Joaquin Nahuel Paredes

Profesorado y Licenciatura en Historia en la Universidad Nacional de Rosario (Argentina). Investigación en Historia del Arte y estudios sobre Asia y África.

nahuelparedes88@gmail.com

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A fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, luego de un extenso periodo de enfrentamientos bélicos, el poder de Japón fue asumido por el shogun Tokugawa Ieyasu (1543-1616), el fundador del shogunato Tokugawa que estableció su sede en Edo (actual Tokio). Esto dio comienzo a una extensa etapa de estabilidad y paz caracterizada por el desarrollo económico, políticas de aislacionismo, un estricto orden social y la proliferación y crecimiento de las artes, la cultura y el entretenimiento

En conjunción con este proceso, florecieron las ciudades y la cultura urbana como así también ascendió una nueva clase comercial, la de los chonin, quienes, si bien no estaban en lo más alto de la jerarquía social, prosperaron con el nuevo orden que trajo consigo el gobierno militar o bakufu. Este nuevo grupo necesitaba expresarse con un lenguaje y un espíritu propios, y alrededor del mismo surgió una cultura paralela a la oficial y a la aristocrática que rechazaba la austeridad del código del guerrero y estaba a favor de los placeres de los sentidos. Así, fueron aparecieron distintas expresiones culturales y populares en la literatura, la poesía, el teatro y la pintura. 

En este contexto surgió el Ukiyo-e, un género de arte nipón que se basaba en la técnica del grabado en madera (xilografía). Si bien el estampado en madera no era algo nuevo tanto dentro como fuera de Japón, las “imágenes del mundo flotante” representan un cambio en esa tradición debido a sus tópicos, técnicas y riqueza artística. Sus temas principales eran paisajes, actores de teatro kabuki, retrato de mujeres, luchadores de sumo y escenas de la vida urbana, entre otros.

El Ukiyo-e o “imágenes del mundo flotante” es un tipo de producción estético-simbólica que se desarrolló y floreció en el entramado cultural chonin durante 1660 a 1868. El concepto deviene de la filosofía budista, donde Ukiyo significa el mundo de los sufrimientos, el mundo material, el mundo de las ilusiones, ya que esta cosmovisión considera que todo lo que nos rodea es un artificio, lo cual resulta la causa de nuestros sufrimientos. Este mundo ilusorio no es más que el mundo terrenal en el que vivimos. El periodo Edo readapta esta concepción con un sentido algo distinto, aunque sin romper con la idea original del budismo ya que, justamente, al ser un mundo cuyo carácter es impermanente e ilusorio, es precisamente por esto que se debe aprovechar al máximo el disfrute y los placeres de la vida, la cual inevitablemente pasa y se acaba. 

A diferencia del arte occidental donde existía una mayor autonomía e individualidad en la relación obra-artista, en la xilografía japonesa el proceso creativo estaba más compartimentado e intervenían cuatro actores: el dibujante o ilustrador, quien hacía el diseño de la obra, el tallador o grabador, aquel que hacía la plancha de madera, el impresor cuya tarea era utilizar el molde para dotar de color a la ilustración y, finalmente, la figura menos reconocida y valorada pero no menos importante, el editor, quien conectaba la obra con el comprador. Quien realizaba esta última tarea era indispensable ya que conocía qué tipo de obra era aquella que podía venderse y tener éxito, lo que justificaba su producción en grandes cantidades.

Utagawa Yoshiiku, Bloque de teclas para impresión (1862)
Taller de impresión de grabados de Kitagawa Utamaro, hacia 1803. Fuente: Wikimedia Commons

El encuentro con Occidente: el japonismo y su impacto en el arte europeo

Con la apertura de Japón hacia Occidente durante la era Meiji (1868-1912), el gusto y la fascinación por todo lo que provenía de la tierra del sol naciente creció de forma vertiginosa entre los europeos, quienes importaron numerosos objetos y productos de ese país. Entre estos bienes se encontraban numerosas obras del Ukiyo-e, siendo las de Katsushika Hokusai, Utagawa Hiroshige y Kitagawa Utamaro las más populares por su riqueza artística. Este fenómeno de gusto por lo japonés fue conocido como japonismo y se desarrolló en las últimas décadas del siglo XIX. 

Cuando Japón se vio obligado a entrar en relaciones comerciales con Europa y América, las estampas se emplearon usualmente para envolver y para rellenar paquetes. Artistas del círculo de Édouard Manet fueron los primeros en apreciar su belleza y en coleccionarlas asiduamente. Aquí hallaron una tradición que no estaba encorsetada por las reglas académicas y aquellas rutinas de las que se esforzaban por escapar los pintores franceses. Justamente, distintos autores señalan que el origen de la influencia de los grabados en los artistas europeos se produjo debido a la exposición internacional de París de 1867, en la que Japón presentó su producto más conocido y tradicional: el té. Las estampas japonesas entraron masivamente a Europa ya que se usaban para envolver las cajas de este producto, especialmente con los dibujos de Katsushika Hokusai. La xilografía japonesa trajo consigo una nueva forma de plasmar la realidad. 

Entre los distintos elementos que los europeos copiaron de los grabados nipones se encuentran: una nueva distribución del espacio, donde se aprecia una armonía en el dibujo entre el espacio vacío y las figuras que se insertan en él, una nueva perspectiva con una nueva relación entre el primer plano y el espacio restante, la utilización de una paleta de colores fríos para los planos que usarán en perspectiva, la progresión de colores según la primacía y el uso de los efectos de transparencia. Algunos de los tantos artistas influenciados por los pintores japoneses fueron: Claude Monet, Édouard Manet, Alfred Sisley, Pierre-Auguste Renoir, Henri de Toulouse-Lautrec, Edgar Degas, Paul Cézanne, Mary Cassatt, Paul Gauguin y Vincent van Gogh.

Dicho proceso no fue simplemente una coincidencia histórica o una moda pasajera, sino una de las transformaciones culturales más profundas que permitieron el nacimiento de la modernidad pictórica en Occidente. Para comprender esta influencia, debemos situarnos en el París de la segunda mitad del siglo, donde la pintura académica francesa se encontraba estancada en la repetición de fórmulas renacentistas que solían priorizar la perspectiva lineal y el volumen escultórico. El encuentro con el Ukiyo-e actuó como un disparador de libertad técnica y conceptual para los artistas que buscaban nuevas formas de capturar la realidad. Estas estampas ofrecían una lógica visual alternativa basada en la bidimensionalidad y la síntesis, desafiando el concepto de que el cuadro debía ser una ventana tridimensional hacia el mundo.

James Tissot, Jóvenes mirando objetos japoneses (1869). Es una representación de la curiosidad popular por todos los objetos japoneses que comenzó con la apertura del país con la Restauración Meiji en la década de 1860.
Claude Monet, Madame Monet en traje japonés, 1876. Museum of fine arts, Boston.
Vincent van Gogh, La cortesana (Japonaiserie), 1887

La principal ruptura que propuso el arte japonés fue la eliminación de la jerarquía espacial tradicional. Mientras los artistas europeos privilegiaban el punto de fuga único y la convergencia de líneas para crear profundidad, maestros japoneses como Hokusai e Hiroshige utilizaban la perspectiva caballera y los planos superpuestos para organizar el espacio. Esta técnica permitía que el ojo del espectador recorriera la superficie del cuadro de una manera más dinámica, valorando de igual forma el primer plano y el fondo. El descubrimiento de este ordenamiento espacial fue lo que permitió a los impresionistas alejarse de la construcción arquitectónica del lienzo para centrarse en la vibración de la luz sobre las superficies. La pintura japonesa no intentaba engañar al ojo con un relieve falso, sino que aceptaba la planitud del soporte como una verdad estética fundamental. Esta aceptación de la superficie plana como campo de experimentación fue el primer paso hacia la autonomía del arte moderno, donde el cuadro dejaba de ser un espejo de la realidad para convertirse en un objeto con leyes propias.

Desde un punto de vista técnico, la xilografía japonesa impuso una economía de medios que fascinó a los pintores occidentales. Al ser un proceso de grabado en madera, el Ukiyo-e requería el uso de líneas de contorno muy definidas y grandes áreas de color sólido. En la tradición europea, la línea solía ocultarse a través de transiciones tonales suaves para simular la carne o la atmósfera, pero en Japón, la línea era el elemento que estructuraba toda la composición. 

Esta autonomía de la línea y el color plano fue adoptada rápidamente por artistas como Édouard Manet y luego por los postimpresionistas, quienes comprendieron que podían expresar una gran intensidad emocional sin recurrir al claroscuro dramático. La línea en el grabado japonés no solo delimita la forma, sino que posee una energía caligráfica que conecta al artista con el fluir de la naturaleza. En este sentido, no es extraña la influencia de la caligrafía en el arte ya que la pintura nipona recibió mucha influencia de la tradición china. Esta concepción lineal permitió que la pintura europea se volviera más gráfica y comunicativa, sentando las bases de lo que más tarde sería el diseño moderno y la cartelería.

La influencia en la composición fue igualmente revolucionaria a través del uso de la asimetría y el encuadre abrupto. Los artistas japoneses no tenían miedo de cortar figuras por la mitad o de dejar grandes espacios vacíos en el centro del cuadro, una noción conocida en su estética como el valor del vacío o «Ma» (間). Para la mirada occidental, esto fue una revelación: la comprensión de que el espacio negativo podía ser tan expresivo como el objeto representado. Los impresionistas, especialmente Edgar Degas, integraron estos encuadres fotográficos y perspectivas inusuales para retratar la vida moderna de una manera más honesta y menos posada.

Edgar Degas, La estrella (1876-77)

Al sacar del centro el motivo principal y utilizar ángulos picados o contrapicados, la pintura adquirió una frescura y una espontaneidad que la academia había perdido por su rigidez compositiva. El uso del vacío en la estampa japonesa enseñó a los occidentales que el silencio visual puede potenciar la fuerza de la imagen.

Utagawa Hiroshige. Luna al atardecer en Ryogoku, de la serie Vistas famosas de la capital oriental. 1831. En este método compositivo empleado por Hiroshige, una parte del puente aparece representado en primer plano con gran tamaño, lo que genera un extraño contraste con la vista de lo que se encuentra más alejado. Además, las figuras de la luna y el barco no se ven en su totalidad debido a lo que aparece en primer plano.

Claude Monet representa quizás el ejemplo más acabado de esta simbiosis cultural en el impresionismo. Su fascinación por el Ukiyo-e no se limitó a la colección de estampas, sino que transformó su manera de entender el paisaje como una serie de variaciones atmosféricas. La influencia de las series de grabados de Hiroshige, que retrataban un mismo lugar en diferentes estaciones o condiciones climáticas (o desde diferentes puntos de vista), impulsó a Monet a realizar sus propias series sobre catedrales o parvas de heno. En su jardín de Giverny, la construcción del puente japonés y el estanque de nenúfares fue un intento físico de recrear la armonía entre el ser humano y el entorno natural que tanto admiraba en las obras de la nación yamato. El japonismo en Monet se manifiesta como una búsqueda de la luz pura y la disolución de la forma sólida en favor de la mancha coloreada. La repetición del motivo en la obra de Monet refleja la concepción cíclica del tiempo propia de la filosofía oriental. Esta manera de pintar, donde el tema es solo una excusa para explorar las variaciones del color, es una deuda directa con la sensibilidad japonesa hacia lo efímero.

Claude Monet, El puente japonés y el estanque de nenúfares de Giverny (1899)

Con la llegada del postimpresionismo, la influencia japonesa abandonó la observación de la luz para adentrarse en la expresión subjetiva y el simbolismo del color. Vincent van Gogh fue el artista que llevó esta relación al extremo de la obsesión personal y espiritual. Para este artista, Japón era una tierra de claridad y sencillez donde los artistas vivían de manera monacal en contacto directo con las flores. Al copiar grabados de Utagawa Hiroshige y Keisai Eisen, Van Gogh no solo buscaba aprender nuevas técnicas, sino que intentaba «japonizar» su propia mirada para ver el mundo con una concepción renovada. Su uso de colores arbitrarios, vibrantes y contorneados por líneas oscuras es un traspaso directo de la técnica del grabado al óleo. La influencia japonesa en Van Gogh permitió que el color dejara de ser descriptivo para volverse más emocional, permitiendo que un cielo amarillo o un campo rojo transmitieran su estado interno con una fuerza nunca vista. Para Vincent, el arte japonés era una religión de la alegría y de la observación detallada de lo pequeño.

Izquierda: El puente Ōhashi en Atake bajo una lluvia repentina (1857), de Utagawa Hiroshige, Brooklyn Museum of Art, Nueva York.  Derecha: Puente bajo la lluvia de Vincent van Gogh. En sus famosas Cartas a Teo, Vincent diría que todo su trabajo se basa, en cierta medida, en el arte japonés.

Otro aspecto técnico fundamental fue la introducción de la perspectiva aérea y la eliminación de las sombras proyectadas. En el Ukiyo-e, la luz parece provenir de todas partes, lo que genera una claridad cristalina en toda la escena. Los pintores europeos, acostumbrados a usar la sombra para crear volumen y drama, descubrieron que podían lograr una mayor luminosidad si prescindían de ella. Esto llevó al desarrollo del cloisonismo, una técnica donde el color se aplica en compartimentos cerrados por líneas negras, similar a los vitrales o a los grabados en madera. Artistas como Paul Gauguin utilizaron esta técnica para alejarse del realismo y crear imágenes que parecían más decorativas y simbólicas. La influencia japonesa permitió que el arte occidental se despojara de la necesidad de imitar la profundidad física del mundo. Esta tendencia hacia lo bidimensional fue crucial para que la pintura se centrara en sus propios elementos: línea, color y plano, sin depender de la narración de historias.

Paul Gauguin, Retrato con Cristo amarillo (1889). Buffalo AKG Art Museum. El uso de colores saturados y planos, sin sombreado tradicional, refleja la estética de los grabados de la escuela Utagawa, una de las tantas corrientes del Ukiyo-e. 

La influencia del Ukiyo-e también revalorizó la importancia de lo cotidiano y lo trivial como temas dignos de la alta pintura. A diferencia de la tradición de la escuela Kano asociada a la clase dirigente y la aristocracia japonesa, las imágenes del mundo flotante retrataban actores, cortesanas, puentes, lluvias, paisajes nevados y escenas domésticas con una dignidad estética que antes estaba reservada en Europa solo para temas heroicos o religiosos. Esta democratización del arte resonó con el espíritu de la modernidad parisina, permitiendo que artistas como Mary Cassatt capturaran la intimidad femenina con una mirada nueva, alejada del voyerismo tradicional y centrada en la belleza de los gestos simples. 

Mary Cassatt, El peinado (1890-91). Galería Nacional de Canadá.

El japonismo enseñó a los artistas que no existían temas menores, sino miradas mediocres, y que la composición podía elevar cualquier escena diaria al rango de obra maestra. La mirada circular de los artistas japoneses permitió que Occidente redescubriera la belleza en lo efímero y en el detalle que parecía aparentemente insignificante.

Mary Cassatt, Baño de mujeres (1890–91), estampado de punta seca y aguatinta. Museo Metropolitano de Arte.

Grabados de Utamaro. Este artista se especializaba en los retratos de mujeres bellas (género Bijin-ga en el Ukiyo-e) y en escenas de intimidad. Su famosa obra “Tres bellezas de nuestro tiempo” (conocida también como Tres bellezas de la actualidad, Tres bellezas de la era KanseiTres bellezas famosas) es una de las estampas más prestigiosas de la xilografía japonesa.

En conclusión, la influencia del arte japonés en el impresionismo y el postimpresionismo es una de las bases sobre la cual se edificó el arte europeo del siglo XX. Al ofrecer un sistema visual que no dependía de las reglas grecorromanas, el Ukiyo-e funcionó como una puerta de entrada que abrió camino a la experimentación total. La combinación entre la técnica del óleo y la sensibilidad de la xilografía oriental produjo un lenguaje nuevo que celebraba la luz, el color y la asimetría. Esta influencia no fue una copia, sino que fue una traducción cultural profunda que permitió a los artistas europeos dejar de ser imitadores de la naturaleza para convertirse en arquitectos de sus propias visiones. 

El japonismo permitió que la pintura recuperara su esencia como superficie decorativa y expresiva, marcando el inicio de un camino hacia la abstracción donde la realidad es solo un punto de partida para la creación de un mundo propio. La influencia del arte japonés es el puente necesario entre la tradición figurativa y la libertad de la vanguardia. De esta forma, las imágenes del mundo flotante tuvieron una enorme influencia en el nacimiento del arte moderno occidental, una deuda que Europa siempre mantendrá con la tierra del sol naciente.

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