Licenciado en Relaciones Internacionales. Interesado en el análisis político, la coyuntura internacional y los procesos de toma de decisión.
Bután ocupa un lugar excepcional en el imaginario mundial. Con frecuencia se le celebra como un país que rechazó el materialismo, midió el progreso a través de la Felicidad Nacional Bruta y trazó un camino moralmente superior hacia la modernidad. Esta narrativa mitificada como un Estado excepcionalmente moral se ha repetido con tanta constancia que se ha convertido en una verdad asumida. Sin embargo, tras esta imagen cuidadosamente conservada se esconde una historia que contradice profundamente los valores que Bután afirma defender.

A finales de la década de 1980 y principios de 1990, el Estado butanés expulsó por la fuerza del país a más de 100.000 lhotshampa (ciudadanos butaneses de etnia nepalí). Este episodio no fue una disputa fronteriza ni un error político. Fue una limpieza étnica, llevada a cabo mediante la ley, la intimidación y la coerción, y posteriormente ocultada por el silencio (Hutt, 1996).
Lo que hace particularmente preocupante el caso de Lhotshampa no es solo la magnitud del desplazamiento, sino también la falta de un reconocimiento internacional sostenido. Mientras que otros casos de limpieza étnica han provocado indignación mundial, las acciones de Bután quedaron absorbidas por una narrativa benigna de preservación cultural. La felicidad se convirtió en un escudo tras el cual se ocultaba la injusticia.
Examinar esta historia no constituye un ataque a la soberanía de Bután: es una exigencia de que la reputación moral se gane mediante la rendición de cuentas, en lugar de la gestión de la imagen.
Quiénes son los Lhotshampa y por qué son importantes

Los lhotshampa son comunidades de habla nepalí, predominantemente hindúes, que se asentaron en el sur de Bután a partir de finales del siglo XIX. Lejos de ser migrantes no autorizados, muchos llegaron gracias a las políticas impulsadas por la propia monarquía butanesa, que buscaba desarrollar las regiones meridionales escasamente pobladas y expandir la producción agrícola (Hutt, 2003). A mediados del siglo XX, estas comunidades ya estaban consolidadas, poseían títulos de propiedad, pagaban impuestos y participaban en el gobierno local.
La investigación académica demuestra que los lhotshampa fueron reconocidos legalmente como ciudadanos durante décadas. Los registros censales y los documentos gubernamentales citados por Hutt muestran que su presencia no fue oculta ni cuestionada hasta la década de 1980. Su repentina transformación de ciudadanos a «extranjeros» no se debió al cambio demográfico, sino a la ansiedad política. Lo que cambió no fue quiénes eran los lhotshampa, sino cómo el estado decidió definir la pertenencia.
Esta distinción es esencial. La limpieza étnica rara vez comienza solo con violencia física; comienza con la reclasificación de una población: de ciudadanos a amenazas, de vecinos a intrusos.
“Una nación, un pueblo”: ¿Unidad cultural o exclusión política?
Las bases ideológicas para la exclusión se sentaron mediante la política de Bután «Una nación, un pueblo». Presentada oficialmente como un proyecto de preservación cultural, la política exigía el uso del idioma dzongkha, imponía códigos de vestimenta drukpa y aplicar normas culturales arraigadas en las tradiciones del norte de Bután. En teoría, estas medidas eran universales. En la práctica, se aplicaron de forma desigual y punitiva en el sur de Bután (Hutt, 2003).

Análisis académicos publicados en revistas arbitradas han señalado que la aplicación de la ley se centró desproporcionadamente en las comunidades Lhotshampa, presentando la diferencia cultural como deslealtad política. Las protestas pacíficas contra estas políticas fueron tildadas de subversivas, lo que justificó la represión (Amnistía Internacional, 1992). La conformidad cultural se convirtió en una prueba de lealtad, y el incumplimiento se convirtió en motivo de exclusión.
Esto no era protección cultural en un sentido pluralista. Era una jerarquía cultural impuesta por el Estado. El mensaje era inequívoco: ser butanés significaba encarnar una identidad étnica específica, y quienes no lograban asimilarse plenamente eran prescindibles.

Las leyes de ciudadanía como instrumentos de desposesión
La ideología por sí sola no desplaza a las poblaciones. Requiere mecanismos legales. El principal instrumento legal de Bután fue la Ley de Ciudadanía de 1985, que impuso requisitos de documentación retroactivos para obtener la ciudadanía. Se exigía a las personas que demostraran su residencia en Bután antes de 1958, una tarea casi imposible para las poblaciones rurales, que nunca habían recibido documentación formal (Hutt, 1996).

El censo de 1988 intensificó este proceso. Familias enteras fueron reclasificadas en categorías que las despojaron de su ciudadanía, a menudo sin explicación ni recurso. Informes posteriores de la Subcomisión de las Naciones Unidas de Prevención de Discriminaciones y Protección a las Minorías observaron que la aplicación de los criterios de ciudadanía era arbitraria y estaba dirigida abrumadoramente a un grupo étnico (Subcomisión de las Naciones Unidas, 1994). Personas previamente reconocidas como ciudadanas se encontraron repentinamente apátridas.
Los juristas señalan que la revocación retroactiva de la ciudadanía es una característica definitoria de la limpieza étnica, en particular cuando se aplica de forma selectiva (Human Rights Watch, 1992). En el caso de Bután, la ley no fue neutral; se utilizó como arma para redefinir la nación eliminando a una población indeseada.
La “migración voluntaria” y la realidad de la coerción
Ante el escrutinio internacional, el gobierno butanés describió el éxodo de Lhotshampa como «migración voluntaria». Esta afirmación se desmorona ante el peso de los testimonios en primera persona. Investigadores de Human Rights Watch que entrevistaron a refugiados en Nepal registraron relatos consistentes de intimidación, detención arbitraria y firmas forzadas en formularios de migración (Human Rights Watch, 1992).
Amnistía Internacional documentó patrones similares. Los refugiados describieron haber sido citados por funcionarios locales, amenazados con arresto y advertidos de que negarse a irse resultaría en encarcelamiento o violencia (Amnistía Internacional, 1992). Un refugiado recordó que le dijeron que firmar el formulario era la única manera de proteger a su familia. Estos testimonios, recopilados de forma independiente en varios campamentos, coinciden tanto en detalle como en experiencia.

La coerción no siempre requiere violencia visible. Cuando se retira la condición jurídica, la autoridad armada está presente y la supervivencia depende del cumplimiento, la migración no puede considerarse voluntaria. El derecho internacional de los derechos humanos reconoce claramente esta distinción. La salida de Lhotshampa fue forzada, incluso cuando la documentación indicaba lo contrario.
La vida en el exilio: campos de refugiados y futuros perdidos
A principios de la década de 1990, más de 100.000 lhotshampa vivían en campos de refugiados en el este de Nepal, una cifra confirmada por los registros del ACNUR (ACNUR, 2008). Lo que comenzó como una emergencia humanitaria se convirtió en una de las situaciones de refugiados más prolongadas del mundo. Campos como Beldangi y Timai se convirtieron en asentamientos semipermanentes, albergando a generaciones nacidas en la apatridia.
La investigación etnográfica, alojada en los repositorios de OpenDOAR, documenta las consecuencias psicológicas y sociales a largo plazo del desplazamiento. Los refugiados denunciaron incertidumbre crónica, oportunidades educativas limitadas y la erosión de la identidad cultural (Rizal, 2004). Los niños crecieron sin vínculos legales con Bután, pero sin una integración plena en la sociedad nepalí.
Estos campamentos no eran refugios temporales; eran evidencia de una injusticia no resuelta. La limpieza étnica no termina al cruzar las fronteras; continúa a través del estancamiento, la exclusión y el olvido.

Desafiando la narrativa oficial de Bután
La afirmación principal de Bután (que los lhotshampa eran inmigrantes ilegales que amenazaban la cohesión nacional) ha sido ampliamente cuestionada por la investigación académica. Los registros históricos muestran que el asentamiento de los lhotshampa estuvo regulado, sujeto a impuestos y reconocido por el Estado butanés durante décadas (Hutt, 1996). Las inconsistencias censales revelan que individuos categorizados como ciudadanos en registros anteriores fueron reclasificados como no nacionales en registros posteriores sin justificación.
Este cambio de narrativa coincidió con el auge del nacionalismo étnico y la ansiedad política regional, en particular tras los movimientos democráticos en el vecino Nepal. Los académicos argumentan que la “ilegalidad” se construyó retroactivamente para legitimar la exclusión, en lugar de descubrirse mediante pruebas (Hutt, 2003). La ley no respondió a la migración: la fabricó.
El silencio internacional y los límites del humanitarismo

La respuesta internacional a la crisis de Lhotshampa fue en gran medida tecnocrática. Si bien el ACNUR brindó asistencia y finalmente coordinó el reasentamiento a gran escala en terceros países, hubo poca presión sostenida sobre Bután para que reconociera las irregularidades u ofreciera restitución. Decenas de miles de refugiados fueron reasentados en Estados Unidos, Canadá y Australia: un logro humanitario, pero un fracaso político.
El reasentamiento abordó los síntomas, no las causas. Desmanteló los campos de refugiados, dejando intacta la injusticia subyacente. Bután evitó rendir cuentas y el derecho al retorno fue abandonado discretamente. Como han señalado expertos en derechos humanos, las soluciones humanitarias sin un enfoque político corren el riesgo de normalizar la limpieza étnica en lugar de combatirla (Rizal, 2004).
Por qué esta historia aún importa
La limpieza étnica de Lhotshampa no es simplemente un agravio histórico. Es un caso práctico de cómo el nacionalismo, los sistemas jurídicos y las narrativas internacionales pueden converger para borrar del mapa a un pueblo sin provocar indignación. La reputación de Bután como excepción moral lo protegió del escrutinio, demostrando cómo una imagen positiva puede eclipsar las violaciones documentadas de derechos humanos.
La Felicidad Nacional Bruta no puede coexistir con la negación histórica. La posición moral de una nación no se mide por lemas, sino por su disposición a enfrentar la injusticia. Hasta que Bután reconozca formalmente la expulsión de los Lhotshampa y los reconozca como ciudadanos y no como intrusos, su célebre narrativa permanecerá incompleta.
La felicidad construida sobre el silencio no es felicidad. Es olvido.
Referencias
Amnistía Internacional. (1992).Bután: exilio forzoso.
https://www.amnesty.org/es/documents/ASA14/004/1992/es/
Hutt, M. (1996). Nacionalismo étnico, refugiados y Bután.Revista de Estudios sobre Refugiados, 9(4), 397–420.
https://doi.org/10.1093/jrs/9.4.397
Hutt, M. (2003).Ciudadanos impropios: cultura, nacionalidad y la huida de los refugiados de Bután. Prensa de la Universidad de Oxford.
https://academic.oup.com/book/26045
Observatorio de Derechos Humanos. (1992).Migración “voluntaria”: desplazamiento forzado de refugiados butaneses.
https://www.hrw.org/reports/1992/bután
Rizal, D. (2004).La desconocida crisis de refugiados: la expulsión de los lhotshampas de Bután.
https://www.refworld.org/docid/469f386c2.html
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. (2008).Refugiados butaneses en Nepal: situación de refugiados prolongada.https://www.unhcr.org/partners/partners/4b7cf0f19/refugiados-butaneses-nepal-situacion-prolongada-de-los-refugiados.html
Subcomisión de las Naciones Unidas de Prevención de Discriminaciones y Protección a las Minorías. (1994).Cuestiones de derechos humanos relacionadas con Bután.
https://digitallibrary.un.org/record/198574
