La relación entre China y el reino de Joseon se caracteriza por la interrelación de aspectos culturales, políticos y tradicionales. La política exterior de Joseon se regía por el principio del Sadae (사대, 事大), que significa «servir al grande». En la práctica, esto significaba que Joseon reconocía formalmente al emperador chino como el soberano supremo del mundo civilizado, mientras que el rey coreano gobernaba como su vasallo. Esta elección fue pragmática e ideológica.

Para comprender esta coyuntura hay que remontarse al año 1300, cuando Corea estaba gobernada por el reino de Goryeo (de donde proviene el nombre «Corea»). En ese panorama, dos eran las grandes potencias que se disputaban la región: la dinastía Yuan (mongoles) y la dinastía Ming (chinos nativos). Goryeo necesitaba elegir un bando, y esa necesidad de elegir dividió al reino internamente.
En 1388, el rey de Goryeo, influenciado por generales pro-Yuan, ordenó al general Yi Seong-gye que invadiera China. Sin embargo, Yi Seong-gye se rebeló contra la orden, marchó sobre la capital, Gaegyeong, y destronó al rey. Este movimiento, conocido como la Retirada de Wihwado, dio inicio a lo que se convertiría en la fundación de la dinastía Joseon. Tras cuatro años de conflicto interno, Yi Seong-gye destronó definitivamente al último rey de Goryeo y fundó la dinastía Joseon en 1392, convirtiéndose en su primer monarca.
Joseon nunca perdió su autonomía interna: sus reyes gobernaban sin interferencia china. Sin embargo, por elección estratégica, se subordinó a China en el plano ritual y diplomático, enviando tributos a cambio de protección militar, legitimidad política y acceso comercial.
Joseon: una nación tributaria
A partir de la fundación del reino, Joseon construyó su política exterior sobre la base del sistema tributario chino, conocido como el sistema sinocéntrico o Tianxia (天下, «todo bajo el cielo»). Este sistema no era meramente simbólico: estructuraba el orden regional de Asia Oriental alrededor de la supremacía ritual del Hijo del Cielo (el emperador chino) y regulaba las relaciones diplomáticas, comerciales y militares entre los Estados de la región (Fairbank, J. K., 1968). Joseon, al integrarse en este sistema, no solo garantizaba su seguridad ante eventuales amenazas externas, sino que también legitimaba internamente a su dinastía gobernante.

En este marco, el primer rey de Joseon, Taejo (Yi Seong-gye), institucionalizó una política que tuvo como objetivo principal erradicar el budismo político heredado del vasallaje de Goryeo a los mongoles, promoviendo en cambio un sistema neoconfuciano de gobierno (Romero Castilla, A., 2009). Este neoconfucianismo, de clara raíz china, funcionó como el vector que llevaría al reino a un corolario políticamente lógico: el vasallaje a la Dinastía Ming. La adopción del confucianismo no fue, por tanto, una mera imposición externa, sino una elección deliberada de las élites gobernantes coreanas, que encontraron en esta doctrina un sistema coherente para organizar el Estado, la sociedad y las relaciones internacionales.
El tercer rey de Joseon, Taejong, precisaba el reconocimiento externo de su dinastía; por lo que recurrió al sucesor del emperador Hongwu, primero de la dinastía Ming, para aceptar el orden sinocéntrico y, por ende, su estatus de Estado vasallo al Imperio Chino (Romero Castilla, A., 2009). Esta relación reforzó el régimen de raíces confucianas que regía en Joseon. Cabe destacar que el rey Taejong conocía de primera mano el confucianismo, puesto que cumplió funciones en la China de los Ming como escribano adjunto en 1388 (Ja, S. K., 2009).
El período de Taejong es un ejemplo claro de la diplomacia sadae-kyorin de Joseon (Fairbank, J. K., 1968). Con un fin aclaratorio, al gigante asiático le corresponde el primer término (sadae – 사대), proveniente del confucianismo y basado en valores de la filosofía política china, que reconoce el rol de hermano mayor en China, fundamentando la subordinación coreana al orden sinocéntrico (Lee, J. M., 2010). El segundo (kyorin jeongchaek – 교린 정책), es otro concepto, neoconfuciano y tomado del erario filosófico japonés, que reconoce a los Estados vecinos como iguales bajo la tutela del «hermano mayor» chino (Lee, J. M., 2010). Esta dualidad conceptual permite comprender la sofisticación de la política exterior coreana: no se trataba de una mera subordinación pasiva, sino de una articulación activa de su posición en el orden regional.
La influencia confuciana: entre la cultura y la politica
Con la llegada de Sejong el Grande al trono (1418–1450), la influencia china se vería en retroceso en términos culturales, mas no políticos. El desarrollo del hangul como lengua coreana llevó al reemplazo de los caracteres chinos en el habla de la península. Esto, y a pesar del interés de Sejong por el budismo, fue equilibrado por la continuidad y profundización de las reformas confucianas en la administración del reino (Romero Castilla, A., 2009). En este sentido, siguió con una doctrina que preservaba los cinco ritos principales del confucianismo (gilye, hyungye, gunye, birnye y garye), aunque dándoles una impronta coreana e intentando evitar algunos de ellos, como los sacrificios al cielo (Ja, S. K., 2009). En pocas palabras, en tiempos de Sejong, la administración fue confuciana, pero la cultura fue local o, en su defecto, budista.

La creación del hangul en 1443 merece especial atención en este análisis. Aunque el alfabeto coreano representó un avance notable hacia la autonomía cultural del reino, no implicó una ruptura con el orden sinocéntrico. El rey Sejong, lejos de concebir el hangul como un instrumento de confrontación con China, lo diseñó para extender la educación confuciana al pueblo llano, facilitando la difusión de los textos morales neoconfucianos entre una población que no dominaba los caracteres chinos (Ja, S. K., 2009). En este sentido, la innovación cultural más significativa de Joseon estuvo, paradójicamente, al servicio de la doctrina importada desde China.

No fue hasta adentrados en el siglo XVI que el confucianismo se estableció a nivel nacional, consolidando una amalgama entre la herencia de Goryeo (con sus influencias budistas tomadas del Tripitaka traducido) y la lectura neoconfuciana de la dinastía Yi (Romero Castilla, A., 2009). Lo cierto es que este confucianismo fue puramente político, como bien explica Romero Castilla (2009): «el sadae puede interpretarse como un mecanismo de política realista, a través del cual Corea pudo gozar por varios siglos de autonomía», llevando a cabo una relación basada en el interés mutuo por la seguridad y garantizando la no intervención de China en los asuntos internos. Asimismo, logró la contención de las invasiones externas de la mano de los Ming y, posteriormente, los Qing, luego de las invasiones manchúes.
El cambio dinástico chino y el repliegue identitario coreano
La caída de la dinastía Ming a manos de los manchúes y la posterior consolidación de la dinastía Qing en el siglo XVII generaron un profundo descontento en la yangban (la aristocracia coreana), debido a la inestabilidad que produjo el cambio dinástico chino y a la impotencia del «hermano mayor» a la hora de defender al reino de las invasiones. Desde la perspectiva coreana, la derrota de la China Ming ante los manchúes representaba una ruptura civilizatoria: los Qing no eran, a los ojos de la élite de Joseon, herederos legítimos del orden confuciano, sino invasores bárbaros que habían corrompido el centro del mundo civilizado.

Este descontento generó que la yangban buscara retomar el pensamiento local, utilizando como punto de partida la generalización y popularización del hangul, otrora rechazado por estas clases letradas (Romero Castilla, A., 2009). Joseon comenzó a concebirse a sí misma como Sojunghwa (소중화, 小中華), es decir, «la pequeña civilización central», guardiana de los valores confucianos auténticos que China habría abandonado al capitular ante los manchúes (Lee, J. M., 2010). Esta reinterpretación ideológica es de notable interés: lejos de rechazar el confucianismo chino, Joseon lo adoptó como propio y se erigió en su custodio legítimo, invirtiendo simbólicamente la jerarquía del orden sinocéntrico. Este proceso se reflejó en una política de aislacionismo con el objetivo de reforzar la cultura coreana, abriendo paso solamente al confucianismo chino y a la ya establecida relación diplomática con Japón (Romero Castilla, A., 2009). Paradójicamente, el intento de preservar la identidad coreana se articuló todavía en los términos doctrinales heredados de China, lo que muestra la profundidad con que el modelo sinocéntrico había impregnado la cosmovisión de las élites gobernantes de Joseon.
La apertura forzada y el fin del orden sinocéntrico
La relativa apertura que acompañó al aislacionismo generó una ventana para otros sistemas de creencia. Beijing supo mantener extensas relaciones con Europa, importando el cristianismo, que llegó hasta el reino mediante las misiones tributarias enviadas a la dinastía Qing (Romero Castilla, A., 2009). Estas ideas, luego de ser reprimidas por las autoridades de Joseon, mostraron ser el comienzo del fin del aislacionismo. La llegada de barcos mercantes europeos a las costas coreanas provocó reclamos internacionales y la posterior imposición de tratados desiguales, insertando a Corea en la dinámica del colonialismo europeo en Asia del siglo XIX (Romero Castilla, A., 2009; Kim, K. H., 1980).

Este fue el punto de partida de la caída del Reino de Joseon. Luego de las rispideces con los europeos, el reino debió interactuar en condiciones asimétricas con sus vecinos. La relación más desigual fue con Japón, que impuso a Corea el Tratado de Ganghwa en 1876, «a través de una acción calcada del modelo que Estados Unidos había utilizado en su contra algunos años atrás» (Romero Castilla, A., 2009). Con este tratado se establecía la relación a partir de reglas europeas, que establecían la apertura comercial y diplomática como pilares fundamentales; ambas cuestiones que erosionaron la política de aislamiento y el orden sinocéntrico que había sostenido al reino durante siglos.

Por su parte, la influencia china siguió siendo protagonista hasta sus últimos momentos. Luego de un levantamiento en Seúl, el Imperio manchú llevó a cabo una intervención, que culminó con el nombramiento de un Comisionado a cargo de la ciudad que respondiera a los intereses chinos en 1984. Este Comisionado fue derrocado como consecuencia del levantamiento del movimiento Tonghak, fundado sobre el reclamo del campesinado local con respecto a la corrupción, el autoritarismo, la intervención extranjera y la mala distribución de la riqueza (Romero Castilla, A., 2009).
Con este suceso culmina el dominio directo de China sobre el reino, que ya se encontraba bajo la presión del colonialismo europeo y transitando el denominado Siglo de la Humillación. En el período posterior, los protagonistas que tomaron el lugar de China en la historia coreana fueron Japón y las diversas potencias coloniales europeas, dando inicio a una nueva etapa que excede los límites del presente análisis.
Conclusiones
En resumidas cuentas, lo que resulta ineludible destacar es el inevitable rol del Imperio Chino en la historia del reino de Joseon, quedando claro que la península precisó del sistema tributario chino para sostenerse políticamente durante más de cinco siglos. Por otra parte, y a pesar de que el intercambio y la influencia cultural no formaban parte explícita del sistema tributario, el modelo chino también penetró en esos niveles. La influencia china no se limitó, entonces, a lo diplomático o militar, sino que modeló profundamente la estructura administrativa, el sistema de valores y la cultura escrita de Joseon.

No es menor que el rey más importante en términos culturales, Sejong el Grande, haya mantenido y promovido como política de Estado la administración neoconfuciana. Además de tomar los cinco ritos principales confucianos adaptándolos a la cultura coreana, sentó las bases para lo que luego marcaría las relaciones internacionales (o más bien regionales) del reino de Joseon. El sadae-kyorin fue la piedra angular de las relaciones coreanas con sus vecinos, y lo que mantuvo en pie al reino por cinco siglos sin tambalear, sobreviviendo incluso a un cambio dinástico del grandioso Imperio Chino, actuando de manera realista a la hora de comprender su rol como Estado tributario, tanto para los Ming como para los manchúes.
Resulta igualmente significativo el proceso por el cual Joseon, al percibir la decadencia del orden sinocéntrico a manos de los Qing, reinterpretó el confucianismo como un patrimonio propio y se posicionó a sí misma como su guardiana legítima. Esta operación ideológica, la construcción de la identidad Sojunghwa, revela la profundidad con que los valores del sistema chino habían sido internalizados: incluso al rechazar a China, Joseon lo hacía en nombre de China. Esa es, quizás, la muestra más elocuente de la influencia que el orden sinocéntrico ejerció sobre la península.

En definitiva, la influencia china en la historia coreana, y particularmente en la del reino de Joseon, es un condimento imposible de obviar para entender los procesos que nos han llevado hasta la Corea actual.
Referencias
Fairbank, J. K. (1968) (ed.). The Chinese World Order. Traditional China’s Foreign Relations. Cambridge, MA: Harvard University Press.
Ja, S. K. (2009). The Role of King Sejong in Establishing the Confucian Ritual Code. En The Review of Korean Studies, 9(3), pp. 71-102. Disponible en https://www.kci.go.kr/kciportal/ci/sereArticleSearch/ciSereArtiView.kci?sereArticleSearchBean.artiId=ART001027811
Kim, K. H. (1980). The Last Phase of the East Asian World Order. Korea, Japan, and the Chinese Empire, 1860-1882. Berkeley, Los Angeles y Londres: University of California Press.
Lee, J. M. (2010). Choson Korea as Sojunghwa, the Small Central Civilization: Sadae kyorin Policy and Relations with Ming/Qing China and Tokugawa Japan in the Seventeenth Century. En Asian Cultural Studies, (36), pp. 305-318. Disponible en https://icu.repo.nii.ac.jp/records/2891
Romero Castilla, A. (2009). De Choson a Chosen: Unión y Fractura de la Nación Coreana. En Historia Mínima de Corea (pp. 69-117). Ciudad de México: El Colegio de México.
