligada a situaciones diplomáticas o a presiones externas. El resultado es una memoria suspendida, donde la guerra es reconocida como un evento desestabilizador, pero precisamente por eso queda fuera del espacio público.
Este silencio tuvo una función precisa, en una sociedad marcada por equilibrios identitarios frágiles y por una fuerte continuidad de las élites políticas entre los años noventa y el periodo posterior, hablar abiertamente de la guerra habría significado reabrir conflictos internos, callar fue más fácil y más conveniente.
Yugoslavia como refugio ideológico
En el vacío dejado por la ausencia de una memoria pública de las guerras, en Montenegro ha encontrado espacio otro lenguaje: la nostalgia yugoslava.
No se trata de una nostalgia militante o ideológica, es más bien un referente cultural, emocional y selectivo. La Yugoslavia que se recuerda es la de la estabilidad, la convivencia y la normalidad cotidiana. Una Yugoslavia sin guerra, sin responsabilidades y sin culpas. La música, los símbolos y los referentes culturales mantienen vivo este pasado que parece seguro.
En una sociedad que se ha distanciado del nacionalismo serbio, pero que tiene dificultades para construir una identidad nacional plenamente compartida después de la independencia de 2006, la Yugoslavia nostálgica se convierte en un espacio neutral. Ni serbio ni montenegrino, un terreno común.

Pero esta nostalgia tiene un precio, sustituye la elaboración crítica por el afecto. Transforma la guerra en una pérdida abstracta, en un final inevitable, en lugar de verla como una serie de decisiones políticas y responsabilidades concretas. De este modo, contribuye a reforzar el silencio en lugar de romperlo.
También la cultura refleja esta ausencia. La literatura, el cine y las artes visuales raramente abordan de forma directa la participación montenegrina en las guerras yugoslavas.
El espacio urbano y el espacio cultural acaban así trabajando en la misma dirección: normalizar el olvido. No hay una competencia entre memorias, como en otros contextos pos-yugoslavos. Hay, más bien, un vacío estable, una continuidad aparente que hace que el pasado sea cada vez más lejano.
Recordar la ausencia
Montenegro no es un país sin memoria. Es más bien un país con una memoria silenciosa: una memoria que no se expresa a través de monumentos o narraciones conflictivas, sino mediante una ausencia sistemática de discurso público. Esta estrategia ha garantizado estabilidad y cohesión a corto plazo, contribuyendo a construir la imagen de un Estado pacífico, moderado y orientado hacia Europa. Sin embargo, también ha dejado sin resolver la cuestión de la responsabilidad histórica.
Pocos han sido los ejemplos concretos de este equilibrio entre reconocimiento y eliminación, y se pueden ver en algunas iniciativas institucionales adoptadas en los últimos años. En el año 2000 las autoridades montenegrinas presentaron disculpas oficiales a Croacia por la participación en el asedio de Dubrovnik. Después, algunos tribunales locales decretaron compensaciones para las familias de los refugiados bosnios deportados en 1992. Sin embargo, estos gestos quedaron limitados al plano diplomático y jurídico, sin traducirse en una transformación más amplia del espacio público o de la narración nacional. No siguieron programas educativos sistemáticos ni la creación de lugares de memoria permanentes.

También en el proceso de integración europea, donde la cuestión de la justicia transicional fue mencionada varias veces, las reformas se centraron sobre todo en aspectos técnicos del Estado de derecho, dejando en segundo plano el debate social con el pasado. El resultado es una memoria reconocida a nivel formal pero raramente vivida como experiencia colectiva: un compromiso que permite al Estado mostrarse responsable hacia el exterior sin cambiar profundamente los equilibrios internos.
El caso montenegrino muestra, por tanto, que la ausencia de conflicto memorial no equivale a la reconciliación. El silencio puede convertirse en una forma de gobernar el pasado, no menos problemática que las memorias abiertamente polarizadas. Mientras la guerra siga siendo invisible, continuará pesando, no como un trauma declarado, sino como una pregunta eliminada.
Referencias
- Bieber, F., (2003). Montenegro in Transition: Problems of Identity and Statehood. Baden-Baden: Nomos.
- Ramet. S., (2013). Memory and identity in the Yugoslav successor states. London: Routledge.
- Subotić, J., (2019). Yellow Star, Red Star. Ithaca, NY: Cornell University Press. Ramet, Ramet. S., (2013). Memory and identity in the Yugoslav successor states. London: Routledge.
- Volčič, Z. (2007). Yugo-Nostalgia: Cultural Memory and Media in the Former Yugoslavia. Critical Studies in Media Communication, 24(1), 21–38. Subotić, J., (2019). Yellow Star, Red Star. Ithaca, NY: Cornell University Press.
- Firmados el 21 de noviembre en la Base Aérea de Dayton (EEUU) por parte de Slobodan Milosevic (Presidente de la República de Serbia y representante de los serbobosnios de la República Srpska), Franjo Tudjman (Presidente de Croacia) y Alija Izetbegovic (Presidente de la República de Bosnia-Herzegovina). Fueron nuevamente firmados en un evento de carácter ceremonial el 14 de diciembre en París. ↩︎
- El asedio de Dubrovnik por parte de las tropas del Ejército Popular Yugoslavo (reemplazado luego por el Ejército de la República Srpska) duró entre octubre de 1991 y mayo de 1992, culminando con el triunfo croata y el levantamiento del asedio, en el cual la participación montenegrina fue relevante ↩︎
