Joaquín M. Cereceda
Historiador y escritor, Licenciado en Historia por la Universidad de Concepción (2021-2025) y Diplomado en Religiones del Antiguo Próximo Oriente por la Universidad Católica del Norte (2025). Sus intereses de investigación cubren sobre todo la época imperial turca desde su fundación en el siglo XIII hasta su disolución en el siglo XX, pasando por la instauración de la República de Turquía y la reconfiguración de Medio Oriente tras la Primera Guerra Mundial.
Fuera del ámbito histórico, también es autor de novelas y relatos policiales.
Breve aclaración inicial
El origen de los turcos en Medio Oriente (y por extensión de los Otomanos), es un proceso lleno de teorías y de escasez de fuentes directas. Y es que los primeros textos que cuentan la vida de Osman I (el fundador del Imperio) y su padre Ertuğrul (el responsable de asentar a la tribu de la que proceden los Otomanos en Anatolia) fueron escritos más de cien años después, siendo el escrito turco más antiguo Tevârîh-i Âl-i Osman (1480) del historiador Âşikpaşazâde, que describió todos los logros del Imperio hasta el reinado de Mehmed II “El Conquistador”. Por tanto, el tema se abre a debate entre los otomanistas1, ya que los historiadores de la época se basaban en la tradición popular que había trascendido oralmente o exageraban a propósito con el fin de ensalzar la figura del primer sultán. Por otro lado, en Europa la historia de los turcos no llamó la atención hasta que fueron un poder importante en Medio Oriente en el siglo XVI, lo que no ayuda a darle mayor fiabilidad a los libros occidentales.
Es por todo lo anterior que es necesario aclarar desde un inicio las versiones que se utilizarán al momento de escribir (y resumir) la génesis de los Otomanos, con el fin de evitar confusiones futuras entre quienes conozcan o se encuentren otras versiones de la historia. De este modo, el relato que se leerá a continuación se estructurara en base a la teoría del historiador austríaco Paul Wittek, compartida en su libro The rise of the Ottoman Empire de 1938, la cual tiene como nombre “Tesis ghazi” y defiende la idea de que la expansión Otomana fue producto de la lucha que estos sostuvieron en contra de las potencias cristianas occidentales en nombre del Islam. Cabe resaltar que esta propuesta es hasta el día de hoy una de las más aceptadas entre el público general, por lo que es perfecta para explicar el origen de los turcos en una investigación como esta, en la que el foco del estudio no se centrará en llegar al lector especializado, si no que a aquel que sienta curiosidad por saber cómo una etnia de Asia Central se asentó en Medio Oriente, sometió a los pueblos locales y acabó por conformar uno de los imperios más poderosos del mundo.

El inicio
Los turcos actuales de Anatolia fueron surgiendo paulatinamente a través de múltiples migraciones provenientes de Asia Central, las cuales ocurrieron en dos periodos distintos. La primera, fue producto de las tribus nómadas turcomanas que servían bajo el liderazgo de la dinastía Selyúcida2 durante el siglo XI, en el momento en que esta fuerza penetraba en la actual Azerbaiyán (en el Cáucaso) con el fin de arrebatarle Anatolia al Imperio Romano de Oriente (también conocido como Imperio Bizantino). De este modo, los elementos túrquicos fueron echando raíces en Medio Oriente, a medida que la línea divisoria entre Romanos y Selyúcidas se fue corriendo cada vez más hacia occidente; al punto en que tras la batalla de Manzikert, en 1071, sustituyeron progresivamente a la población griega local, que se reasentó en los territorios costeros del Mar Egeo. El segundo y más importante movimiento migratorio hacia Anatolia surgió casi dos siglos después, luego de que en la década de 1220 los mongoles empezaran su acelerada expansión por Asia rumbo a Europa provocando un desplazamiento forzado de más nómadas turcos que no querían acabar subyugados a la brutal Horda de Oro.

En consecuencia, Anatolia se convirtió en una mezcolanza de diferentes tribus turcas que orillaron a que el explorador Marco Polo apodara a la región como «Turkmenia» en su famosa obra de 1298 Los viajes de Marco Polo en donde expuso las culturas de Oriente a la Europa Medieval. Sin embargo, con el desmoronamiento del Imperio Selyúcida y la posterior llegada del Imperio Mongol (1206-1368) las tribus acabaron a su suerte en una Anatolia dividida, provocando que la mayoría vendiera sus servicios de mercenarios al mejor postor con tal de sobrevivir, como fue el caso de la tribu Kayı, que vivía alrededor del poblado de Söğüt. Dicho clan se puso a las órdenes del Sultanato islámico de Rum (1077-1308), también de etnia turca, tras un acuerdo alcanzado por su líder Ertuğrul que les garantizó el control efectivo de su región a cambio de su sometimiento.

Es en este mismo periodo de tiempo que la tribu conformó su reputación como un grupo de grandes combatientes que ayudaban constantemente a sus hermanos musulmanes en sus múltiples roces con el Imperio Bizantino, de confesión Cristiana Ortodoxa3. Sin embargo, a la muerte de Ertuğrul en 1281, sobrevino una crisis sucesoria interna en el clan que amenazó con tirar abajo todo lo construido, hasta que su hijo menor Osman obtuvo el poder absoluto con el apoyo de los más jóvenes.

Este nuevo jefe comenzó a actuar de modo más atrevido, creando grupos de saqueo que se dedicaron a atravesar constantemente las fronteras Bizantinas por propia iniciativa y que le valieron el apoyo de las demás etnias túrquicas de Anatolia, quienes al estar también islamizadas le otorgaron en señal de respeto el título de «Gāzī»4, el cual estaba reservado únicamente para grandes líderes de saqueo y de la expansión del Islam.
Con este respaldo, Osman redobló la apuesta y en 12995, tras conquistar la ciudad fortificada de Inegöl, declaró al fin la independencia de su principado, el cual estaría ahora regido netamente por su familia bajo una nueva dinastía (la Osmanli), la cual en los años subsecuentes conformaría uno de los estados más fuertes de la historia, el Imperio Osmanlí u Otomano6.

La conquista de los Balcanes y la consolidación imperial
Ya resumida la génesis, empieza la que sin duda es la etapa más importante. La conquista de Anatolia y los Balcanes fue un proceso largo, que contó con muchos obstáculos en el camino, así como con el apoyo de muchos musulmanes. Y es que, en los años posteriores a la conformación del nuevo estado Otomano, tanto Osman como sus descendientes fueron capaces de arropar su movimiento de toda una justificación religiosa, declarando la Ŷihād o “Guerra Santa” a los Cristianos Ortodoxos del Imperio Bizantino y conquistando paulatinamente sus ciudades hasta instalar su capital en la recién tomada Bursa, en el noroeste de Anatolia, muy cerca de Constantinopla, la ciudad principal de Bizancio.
Debido a ello, no pasaría mucho para que alguien se rebelara en contra del emperador Romano, de modo que en 1346 una conspiración liderada por el noble Juan Catacuzeno le arrebató el trono a Juan V Paleólogo, quien se vio obligado a dividir sus poderes7. Con este objetivo, Catacuzeno buscó aliados que lo respaldaran, encontrándolos en los Otomanos, regidos entonces por el hijo de Osman, Orhan I; quien aceptó dar su apoyo al noble bizantino luego de que este le prometiese poder saquear las costas en torno al Mar Egeo y la Tracia, además de entregarle una fortaleza en la península de Gallipoli para tales efectos y casarle con su hija.
Así, los turcos pusieron el primer pie en los Balcanes, encontrándola dividida y llena de riquezas, por lo que se aprovecharon de la situación y emprendieron nuevas campañas en la zona con el fin de no irse jamás; hasta el punto que para 1361 ya tenían conquistadas ciudades como Monastir, Salónica y Adrianópolis, la cual tras ser capturada se convertiría en la tercera capital del Estado en detrimento de Bursa, bajo el nombre de Edirne.

Como agrega Fernand Braudel: “La península de los Balcanes distaba mucho de ser pobre, y en los siglos XIV y XV era más bien rica. Pero estaba dividida: bizantinos, serbios, griegos, búlgaros, genoveses y venecianos luchaban allí unos contra otros. Ortodoxos y latinos se enfrentaban en constantes querellas religiosas. Por último, socialmente el mundo balcánico era de una extrema fragilidad, minado desde antes que llegara el invasor, por revueltas agrarias y en donde las grandes familias terratenientes acabaron por derrumbarse”8.
Evidentemente, esta nueva ocupación no agradó a los locales, quienes constantemente se rebelaron en contra del nuevo mando Otomano. Sin embargo, estos, inteligentemente, empezaron a asentar colonias turcas traídas desde Anatolia para afianzar su control mediante un proceso de turquificación cultural.
Acto seguido, el tercer monarca, Murad I, tornó su atención nuevamente hacia Medio Oriente, buscando acabar de una vez por todas con los restantes clanes turcos que aún no eran incorporados a la causa Osmanlí (tomando posesión, por ejemplo, de la actual ciudad de Ankara), lo que le ganó en el proceso la admiración de los árabes y sobretodo del Califato Abasí, asentado en la ciudad de El Cairo en Egipto, que aceptó otorgarle a él y a sus descendientes el título de “Sultanes9” de modo oficial. Esto fue significativo pues los Abasíes ostentaban los cargos de “Califas10”, lo que los convertía en los sucesores del profeta Mahoma y en los representantes, al menos en papel, de todos los musulmanes; por lo que de este modo los Osmanlí obtuvieron una legitimación perpetua en el mundo islámico, mezclando en su identidad tanto su confesión religiosa como su origen étnico al mantener el nuevo rango vigente, junto con el de Khan (Rey) o Hagan (versión turca de Khagan, o sea “Emperador”) de origen centroasiático11.
Esto, por supuesto, atrajo la colaboración de muchos fieles no turcos al nuevo sultanato que continuó su expansión meteórica conformando un Imperio Euroasiático que muy pronto haría sacudir los cimientos del Imperio Bizantino.
Aunque en rigor seguía constituyendo el último bastión cristiano en Medio Oriente, los bizantinos se vieron impotentes ante el avance otomano debido a las múltiples crisis internas que sufría (golpes de estado, pestes, crisis económicas, etc), las cuales provocaron que acabara considerablemente reducido, al punto en que ya para el siglo XIV sólo controlaba Constantinopla y un par de islas en Mórea (la península del Peloponeso).
En consecuencia, los romanos se vieron obligados a rendirle tributos a los otomanos con tal de mantener su independencia, lo que desesperó a los emperadores, los cuales constantemente imploraron la ayuda de Occidente para hacerle frente a la amenaza musulmana, pero estos, enfocados en sus propios problemas internos, no le dieron demasiada importancia al asunto hasta 1389, cuando el Sultán Murad I aplastó a los serbios en la batalla de Kosovo y anexó casi completamente la zona de los Balcanes a sus dominios, llegando a la frontera con el Reino de Hungría.

Lamentablemente, Murad también perecería en esa sangrienta contienda, teniendo que ser sucedido en el mismo campo de batalla por su hijo Bayaceto I (1389-1402), quien se preparó para hacerle frente a la acometida europea que se aproximaba, primero cambiando el sistema de gobierno basado en el vasallaje, por uno más centralizado que le otorgara mayor control en los asuntos administrativos y, en segundo, conquistando los territorios balcánicos que restaban, incluyendo Morea, Bosnia, Valaquia, Bulgaria, Serbia, Patras, Larissa y Atenas; lo que le valió el apelativo de Yıldırım («El Rayo»), gracias a sus rápidas maniobras.
De este modo, para cuando el ejército cruzado al fin llegó en 1396, los turcos, envalentonados por sus recientes victorias, no tuvieron problemas en plantarles cara a los cristianos en la Batalla de Nicópolis, que vio como un contingente de tropas de Hungría, Venecia, Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico fue aniquilado completamente, dejándoles la vía libre a los Otomanos para conquistar de una buena vez la capital Bizantina, que se encontraba en crisis terminal luego de un asedio que llevaba ya dos años12.

Sin embargo, justo cuando se creía que Constantinopla caería, un tercer jugador llegó a la partida desde Asia Central: el Imperio Timúrida, regido por el turco-mongol Timur (también conocido como Tamerlán)13, quien en 1402 aplastó a los otomanos en la batalla de Ankara, tomando prisioneros al sultán Bayaceto y a varios de sus hijos; lo que sumió a la nación en una anarquía de más de una década, durante la cual los herederos sobrevivientes se disputaron el poder político del imperio, hasta que en 1413 el cuarto hijo, Mehmed, pudo imponerse ante sus hermanos menores, recuperando el control total del territorio y permitiendo la pervivencia de la dinastía osmanlí14.
Aún así, su reinado, que apenas duró ocho años (1413-1421), supuso un parón en las conquistas al tener que ocupar la mayor parte de su tiempo en la reorganización interna del Imperio, para así asentar las bases que permitieron a sus sucesores reanudar la labor. Lo que precisamente hizo su hijo, Murat II (1421-1444 y 1446-1451)15, quien dejó a los turcos como soberanos casi absolutos de la península balcánica tras derrotar una nueva cruzada liderada por los húngaros en la batalla de Varna (1444) y la segunda batalla de Kosovo (1448). Además, en 1425 anexó Esmirna y cinco años después recuperó Salónica (1430) de los Bizantinos, que había sido tomada durante el caos de la guerra civil producto de la captura del sultán Bayaceto16.
Para entonces, el ejército otomano empezó a gozar de un alto prestigio entre los europeos occidentales, los cuales tras fracasar en su segundo intento de arremetida empezaron a entender el peligro que suponían estos invasores turcos, quienes habían creado una de las unidades de infantería más disciplinadas y efectivas del mundo: los jenízaros, soldados reclutados entre las distintas etnias cristianas que vivían dentro de las fronteras del Imperio, las cuales debían entregar cada año una cuota de niños para que se les entrenase desde pequeños, convirtiéndolos en fanáticos religiosos, fieles a Allah y al propio sultán.

Es en este momento cuando se dieron las condiciones ideales para que se produjera la caída definitiva de Constantinopla, la capital del Imperio Romano de Oriente, ya que, pese a que los emperadores Bizantinos intentaron nuevamente buscar ayuda, al costo que fuese, entre las demás monarquías cristianas, estas mismas ya no estaban en condiciones para asistirles luego de las derrotas en Varna y Kosovo. De este modo los turcos, liderados ahora por Mehmed II, hicieron los preparativos para un nuevo (y cuarto) asedio a la ciudad; movidos por la determinación del joven sultán de concretar la labor que sus antepasados no consiguieron: conquistar Constantinopla.
Acto seguido, el 6 de abril de 1453 se daría inicio al famoso sitio de la metrópolis, el cual concluiría con una legendaria victoria para los Otomanos el 29 de mayo de ese mismo año, acabando para siempre con la historia de los romanos y dejando pavimentado el camino para que los turcos siguieran abriéndose paso por Europa como el Estado más fuerte del mediterráneo oriental. Por otro lado, este logro le confirió al sultán Mehmed el título de “El conquistador” (Fatih), por el cual pasaría a la historia, y que consolidó a posteriori con las conquistas definitivas de Albania (1478), el Peloponeso, y la anexión del Kanato de Crimea (1478).

Como señala el historiador Hernán González, la conquista de Constantinopla significó para Mehmed “la unión de los dos continentes, Asia y Europa, que constituían la herencia recibida de sus antepasados y de las dos tradiciones, el Islam y la Frontera, que les habían dado forma. El viejo principado de aquellos guerreros de la frontera, se había convertido en un Imperio; y su soberano, en emperador, (…) [lo que hacía] del sultanato de los Otomanos la verdadera punta de lanza del Islam, que amenazaba directamente a Occidente y le daba un prestigio inmenso dentro del mundo musulmán”17.
Ahora, desde el punto de vista europeo, el fin del Imperio Romano de Oriente y la pérdida de Constantinopla no sólo significaron “el quiebre definitivo de una entidad ya desgastada política y militarmente, sino que, como ciudad–símbolo, significaba el hundimiento de una tradición milenaria, de un pasado prestigioso y de una forma de vida. Además implicaba el desaparecimiento de una antesala relativamente libre para penetrar en zonas extraeuropeas en dirección de Asia”18.
Regresando con el victorioso sultán Mehmed II, es necesario comentar que es gracias a él que el Imperio no solo obtuvo adiciones territoriales, sino que también una nueva evolución en su identidad. Pues al haber sido Constantinopla la heredera del Imperio Romano, la caída de su capital y la muerte de su último emperador Constantino XI, dejaron los títulos reales en manos del monarca Osmanlí, quien rápidamente se hizo nombrar kayser-i Rûm (César de Roma), para así reclamar que su Estado era el legítimo sucesor de la antigua gloria Romana y que, por tanto, tenía derecho sobre la ciudad Itálica ubicada en Europa Occidental. De este modo, Mehmed les avisó a sus enemigos que sus ansias expansionistas no habían sino recién comenzado e invitó a todo musulmán dispuesto a ayudar en la expansión definitiva del islam por el mundo a unirse a las filas otomanas. Lamentablemente para él, falleció prematuramente en 1481, mucho antes de que el Imperio alcanzara su plenitud en el siglo XVII.
Sus sucesores, inspirados por las hazañas de sus antepasados, se dieron a la labor de expandir las fronteras, extendiéndose por Europa hasta Budapest y Odessa, por el Norte de África hasta Egipto y el Levante, y por Asia Occidental, desde Turquía hasta Yemen. El Imperio Otomano mantendría así su importancia como potencia hasta la I Guerra Mundial, en el siglo XX, perpetuando un legado histórico-cultural que prevalece hasta nuestros días.

- Especialistas en Historia Otomana. ↩︎
- El Sultanato Selyúcida fue un efímero estado musulmán que existió entre los años 1037 y 1194 y que se extendió por Asia Central y buena parte de Medio Oriente. Si bien contaba con un liderazgo persa, étnicamente el ejército se componía más que nada de guerreros turcos, provenientes de diferentes tribus de Asía Central. ↩︎
- No está determinado cuando fue la que los Kayi se convirtieron a la fe islamica, aunque según explica el Doctor turco en historia de derecho Ekrem Buğra Ekinci, a partir del siglo VIII las tribus tuvieron acceso a la religión gracias a las incursiones que el Califato Omeya realizó en Asia Central al mando de Qutaiba ibn Muslim, gobernador de Jorasán (región histórica al este de la actual Irán). En consecuencia, para mediados de este siglo, la vasta mayoría de pueblos turcos ya habían abrazado la nueva fe, dado que sus características resultaron bastante compatibles con el modo de vida nómade que poseían ↩︎
- Gāzī, palabra que es un participio activo, significa «el que toma parte de una razia», siendo después un término técnico para los defensores de las fronteras musulmanas, para luego ser por extensión el título para distinguir a los gobernantes musulmanes que destacaban en la lucha contra los infieles. ↩︎
- La otomanista escocesa Caroline Finkel ha señalado que un motivo por el que la fecha 1299-1300 fue elegida tradicionalmente como la que dio inicio al Imperio Otomano es que la misma coincide con el cambio de año 699-700, que en el calendario musulmán marcaba el inicio del primer siglo de existencia del islam, después de que el profeta Mahoma empezase a extender la fe en el siglo VII. De este modo, los Otomanos hacían un paralelismo con este hecho, dando a entender que ellos también representaban una nueva época de revitalización religiosa. ↩︎
- La denominación se deriva de la pronunciación Arabe del nombre del fundador “Uthmān” ↩︎
- Juan Catacuzeno había sido el consejero del Emperador Romano Andronico III durante más de doce años, obteniendo una gran influencia en los asuntos administrativos del Imperio Bizantino. Sin embargo, Andronico falleció prematuramente en 1341, por lo que el trono pasaría a ser para su hijo Juan V, quien solo tenía 9 años al momento de su ascensión, en una época muy delicada para la nación, pues era atacada por todos los frentes. Fue así que Cantacuzeno defendió su derecho a ser el tutor del niño hasta que este cumpliera la mayoría de edad, dado su puesto como consejero y a su experiencia en el campo de la diplomacia; lo que fue mal visto por la madre regente, Ana de Saboya, quien conspiró a sus espaldas declarándolo un traidor mientras éste se encontraba luchando en contra de los serbios en los Balcanes. En consecuencia, Cantacuzeno se declaró como Emperador, desconociendo abiertamente el mando de Juan V debido a la influencia que su madre ejercía sobre él y marchó con sus hombres más leales hacia la capital, luego de obtener la ayuda de los turcos. Ana, por su parte, intentó conseguir socorro de occidente, aunque no con mucho éxito, lo que la obligó a acordar una tregua con Cantacuzeno en 1347, que le convirtió en coemperador junto a su hijo Juan V, el cual tras cumplir la mayoría de edad recuperó el poder individual como único monarca en 1354. ↩︎
- Braudel, Fernand. «La grandeza turca: del Asia Menor a los Balcanes». En: El Mediterráneo y el mundo Mediterráneo en la época de Felipe II (Tomo II), p15. Ciudad de Mexico: Editorial Fondo de Cultura Económica, 1949. ↩︎
- El término “sultán” proviene del árabe sulṭān, que significa “autoridad” o “poder”. En el mundo islámico, se utilizaba para designar a un gobernante con poder político y militar sobre un territorio musulmán. A diferencia del califa, quien era considerado el líder religioso y político de toda la comunidad islámica, el sultán solía ejercer un poder más práctico y territorial. Muchos sultanes gobernaban en nombre del califa, aunque en la práctica eran independientes. ↩︎
- Un califa era el líder político y religioso de la comunidad musulmana tras la muerte del profeta Muhammad. El término proviene del árabe khalīfa, que significa “sucesor” o “representante”. A lo largo de la historia existieron grandes califatos, como el Califato Omeya y el Califato Abasí, que expandieron enormemente la influencia islámica en Asia, África y Europa. ↩︎
- Lo cierto es que el origen etimológico de estas palabras, hasta el día de hoy es desconocido, por lo que dependiendo de la fuente las versiones pueden cambiar considerablemente entre quienes apoyan la tesis de que se tratan de términos de origen mongol, turco o incluso rouran (un idioma de las estepas mongolas, extinto en el siglo XV). ↩︎
- Este primer asedio duró de 1394 a 1402 y de hecho fue la razón detrás de la cruzada. ↩︎
- Tamerlán es la latinización del nombre Timur i-Lenk (Timur el cojo), el cual fue un gran conquistador de Asia Central que vivió entre 1333 y 1405 y que estructuró un efímero imperio que conectó las fronteras de la Actual China, India, Persia, el sur de Rusia y Turquía. Sin embargo, tras su muerte sus herederos fueron incapaces de mantener todo el territorio unido, fraccionando el Estado en distintas monarquías, como la Mogol en india. ↩︎
- Solo como dato adicional, cabe mencionar que fue durante este interregno que se efectuó el segundo asedio Otomano a la ciudad de Constantinopla, el cual duró desde 1411 a 1413. Resulta que durante el caos de la guerra civil el Emperador Bizantino, Manuel II Paleólogo, decidió apoyar a uno de los pretendientes, llamado Soliman (a veces citado por algunos historiadores como Soliman I, aunque no ostentara el titulo oficialmente) con el fin de recuperar algunos territorios alrededor del mar Mármara, así como la ciudad de Salónica, en la actual Grecia. De este modo, los Romanos firmaron el Tratado de Galípoli de 1403 con los rebeldes, el cual devolvió la urbe, así como otras zonas, a sus fronteras. Sin embargo, Soliman acabaría siendo asesinado siete años después en la Batalla de Kosmidion (1410) a manos de otro de sus hermanos, y también pretendiente al trono, llamado Musa Çelebi, quien en represalia por el apoyo de Manuel II, decidió sitiar Constantinopla hasta que Mehmed intervino aliándose con los Bizantinos. ↩︎
- El motivo por el que existe una ventana de dos años en el reinado de Murat II se debe a que, en el año de 1444, cansado por las continuas campañas que debió llevar a cabo y el golpe emocional que sufrió con la sorpresiva muerte de su primogénito favorito Aleaddin Ali Çelebi (gobernador de Amasya), decidió abandonar brevemente la vida pública, dejándole el trono a su heredero de doce años Mehmed II. Lamentablemente para él, la situación política del imperio pronto lo obligó a recuperar el poder, dado que los jenízaros se aprovecharon de la poca autoridad del nuevo sultán para sublevarse en la zona de los Balcanes en la conocida como “revuelta de Buçuktepe” (recordada como la primera de muchas manifestaciones que organizaría el ejército a lo largo de la historia imperial). ↩︎
- Murat también organizó el tercer asedio Otomano a la ciudad de Constantinopla en 1422, aunque debió dejarlo inconcluso luego de que su hermano Küçük Mustafa se revelara en Anatolia ese mismo año y sitiara Bursa (antigua capital imperial). ↩︎
- Gonzalez Q. Hernán. «La Modernización que llevó al ocaso a un Imperio: Aproximación al devenir histórico – ideológico del Imperio Otomano durante el siglo XIX y principios del XX (1830 -1914)», p85. Tesis para optar al grado académico de Magíster en Historia de Occidente, Universidad del Bio Bio, 2013. ↩︎
- Rojas Donat, Luis. «“Los Turcos en algunos humanistas de comienzos del S. XVI”». En: Cuadernos de Historia n º10, p148. Santiago de Chile: Universidad de Chile, 1990. ↩︎
Referencias
- Finkel, Caroline. «Osman’s dream». En: The story of the Ottoman Empire 1300-1923. Cambridge: Basic Books, 2007.
- Imber, Colin. “El Imperio Otomano 1300-1650”. Barcelona (España): Javier Vergara Editor, 2004.
- Lewis, Bernard. “The Political Language of Islam”. Chicago: The University of Chicago Press, 1988.
- Wittek, Paul. “The Rise of the Ottoman Empire”. London (England): The Royal Asiatic society of Great Britain and Ireland, 1958.
