Los cristianos de Irak: Un difícil camino hacia la representación política

La presencia de cristianos en Irak se remonta al siglo I d. C. Hoy en día cuentan con representación parlamentaria a través de escaños reservados, pero incluso estos escaños están sujetos a polarización y controversia.

Abdullah Al-Sa’ad

Escritor independiente, interesado en asuntos políticos y económicos. Sus artículos se han publicado en diversos sitios web.

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En un Irak agotado por décadas de guerras y sectarismo, las elecciones rara vez son un momento puramente democrático. A menudo se convierten en un nuevo anuncio de una carrera no exenta de engaños: otra elusión de las urnas que se supone que reflejan la voluntad de los votantes libres, pero que con frecuencia expresan la voluntad de los partidos expertos en compartir funciones, reciclar caras y adaptar los equilibrios a su influencia.

En las elecciones parlamentarias realizadas el 11 de noviembre de 2025, este panorama se aclaró. Los bloques iraquíes, grandes y pequeños, estuvieron enzarzados en una carrera frenética por los escaños en el Parlamento, no por amor a la legislación, sino para ganar un mayor peso en los ministerios, los organismos estatales y las formaciones afiliadas.

Así, el parlamento se convierte en una puerta de acceso al botín; las elecciones se transforman en un medio más que en un fin; y el lema tácito reza: “El fin justifica los medios”.

El resultado de estas elecciones arrojo una victoria para el bloque político del primer ministro Mohammed Shia al-Sudani, quedando con 46 escaños en el parlamento de 329 miembros, la participación total en las elecciones parlamentarios alcanzo un 56,11% según la comisión electoral. Con esta victoria parlamentaria, uno de los mayores desafíos del gobierno será equilibrar la influencia entre Estados Unidos e Irán en el territorio, aunque algunos acusan que esta victoria es un giro directo hacía Irán.

Detrás de este cuadro familiar se esconde una lucha más silenciosa, pero no menos encarnizada.

Se trata de una lucha por la cuota de “minorías”, concretamente para los cristianos, que, según la ley electoral, comprende cinco escaños parlamentarios distribuidos entre Bagdad, Nínive, Kirkuk, Dohuk y Erbil.

Aunque estos escaños no representan más del 1,5 % del total de escaños parlamentarios, constituyen un importante punto de entrada política en el equilibrio de poder. Los principales bloques invierten en ellos para ampliar su influencia y consolidar alianzas, incluso a costa de la independencia de la comunidad a la que esos escaños pretenden representar.

Desde 2003, la ley electoral iraquí no ha logrado liberar la representación parlamentaria del espectro del reparto sectario y comunal. Por el contrario, esta lógica se afianzó con la Decisión Legislativa n.º 44 de 2008, concretamente en su artículo 6, que legalizó las cuotas sectarias con el pretexto de aplicar lo acordado por los diferentes grupos políticos.

Aunque el Tribunal Supremo Federal anuló ese artículo en una decisión clara el 14 de octubre de 2019, sus efectos siguen siendo visibles en las leyes electorales, la asignación de cargos e incluso la representación de las minorías.

Una presencia ancestral

Hablar de los cristianos en Irak no es invocar a una secta tardía o a un componente subsidiario; es hablar de una de las comunidades religiosas más antiguas del país. Su presencia se remonta al siglo I d. C., tras la misión evangelizadora liderada por Mar Addai en Mesopotamia, Persia y Siria. Su discípulo, Mar Mari, fundó la Iglesia de Oriente en Al-Madaʾin, la capital sasánida. 

Esta presencia profundamente arraigada fue documentada por el historiador Raphael Babu Ishaq en la Historia de los cristianos de Irak, publicada en 1948 por Al-Mansur Press en Bagdad.

La concentración de cristianos en el norte de Irak no es producto de una circunstancia pasajera. Refleja una larga y acumulativa búsqueda de supervivencia en medio de un entorno político y social turbulento. El accidentado terreno montañoso, en Dohuk, Erbil, Sulaymaniyah y Nínive, ofrecía un escudo geográfico que limitaba el alcance de los agresores y proporcionaba un refugio natural frente a las oleadas de ataques y persecuciones a lo largo de los siglos.

Las montañas, con su rudeza y lejanía, han actuado durante mucho tiempo como un aliado tácito de las comunidades cristianas, preservando las aldeas de la desaparición y formando un cinturón de seguridad para la identidad, manteniendo su pulso incluso cuando su número disminuyó. El norte no era simplemente un lugar para vivir, era un lugar para permanecer.

Desde su presencia más temprana, los cristianos en Irak se enfrentaron a graves desafíos y, a lo largo de sucesivas épocas, soportaron una serie de ataques hostiles por parte de diversos actores y épocas, que diferían en su naturaleza, motivos y métodos. Algunos adoptaron una forma religiosa ferviente; otros estaban impulsados por objetivos políticos autoritarios para limitar la diversidad e imponer una identidad única en la esfera pública.

La amenaza ha persistido incluso en tiempos de aparente estabilidad. Los momentos de transición o caos pueden convertir la coexistencia en fragilidad y las garantías en espejismos.

Con cada ola de ataques, muchos han partido hacia la diáspora, mientras que otros vinculan su pertenencia a la tierra más que al momento. Se resisten a la migración, soportan la violencia y siguen adelante, herederos no solo de una antigua morada, sino de toda una historia.

Desde los inicios del Estado iraquí moderno, las estadísticas demográficas revelaban la distribución religiosa y étnica del país, con una presencia visible de los cristianos en las cifras oficiales.

En el primer censo de 1927, eran unos 88.000; en 1934, unos 97.000; en 1947, más de 149.000; y en 1957 superaban los 204.000, lo que suponía un 3,24 % de una población total de más de 6.296.000 habitantes.

Lo que destaca no es solo el aumento gradual, sino la relativa estabilidad demográfica de esta comunidad durante la primera mitad del siglo XX, un período no exento de desafíos, pero que, en términos relativos, permitió un crecimiento social y cultural natural y consolidó su posición como la mayor de las comunidades religiosas no musulmanas.

Esta presencia estadística daba testimonio de una cohesión social que no se traducía necesariamente en una representación política proporcional. No obstante, sentó una base numérica que demostraba que los cristianos nunca fueron marginales, sino un grupo activo dentro del tejido demográfico iraquí, antes de que se produjera un importante descenso numérico en las décadas siguientes.

La segunda comunidad más grande

Los cristianos nunca han estado cerca numéricamente de la mayoría musulmana, pero durante mucho tiempo han sido la minoría religiosa más numerosa, superando en número a los mandeos, yazidíes, judíos y otras comunidades más pequeñas.

Aunque aparentemente se trata de un hecho numérico, también tiene peso político, social y cultural. Contrarresta las narrativas que reducen a los cristianos a un simbolismo o a una representación simbólica. Han formado la segunda comunidad religiosa más grande del país, no solo en número, sino también en impacto, participación en el tejido nacional y contribuciones a la construcción del Estado.

Aun así, esta posición no se tradujo en una representación política o administrativa proporcional a su peso histórico y social. Las sucesivas versiones del Estado los trataron de manera simbólica, a veces integrándolos superficialmente y otras excluyéndolos en la práctica. Entre estos dos polos, los cristianos se han mantenido en su lugar original como un componente activo, no subordinado.

La presencia cristiana en la vida pública se extendió más allá de los ámbitos social y cultural hasta la política desde las primeras fases del Estado, incluso bajo el dominio otomano. Dawud Afandi Yusufani, un político cristiano nacido en Mosul en 1854, encarnó una etapa temprana de conciencia política y un ejemplo vivo de compromiso con la escena pública a pesar de las complejidades sectarias y administrativas.

Pasó de la docencia a la judicatura y, tras las elecciones de 1908, se convirtió en diputado por Mosul en la Cámara de Diputados otomana, la máxima institución representativa del imperio, cargo que ocupó hasta 1914. Su entrada no fue una excepción aislada, sino una muestra de la avanzada conciencia política de una comunidad que optó por la participación en lugar del aislamiento.

Tras la proclamación del Mandato Británico el 25 de abril de 1920, comenzaron a formarse los rasgos del Estado moderno en medio de una amplia movilización popular en Bagdad. Las multitudes exigían un congreso nacional iraquí para determinar el sistema de gobierno, afirmar los derechos y libertades, levantar la ley marcial y poner fin al control británico, exigencias que más tarde se unieron en la Revuelta de 1920, que alteró la trayectoria de Irak.

En medio de estos acontecimientos, un decreto real del 19 de octubre de 1922 estableció la Asamblea Constituyente iraquí, que se reunió el 27 de marzo de 1924 con 100 miembros. El rey Faisal I asistió y pronunció un discurso en el que destacó la necesidad de promulgar una constitución y una ley para la elección de diputados.

A pesar de los errores políticos, la Asamblea aprobó la Ley Fundamental iraquí de 1925. El artículo 36 establece: “La Cámara de Diputados estará compuesta por elección a razón de un diputado por cada veinte mil habitantes varones”. El artículo 37 añade: “El método de elección de los diputados se determinará mediante una ley especial, respetando los principios del voto secreto y la necesidad de garantizar la representación de las minorías no musulmanas”. Así, los cristianos obtuvieron cuatro escaños, dos para Mosul, uno para Bagdad y otro para Basora, la primera encarnación constitucional de la representación no musulmana en la historia moderna de Irak.

Un tímido regreso

Con el derrocamiento de la monarquía el 14 de julio de 1958, Irak entró en una nueva fase de retórica de liberación nacional, justicia social y apertura. Sin embargo, los primeros cinco años de la república estuvieron marcados por profundas divisiones dentro de la comunidad cristiana, turbulencias en materia de seguridad y ataques indirectos contra algunas figuras, lo que debilitó su representación política y redujo su influencia parlamentaria.

Bajo el régimen del Baaz (1968-2003), la representación cristiana fue sometida a un intenso control de seguridad. El régimen sometió a todas las comunidades a una estrecha vigilancia y no permitió ninguna voz cristiana independiente en el Parlamento o el Gobierno, prefiriendo mostrar a figuras cristianas seleccionadas como la “cara civilizada” del régimen.

En abril de 2003, el régimen cayó, junto con la estructura central del Estado, y surgió un nuevo orden político basado abiertamente en motivos sectarios y étnicos. En julio del mismo año se formó el Consejo de Gobierno iraquí, compuesto por 25 miembros, entre los que solo había un cristiano, Yonadam Kanna, una representación que parecía más un gesto simbólico que un reconocimiento justo de una comunidad histórica.

Con la Constitución de 2005, muchos creyeron que Irak avanzaba hacia un Estado cívico basado en la ciudadanía. El artículo 14 establece que “los iraquíes son iguales ante la ley sin discriminación por motivos de género, etnia, nacionalidad, origen, color, religión, secta, creencia u opinión, o situación económica o social”. El artículo 20 afirma que “los ciudadanos, hombres y mujeres, tendrán derecho a participar en los asuntos públicos y a disfrutar de derechos políticos, incluidos el voto, las elecciones y la candidatura”.

Sin embargo, el artículo 49(1) dice lo siguiente:

“El Consejo de Representantes estará compuesto por un número de miembros proporcional a un escaño por cada cien mil iraquíes, en representación de todo el pueblo iraquí. Serán elegidos por sufragio directo, secreto y universal, garantizando la representación de todos los componentes del pueblo”. Su ambigüedad ha abierto la puerta al afianzamiento de las cuotas religiosas y étnicas, convirtiendo a las minorías en “cuotas políticas” repartidas entre los bloques.

Las leyes electorales posteriores, especialmente la Ley n.º 4 de 2023 (la tercera enmienda a la Ley n.º 12 de 2018 sobre las elecciones al Consejo de Representantes y a los consejos provinciales), fijaron la cuota cristiana en cinco escaños, distribuidos entre Bagdad, Nínive, Kirkuk, Erbil y Dohuk, sin tener en cuenta su presencia en otras provincias.

Una moneda de cambio

La cuota cristiana no se ha librado de la polarización política posterior a 2003. En un momento dado, se convirtió en una contienda abierta entre la Iglesia, ciertas figuras políticas y los partidos dominantes, cuyas agendas van más allá de la propia comunidad.

En una contundente declaración pública, el cardenal Louis Raphaël Sako, patriarca de la Iglesia caldea en Irak y en todo el mundo, acusó a Rayan al-Kildani, líder del Movimiento Babilonia, de “apropiarse de los escaños de la cuota cristiana” y “tomar el control del Ministerio de Migración y Desplazamiento como si estuviera reservado para la comunidad cristiana”.

Sako fue más allá, afirmando que al-Kildani había intentado controlar la Fundación Cristiana y las propiedades cristianas en Bagdad, Nínive y la llanura de Nínive, y que había “comprado al clero cristiano con la ayuda de una mujer que nombró ministra”, en referencia a la ministra de Migración y Desplazamiento, Evan Faeq Yakoub.

Rayan al-Kildani respondió rápidamente. En una declaración oficial, dijo:

“Con profundo pesar y asombro, leímos la Carta Abierta n.º 160, con fecha del 15 de julio de 2023, que el patriarca Sako dirigió al presidente, al primer ministro y al pueblo cristiano e iraquí, en la que anunciaba su partida de la residencia patriarcal en Bagdad a un monasterio en la región del Kurdistán, huyendo de la justicia iraquí en los casos que se le han imputado”.

Añadió: “Somos un movimiento político, no brigadas. Participamos en el proceso político como parte de la Coalición de Administración Estatal. La decisión de retirarle el decreto fue emitida por la Presidencia, no por nosotros, para corregir un error constitucional”.

El 7 de julio de 2023,la Presidencia iraquí emitió una declaración aclaratoria en la que afirmaba que la revocación del Decreto Republicano n.º 147 de 2013, que había nombrado al cardenal Sako patriarca y custodio de los bienes de la comunidad, no afectaba a su condición religiosa, ya que había sido nombrado por la Santa Sede, y no por un decreto estatal. La Presidencia explicó que el decreto anterior carecía de base jurídica y que otros líderes religiosos habían solicitado decretos similares, lo que motivó su anulación para corregir la situación.

La crisis de la cuota cristiana ha ido más allá de las sospechas de captura por parte de partidos poderosos para incluir la exclusión directa de candidatos que obtuvieron votos cristianos.

En medio de estas preocupaciones, muchos cristianos se enfrentan a una realidad política de marginación y exclusión, no solo de los cargos públicos, sino también de la representación justa en sí misma.

Según el periodista y analista político Basel Boulos: “El número de cristianos en Irak antes de 2003 superaba el millón y medio. Solo en Bagdad había más de quinientos mil. Hoy en día, no es exagerado decir que nos hemos convertido en un componente minoritario”. 

Boulos añade: “El término «minoría» nunca nos ha encajado, pero muchos cristianos lo aceptaron a regañadientes porque algunas convenciones internacionales otorgan a las minorías una protección especial. Lamentablemente, ni siquiera esa protección nos llegó nunca. No había garantías de existencia, ni justicia en la representación, ni respeto por la particularidad del componente”. 

Según él: “En virtud de la ley electoral vigente, el número de escaños asignados a los cristianos es de cinco, frente a los 324 escaños para el resto. Quienes ocupan los cinco escaños no pueden hacer mucho por los cristianos. Peor aún, los intentos de algunos actores políticos de hacerse con esos escaños significan que ya no representan en absoluto a los cristianos, sino a una determinada fuerza política”.

Por su parte, el Dr. Rahman Al-Jebouri, director de la Academia Rasheed para el Desarrollo Político y Gubernamental, explica: “Los votantes cristianos deberían poder votar a sus candidatos cristianos en un censo especial separado del resto de iraquíes, para que no se repita la situación de falsificación de su voluntad”.

El escritor e investigador político Kifah Mahmoud sostiene que la raíz del problema no solo reside en las fórmulas jurídicas, sino también en la cultura política imperante. “En los países desarrollados”, explica, “las personas ya no se definen a sí mismas en función de su religión, secta o etnia, sino como ciudadanos. En las sociedades avanzadas, las diferencias religiosas se han disuelto en un Estado civil que respeta a todos por igual”.

La realidad iraquí sigue estando muy lejos de ese modelo. Las subidentidades siguen dirigiendo la política y se reflejan claramente en la representación de las minorías.

La crisis de la representación cristiana en el Consejo de Representantes, a través del sistema de cuotas, revela un profundo defecto en la arquitectura de la representación política de las minorías y refleja un problema más amplio: la superposición del dominio de los partidos con los procesos electorales. 

Aunque el sistema de cuotas se diseñó para garantizar la representación de todos los componentes de la sociedad iraquí, las intervenciones directas de las principales fuerzas políticas, las dudas sobre los mecanismos de votación y la instrumentalización de los escaños de las minorías lo han convertido en una herramienta de negociación y reparto, en lugar de un mecanismo de representación y equidad.

Los cristianos de Irak, uno de los componentes más antiguos del país, se enfrentan a un doble desafío: la disminución de su número debido a la migración y a los ataques selectivos, y la disminución de su representación real en la política. Esto se traduce en la limitación de sus candidaturas a solo cinco provincias y en la llegada de candidatos que carecen de apoyo dentro de la propia base cristiana.

En la actualidad, la cuota cristiana no refleja necesariamente la voluntad de la comunidad, sino más bien la voluntad de las fuerzas circundantes. Esto exige una reevaluación del sistema de representación para garantizar que un mecanismo destinado a la reparación no se convierta en una nueva vía de marginación, en un panorama político que sigue estando gobernado por el sectarismo y las lealtades cruzadas.

Publicado originalmente en Jummar el 16 de octubre de 2025. Traducido y editado por Christofer Cerón. Click aquí para ver el texto original en inglés.

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