Licenciado en Filosofía y Letras, y estudiante de Antropología, con formación avanzada en Estudios del Futuro, Prospectiva y Estudios Culturales. Máster en Mediterráneo Antiguo y Oriente Próximo, además de un posgrado en Análisis de Inteligencia por el Instituto Gutiérrez Mellado. Especializado en ciberinteligencia, operaciones psicológicas, HUMINT y ciencias del Islam, centra su investigación en crimen organizado, geopolítica y comercio internacional.
Interesado en Europa del Este y Oriente Próximo, combina conocimientos en biotecnología, smart-cities y mediación de conflictos, con experiencia en prevención de desastres y lucha contra la desinformación.
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En Bielorrusia, el poder se ejerce vía complejas redes de influencia y ficciones basadas en el juego del lenguaje e información. Estas ficciones no son casualidades, sino dispositivos psicopolíticos calculados que generan realidades manufacturadas alternativas. En el régimen de Alexander Lukashenko, las teorías de conspiración responden a un sistema de configuración de la realidad que legitima el gobierno bielorruso y distrae a la población de las problemáticas estructurales.
Estas realidades alternativas se conocen como hiperstición: fábulas que, al insertarse en el tejido social, se vuelven verdad tanto emocional como estéticamente.

Colonización de la percepción: conspiraciones y advertencias dirigidas

El concepto de hiperstición (formulada por Nick Land/CCRU1 y desarrollada por Mark Fisher), describe cómo una narrativa ficticia puede terminar moldeando la realidad. Bielorrusia aplica esta lógica paranoide sin buscar credibilidad factual, sino eficiencia emocional. El Estado bielorruso fabrica relatos (ataques híbridos de Polonia, neonazis lituanos, guerras bacteriológicas, espionaje finlandés) no para ser creídos, sino para producir polarización colectiva, confundir cognitivamente entre multi-estímulos informativos y bloquear toda posibilidad de organización opositora.
La hiperstición, al crear su propio contexto real, también se define como una aceleración del colapso cultural bajo el capitalismo tardío. En Bielorrusia, esto se simboliza con la permanencia del nombre “KGB” (el único servicio de inteligencia en Europa que conserva su acrónimo soviético intacto). Lejos de responder a la nostalgia, es un prototipo ideológico que funciona como advertencia: el miedo por sobre del respeto, y la vigilancia por sobre de la libertad. Incluso los ciberataques por parte de los ciberpartisanos no debilitaron su imagen, sino alimentaron su poderío de vigilancia total.

A su vez, la represión se vuelve estética. Centenares de vídeos de confesiones forzadas se presentan a las masas como programas de disuasión mediática, funcionando como advertencia. Se definen como signo de vigilancia y prueba de la eficacia del régimen: el Estado ve, juzga y controla.
Estética del estancamiento y vida en territorios contaminados: el régimen como gestor del tiempo muerto
En Bielorrusia, la maquinaria de control estatal no se limita a la represión física o informativa (biopolítica y psicopolítica), sino que se extiende a la manipulación simbólica del tiempo, la estética y la memoria colectiva. El régimen congela el presente vía transposición de los símbolos soviéticos: los carteles, la tipografía institucional, el mobiliario urbano y los edificios públicos replican con precisión quirúrgica el estilo visual del socialismo tardío.
Dar un paseo por la capital bielorrusa (Minsk) deviene una experiencia de recorrido de memoria temática de la Guerra Fría: estatuas de Lenin y Marx, tiendas Univermag, relieves de hoz y martillo en estaciones de metro, vitrinas de tiendas diseñadas en los 1970, brutalismo y militarización del espacio. Esta estética es formulada desde una táctica profunda: impedir la renovación simbólica de la realidad para sostener un “pasado eterno”: una ilusión de seguridad basada en la familiaridad del ayer.

La arquitectura responde al recuerdo ideológico en lo visual (como sucede también en Transnistria). Lo nuevo se asocia a lo subversivo y el reciclaje cultural de la nostalgia se encuentra replicado en la política cultural: canciones tradicionales, himnos religiosos o baladas soviéticas son vaciadas de contexto, manufacturadas como tranquilizantes emocionales y reinsertadas en la vida cotidiana.
El caso de “Mahutny Boža” (himno espiritual reinterpretado como símbolo democrático en las protestas del 2020), ilustra esta estrategia: tras ser coreado masivamente por los protestantes bielorrusos, fue sustituido por melodías tradicionales como la Kupalinka. A pesar de que tal melodía también se usase por parte de los manifestantes, estos últimos no lograron acaparar el simbolismo de la misma y asociarlas a demandas civiles. Esto dió tiempo a las instituciones bielorrusas oficialistas para asimilar la Kupalinka en su propia estrategia de contrapropaganda que definió esta canción por la continuidad histórica de la nación bielorrusa más que por un nuevo sonido de disconformidad (insertando así, una ambigüedad estratégica en la narrativa original para diluir su significado revolucionario).
Este proceso asumía una modalidad de desarme ideológico que pretendía contrarrestar todo tipo de símbolo popular asociado a la crítica social. De esta forma, una canción campesina es más útil que un tanque, ya que puede desactivar políticamente una oposición simbólica sin provocar resistencia.
Esta misma lógica se aplica en el sur del país (en las regiones contaminadas por Chernóbil), donde el Estado niega la toxicidad radioactiva. A diferencia de Ucrania (que convirtió su zona de exclusión en sitio memorial y turístico), Bielorrusia ha apostado por la “falsa normalidad”.
En lugares como Bragin o Narovlya (hoy en día altamente irradiados), las escuelas y los negocios permanecen abiertas, los cultivos se promueven y las fiestas patronales siguen vigentes. No existen campañas sanitarias; solo una representación insistente de vida normal donde no debería haberla. Aldeanos cultivan tierras tóxicas, niños asisten a escuelas en pueblos fantasmas y generaciones completas crecen ignorando que viven donde no se debe existir.

En estas zonas, donde la memoria y la materia se encuentran contaminadas, el olvido se convierte en política de Estado y la negación en su continuum. Así, la tipología del estancamiento y la geografía de la radiactividad se suman a la misma función: borrar la posibilidad del futuro mediante la cristalización de un pasado impuesto.

El régimen como escudo simbólico: turismo emocional y la nueva zona gris post-OTAN
La geografía política del país ha sido reconfigurada desde el inicio de la invasión de Ucrania. Bielorrusia ya no es un simple aliado comercial y diplomático de la Federación Rusa, sino una retaguardia táctica y operativa (casi como un nuevo estado tapón). Se han confirmado entrenamientos del Grupo Wagner y las PMC’s rusas en el sur de Bielorrusia, la creación de equipos móviles de propaganda y expertos en drones, un incremento de espionaje tanto occidental como por parte de Moscú en la capital bielorrusa y movimientos logísticos que colocan al país en el epicentro de una nueva zona gris post-OTAN.
La propaganda ha intensificado la imagen de Bielorrusia como último baluarte de estabilidad frente al caos exterior (una Europa degenerada, consumida por valores liberales y amenaza militar constante). Esto refuerza la militarización emocional de la sociedad, ya que el enemigo se encuentra en todas partes y la obediencia es la única moneda de cambio para garantizar la paz.
En este ecosistema simbólico de propaganda, incluso el ocio se transforma en doctrina. El régimen promueve un modelo institucionalizado de turismo rural donde escuelas y familias visitan aldeas modelo en las que se revive la coreografía simbólica del socialismo soviético: ordeño colectivo, cantos patrióticos, museos del “trabajo” y desfiles escolares con uniformes históricos. Este “agro-socialismo” no es marketing, sino entrenamiento y reafirmación emocional. Se educa en la idea de que el pasado es un lugar seguro, disciplinado y limpio; en contraste con la caótica globalización. Así, la pedagogía autoritaria, la estética y la emoción forman una tríada que sostiene un régimen cuyo verdadero poder no reside solo en sus macro-estructuras visibles, sino en la forma en que constituye y recuerda el tiempo, la identidad y la memoria.
Kolya Lukashenko y la eternidad temporal del régimen
En medio de esta distorsión del tiempo, un rostro emerge con fuerza inquietante: el de Nikolái Lukashenko, conocido popularmente como “Kolya”. Este es hijo menor del presidente y ha sido presentado en desfiles militares, foros nacionales, cumbres internacionales y en reuniones bilaterales con líderes como Vladimir Putin o Nicolás Maduro desde que tenía 10 años. Esta representación no confirma el nepotismo tradicional, ya que Kolya es un símbolo. Representa la dinastía informal y la continuidad del poder más allá de lo político. No se trata de un sucesor, sino de exhibirlo como figura sacralizada y como signo de la eternidad del régimen.

En Bielorrusia, la manipulación del tiempo y la historia no solo responde a la estética del régimen, sino a una disputa mayor: quién tiene derecho a narrar el pasado y a proyectar el futuro. Museos, monumentos y manuales escolares funcionan como trincheras simbólicas donde se combate por el sentido mismo de lo real. Este patrón no es exclusivo de Minsk: se encuentra también en Varsovia, Moscú, Kiev o Budapest, donde las estatuas derribadas, los currículos reescritos o las canciones rehabilitadas se convierten en armas de confrontación cultural.
Así, la política del presente se ideologiza al imponer un calendario que ordena la vida cotidiana en clave de obediencia y sacrificio. El tiempo deja de ser una secuencia abierta hacia el futuro para transformarse en un recurso político: un bucle cuidadosamente diseñado que legitima el presente manufacturado y excluye cualquier alternativa.
- La Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) fue un colectivo interdisciplinario fundado en 1995 en el departamento de filosofía de la Universidad de Warwick, encabezado por Sadie Plant y posteriormente por Nick Land. ↩︎
El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de Revista Tarpán.
