Estudiante de Relaciones Internacionales y Ciencia Política en la Universidad de Belgrano.
lucia.lagokrummer@gmail.com
Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, el Imperio japonés puso todo su empeño en forjar una imagen diferente de sí mismo para el exterior. Las entrañables películas de Studio Ghibli, las series de animé y la literatura japonesa lograron que Japón sea percibido en Occidente como un país tierno y amigable. Sin embargo, la percepción de este país en los países del Este y Sudeste Asiático dista mucho de la imagen benigna que supo construir en Occidente. Los crímenes cometidos por el Ejército Imperial Japonés durante su ocupación de Asia Pacífico significan una herida abierta que Japón nunca intentó cerrar.

19 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, con la capitulación de Japón luego de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, la ciudad de Tokio albergó por primera vez en su historia los Juegos Olímpicos de Verano en 1964. El éxito de esta justa deportiva ayudó a cambiar la imagen de Japón como enemigo de Estados Unidos a aliado de Occidente en Asia Oriental.

Este evento sirvió como concreción de un proyecto iniciado en 1945, cuando Estados Unidos se propuso convertir al Japón en una democracia liberal bajo su tutela. A través del General MacArthur dotaron al país de una constitución redactada por los americanos y se dispusieron a cambiar algunos aspectos institucionales del país. Entre ellos, hicieron que el Emperador perdiera su carácter divino (los japoneses creían que descendía de Amaterasu, divinidad relacionada con el sol).
Cabe recordar que el entonces Emperador Hirohito estuvo bastante involucrado en los crímenes de guerra cometidos por su país durante la guerra. A pesar de que la mayor responsabilidad recayó sobre el General Togo, entonces Primer Ministro, y los funcionarios de su gobierno de tinte fascista, es innegable que como Jefe de Estado del Imperio japonés debía estar al tanto de los crímenes de los que era responsable su país.

Durante los juicios de Tokio, el correlato asiático de los Juicios de Nüremberg, un grupo de magistrados liderados por el fiscal estadounidense Joseph B. Keenan condenó a varios funcionarios japoneses responsables de crímenes de guerra en el Este y Sudeste de Asia, entre ellos el propio Togo.
Este proceso judicial, muchas veces ignorado por la historia jurídica, permitió esclarecer el alcance de las atrocidades cometidas por el Ejército Imperial Japonés. Violaciones, mutilaciones y masacres de miles de personas son algunos de los crímenes contra la humanidad por los que se condenó a los funcionarios japoneses.

Con el advenimiento de la Guerra Fría, la guerra de Corea y el establecimiento de la República Popular China, Estados Unidos se vio obligado a formar alianzas sólidas. De esta manera, Japón pasó de enemigo acérrimo a aliado estratégico, convirtiéndose en el principal garante de la contención de la República Popular China.
Pero este nuevo Japón no fue recibido de la misma forma por el resto del continente asiático. Para los ciudadanos de Singapur, Filipinas, China, Corea del Norte y Corea del Sur y los demás países de la región, los crímenes de la ocupación japonesa siguen muy presentes en la conciencia nacional. Esto se debe a que Japón, a diferencia de Alemania, no realizó un reconocimiento oficial de la gravedad de sus crímenes.
Para el filósofo alemán Jürgen Habermas, la construcción de una memoria colectiva en Alemania sobre la importancia de recordar el Holocausto y demás atrocidades cometidos por los nazis, fue lo que permitió a este país insertarse en la Comunidad de Naciones Europeas.
Este empeño japonés de perpetrar la impunidad histórica en el imaginario popular se sitúa en un contexto actual de ascenso de los partidos nacionalistas y de extrema derecha en el plano doméstico. La imagen de un Japón victorioso y poderoso antes y durante la Segunda Guerra Mundial entusiasma a una gran parte de la población, sobre todo los jóvenes. Sin ir más lejos, la recién nombrada Primera Ministra de Japón, Sanae Takaichi, comparte visiones políticas significativamente conservadoras.

Si Japón desea desarrollar un futuro donde reine la amistad con sus países vecinos, es imperioso que reconozca la oscuridad de su pasado. Algunos referentes de la cultura nipona ya lo hicieron: el escritor Haruki Murakami, y el cineasta y animador Hayao Miyazaki se pronunciaron sobre la importancia de reconocer estos crímenes. Esta es la única manera de devolverle la luz al Sol naciente de la región.
El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de Revista Tarpán.
