Las operaciones militares llevadas a cabo por Israel contra Irán a partir del 28 de febrero de 2026 se distanciaron significativamente de la lógica de selección de objetivos de ataques anteriores. En lugar de limitarse a las instalaciones nucleares y la infraestructura de misiles, Israel atacó sistemáticamente el aparato coercitivo de las comisarías de policía estatales iraníes, los puestos fronterizos y el corazón comercial del Bazar de Teherán.
Este artículo argumenta que estos ataques no fueron errores colaterales, sino que constituyeron una estrategia tridimensional coherente destinada a desmantelar la capacidad del régimen para la represión interna, fracturar su soberanía territorial según criterios etnonacionales y cortar las redes económicas que históricamente han sustentado la autoridad clerical. Basándose en el marco del realismo civilizacional de Robert Kaplan y su concepto de la geografía como determinante del comportamiento político, el análisis sostiene además que esta estrategia, por muy sofisticada que sea tácticamente, malinterpreta la estructura profunda de la cultura política iraní y corre el riesgo de generar precisamente la consolidación nacionalista que pretende prevenir.
