Joaquín M. Cereceda

Historiador y escritor, Licenciado en Historia por la Universidad de Concepción (2021-2025) y Diplomado en Religiones del Antiguo Próximo Oriente por la Universidad Católica del Norte (2025). Sus intereses de investigación cubren sobre todo la época imperial turca desde su fundación en el siglo XIII hasta su disolución en el siglo XX, pasando por la instauración de la República de Turquía y la reconfiguración de Medio Oriente tras la Primera Guerra Mundial. 

Fuera del ámbito histórico, también es autor de novelas y relatos policiales.

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Este artículo es la continuación del trabajo:  
El origen del Imperio Otomano: La llegada de los turcos a Medio Oriente y el fin de los Bizantinos

Fuente: Realización propia del autor

El epílogo de la conquista de Constantinopla

 Tras dos siglos de expansión constante por Anatolia y los Balcanes, a costa de quitarles territorios al Imperio Romano de Oriente (también conocido como Imperio Bizantino), en el año 1453 los Otomanos, liderados por Mehmed II, sitiaron su capital, Constantinopla; cuyos imponentes muros colapsaron luego de un asedio que duró poco más de un mes. De este modo, las tropas del sultán lograron penetrar las gruesas defensas romanas el 29 de mayo de ese mismo año, poniéndole fin al milenario Estado fundado por Rómulo 14 siglos atrás y que mantuvo durante un largo tiempo la línea fronteriza entre la Europa Cristiana y el Oriente musulmán.

Sitio de Constantinopla. Fresco ubicado en el Monasterio de Moldovita (Rumania)

Acto seguido, al haber sido Bizancio la heredera de Roma, la caída de su capital oriental y la muerte de su último emperador, Constantino XI, dejaron los títulos imperiales en manos del monarca Osmanlí, quien rápidamente se hizo nombrar kayser-i Rûm (César de Roma), para así reclamar que su Estado era el legítimo sucesor de la antigua gloria Romana y que, por tanto, tenía derecho sobre la ciudad Itálica ubicada en Europa Occidental. De este modo, Mehmet les avisó a sus enemigos que sus ansias expansionistas no habían sino recién comenzado e invitó a todo musulmán dispuesto a ayudar en la expansión definitiva del islam por el mundo, a unirse a las filas otomanas.

Imperio Otomano luego de la conquista de Constantinopla en 1453. Fuente: A literary and historical atlas of Europe. J.G Bartholomew (1910)

Claro está que aquella empresa consumió las energías del regente, cuyas hazañas, por supuesto, no se limitaron únicamente al nivel bélico. Mehmed era consciente de que si quería estar a la altura de las grandes potencias no debía descuidar otras materias como las artes y las ciencias; sobre todo considerando que durante los siglos VIII y XIII, los musulmanes experimentaron una época de oro en dichos ámbitos. Por tanto, tras mandar a reparar la recién conquistada Constantinopla (Estambul1), el sultán incentivó la inmigración de artistas, científicos y escribanos desde todo Medio Oriente para ayudar a desarrollar la nueva identidad islámica de la región, aprovechando que muchas zonas ahora estaban despobladas, debido al estado de semi abandono en la que se hallaba la antigua urbe. En consecuencia, textos como el primer libro conocido de historia Otomana, Tevârîh-i Âl-i Osman (1480) o el Tratado Astronómico-matemático al-Fathiyya fī al-Hay’a (1472), se publicaron durante su reinado, además de que se fundaron instituciones como la academia artística Nakkashane-i Rum y se construyeron obras arquitectónicas de gran importancia, como el Palacio Topkapı (1478) que sería la sede del gobierno por más de trescientos años.

Producto de todo este fenómeno, la demografía de Constantinopla evolucionó a un ritmo meteórico; generándose un auge de los habitantes musulmanes, en contra de los cristianos ortodoxos, quienes, sin embargo, serían respetados en sus tradiciones y costumbres, siguiendo las mismas pautas a las que fueron sometidas el resto de etnias no islámicas de los Balcanes2. Un suceso que, de hecho, se vio reflejado con el nombramiento de un nuevo Patriarca de la Iglesia Ortodoxa (Genadio II3), al cual Mehmed II le otorgó una nueva sede principal (la Iglesia de los Santos Apóstoles), tras transformar a Santa Sofía en una mezquita.

 La siguiente tabla muestra las cifras étnicas de Constantinopla, que arrojó el censo de 1477 y que el historiador turco Halil İnalcık compartió en un artículo para la enciclopedia turca para estudios islámicos İslâm Ansiklopedisi:

Fuente: Islam Ancyclopedisy

Es necesario tomar en cuenta que este registro solo contabilizó a los hogares (no los ciudadanos) que cada comunidad tenía en la ciudad, por lo que se estima que, en un total de 16.324 viviendas, estaban agrupadas unas 75 mil personas. Una cifra que, por cierto, tampoco incluía soldados, eruditos, estudiantes ni prisioneros, los cuales en su vasta mayoría también eran islámicos, por lo que la desproporción que caracterizará a la ciudad a partir de aquí, fácilmente pudo ser del doble de lo que se refleja en este punto, ya que según Halil estos “ignorados” equivalían a una quinta parte de la población, la cual para esos años debía alcanzar las 100.000 personas; una cifra muy inferior a los 400 mil que se estima que vivían en Constantinopla durante el esplendor del Imperio Romano de Oriente.

Y es que lamentablemente la vida en la metrópolis no era fácil, dado su enorme deterioro y las posteriores pestes que le sacudieron. Aun así, gracias al esfuerzo del nuevo mando imperial, poco a poco las estructuras gubernamentales volvieron a ponerse en marcha lentamente, en aras de las próximas conquistas en la península itálica.

Bajo esta misma línea, una vez que la capital se renovó, los Otomanos se dieron cuenta de que la empresa de tomar Roma iba a ser muy difícil mientras los Estados italianos de ahí cerca siguieran representando una amenaza para los soldados, dada sus fuertes tradiciones navales. En consecuencia, a partir de 1463 Mehmed enfocó sus energías en derrotar a la Republica de Venecia, que contaba con intereses comerciales en el Mar Mediterráneo, controlando varias islas en el Egeo y algunas ciudades y fuertes en Albania.

Por tanto, esto desembocó en una larga y desgastante guerra de 16 años, en la cual los Otomanos lograron expulsar a los italianos de los Balcanes y el sur de Grecia (el Peloponeso), para la satisfacción del sultán, quien forzó a los Venecianos a firmar el tratado Otomano-Veneciano de 1479, que facilitó la conformación de relaciones cordiales de comercio entre ambos lados y oficializó el traspaso de territorio a manos turcas, estabilizando las fronteras4.

Debido a esto, los planes de expansión hacia occidente pudieron finalmente ponerse en marcha cuando en julio de 1480 una flota de alrededor de 90 a 150 barcos, al mando de Gedik Ahmed Pasha, zarparon rumbo a la ciudad de Otranto al sur de Italia y la conquistaron tras un breve asedió que concluyó el 11 de agosto de ese año.

La muerte de Mehmed y la guerra civil

Sin embargo, justo cuando los cristianos temieron la llegada de un gran ejército islámico al mando de Mehmed II, el sultán falleció sorpresivamente, el 3 mayo de 1481, en plena campaña por Anatolia. Esto evidentemente desconcertó al ejército, que rápidamente expandió el rumor de que el regente había sido envenado por su médico personal, Yakup Paşa, quien supuestamente se había coludido con los venecianos para evitar la conquista occidental. En consecuencia, los encolerizados hombres asesinaron al doctor antes de emprender la marcha de regreso a Constantinopla, sin sospechar en lo más mínimo la inocencia del sujeto. Pues hoy en día, dada la falta de evidencia, los historiadores aceptan que el deceso de Mehmed se debió a la gota y no a la intervención de terceros, siendo esta una enfermedad sumamente mortal por esos años.

Como explicó, el francés André Clot en su obra titulada Mehmed le Conquerant de Byzance (1990):

 » … No había necesidad de veneno para provocar su muerte. Yakup Pasha, que era uno de los mejores médicos de la época y sabía esto mejor que nadie, había observado muy bien el estado de su paciente (…) ¿Por qué pondría en peligro su propia situación envenenando al Sultán? (…). Fatih le había dado oportunidades y privilegios ilimitados. Además, ya en el siglo XV [este] se había entregado a la comida y a la bebida en exceso.»

Por si todo lo anterior no fuese suficiente, por segunda vez en la historia del imperio se fraguó una disputa sucesoria entre los herederos al trono. Ya que a la muerte de Mehmed, como dictaba la norma, se despacharon mensajeros para informar a los hijos Cem y Bayaceto del fallecimiento de su progenitor, mientras se hallaban fungiendo de gobernadores en distintas regiones de Anatolia. Fue entonces que el gran visir5 Karamanlı Mehmet Paşa6, creyendo seguir los deseos del sultán, se preparó para entronizar a Cem, que era el menor de los hermanos, debido a su cercanía a la capital. Sin embargo, esta idea no fue aceptada por los partidarios de Bayaceto, que poseían puestos importantes en los distintos escaños del gobierno, por lo que boicotearon el plan del gran visir con ayuda de los jenízaros7 quienes, al igual que como hicieron con el medico Yakup Paşa, asesinaron a Mehmet Paşa, creando un vacío de poder en el Estado, mientras que al mismo tiempo el mensajero enviado a hablar con Cem fue detenido, dándole a Bayaceto el tiempo suficiente para arribar a Constantinopla y ocupar el puesto de su padre.

Cem Sultan de acuerdo a un copia Modificada de la obra del pintor renacentista Pinturicchio.

Claramente esto enojó al hermano menor, el cual nada más enterarse de la estratagema aunada en su contra reunió a sus hombres más leales y enfiló a la ciudad de İnegöl, a solo unos pocos kilómetros de la capital; amenazando con tomar el trono a la fuerza. A sabiendas de esto, Bayaceto le encomendó al nuevo gran visir, Ayas Paşa, que acabase de una vez con la rebelión al mando de un gran ejército de 4 mil hombres; sin embargo, para sorpresa de la corte, Cem fue capaz de derrotar a las fuerzas de su hermano dejando el camino libre para su entrada a Constantinopla.

Semejante noticia se esparció como la pólvora por toda Europa y Oriente Medio, lo que atrajo la atención de los enemigos del imperio como el Sultanato Mameluco de Egipto o las ciudades estado italianas, que se preparaban para expulsar junto a un contingente de Reinos Cristianos a los últimos soldados otomanos aún presentes en la península itálica; por lo que estos se apresuraron en darle todo su apoyo a Cem, quien se hizo nombrar sultán de Anatolia en la ciudad de Bursa (la antigua capital del imperio), en detrimento de su hermano quien aún continuaba en Constantinopla. Acto seguido, Bayaceto recibió una propuesta para dividir el imperio en dos partes (Europa y Asia), buscando así acabar con el conflicto fratricida.

Bayaceto II. Obra atribuida al taller de Paolo Veronese

Sin embargo, lejos de aceptar el regente negó tajantemente la idea, jurando en cambio que acabaría personalmente con Cem tras declarar que «entre los gobernantes no había parentesco» y así ambos hermanos marcharon para enfrentarse en los alrededores del distrito de Yenişehir. Para la mala suerte de Cem, sin embargo, sus fuerzas quedaron seriamente comprometidas cuando fue traicionado por su segundo al mando, Ashtinoğlu Yakup Bey, quien se cambió al bando de Bayaceto. De este modo, cuando se llevó a cabo la confrontación final en la Batalla de Yenişehir (20 de junio de 1481) la victoria fue total para Bayaceto, pese a que no pudo capturar a su adversario, quien herido escapó a refugiarse a El Cairo, capital del Sultanato Mameluco. 

Por supuesto, esto puso un punto final a la breve guerra civil y disipó las esperanzas europeas de reconquistar Constantinopla y acabar con la amenaza musulmana. Pero, aun así, la política exterior de Bayaceto tuvo que ser mucho más pacífica en comparación a la de su padre, sobre todo luego de que se viera forzado a entregar Otranto, último bastión Otomano presente en Italia. Por tanto, su reinado de treinta años se caracterizó más que nada por la estabilidad y el progreso interno que obtuvo, repeliendo las arremetidas cristianas en las regiones griegas y socavando rebeliones en los Balcanes y Anatolia. Además, ya casi al final de su mandato, en 1509, Estambul fue víctima de un horrible terremoto que dejó a la ciudad seriamente dañada.

El triunfo sobre los mamelucos y el surgimiento del califato osmanlí

No fue hasta la muerte de Cem, en 1495 en Italia, que las campañas en occidente se reanudaron con fuerza, siendo la Segunda Guerra Otomano-Veneciana (1499-1503) el conflicto más relevante de este periodo, y logrando el Sultán que los itálicos reconocieran las posesiones turcas en algunas islas del Egeo y el Mar Jónico tras la firma de un armisticio en 15038. De este modo, el interés por Europa se disipó nuevamente, ocasionando que los otomanos centraran sus esfuerzos bélicos en sus fronteras orientales, en donde el Sultanato Mameluco de Egipto les reñía los territorios continuamente.

Extención del Sultanato Mameluco para 1330. Fuente: World History Encyclopedia

Y es que si bien estos, en un principio, celebraron los logros que los turcos habían amasado en Anatolia al ser ambos Estados de confesión musulmana; muy pronto se crearon fricciones entre los dos lados debido al desplazamiento a un segundo plano que sufrieron los mamelucos9 en la geopolítica de la región. De este modo, que éstos protegieran a Cem, el hermano rebelde, luego de la guerra civil, no agradó a Bayaceto quien, buscando represalias, inició una larga guerra de seis años (1485-1491) en Medio Oriente, que pese a los esfuerzos no alteró notablemente la línea divisoria. A pesar de esto, creó un precedente y sembró la discordia entre ambos, que reanudaron las hostilidades con el siguiente sultán en la llamada “Gran Campaña Egipcia” (o Segunda Guerra Otomano-Mameluca) de 1516. 

En esta, Selim I (apodado el cruel) asesinaría al soberano mameluco Kansu Gavri en la batalla de Mercidâbik (24 de agosto de 1516), lo que sumiría las regiones sirias en anarquía y facilitó la entrada otomana en la zona. Luego, en la Batalla de Gaza (21 de diciembre 1516), nuevamente se obtuvo una victoria aplastante, conquistando Palestina y la ciudad santa de Jerusalén, la cual tras ser sometida fue visitada por el sultán, quien derrotó definitivamente a los Mamelucos poco después en la Batalla de Ridaniya (enero de 1517) en Egipto, dejando la ciudad de El Cairo en manos Osmanlí. 

Esto fue trascendental, no solo para el prestigio militar del imperio, sino que también como fenómeno geopolítico; ya que ahora los Otomanos controlarían completamente la ruta de la seda y las dos principales vías de comercio hacia el este con el estrecho del Bósforo y el Mar Rojo.

Sin embargo, quizás la evolución más destacable fue a nivel simbólico, pues, no contento con todo lo anterior, Selim reclamó el control de las ciudades santas de la Meca y Medina (las urbes más importantes del islam10), convirtiéndose en el guardián del Hajj11 o ruta de peregrinación y después en “Califa12”, tras obtener el título por parte de los Abasíes, refugiados en El Cairo13. En consecuencia, esto lo convirtió a él y a sus descendientes en los representantes y defensores máximos de todos los fieles de Allah y Mahoma, obteniendo en el proceso voz e influencia en todo lo relacionado con los musulmanes de Asia, África y Oriente Medio14.

Obra del siglo XIX que representa al Sultán Selim I en el marco de su campaña en Egipto. Museo Militar de Estambul

Por supuesto, este nombramiento no estuvo libre de controversia, ya que dentro de los propios seguidores de la fe la aceptación no fue unánime, debido a que se esperaba que quien ostentara el título Califal debía poseer línea familiar con el profeta. No obstante, poco le importó a Selim, ya que con las arcas del Estado repletas15 rápidamente pudo imponer su nuevo cargo ante el resto a base de las armas; legándole a la casa real una disposición de carácter universal dentro de la cosmovisión musulmana que les supondría a los sultanes una responsabilidad difícil de cumplir sin un Estado fuerte que les respaldara.

Lamentablemente para él, no viviría mucho más para ver la gloria plena del imperio, pues pese a que empezó a construir una flota con el botín de guerra para atacar Occidente, cayó gravemente enfermo en una expedición a Edirne que efectuó para supervisar al ejército apostado en la región de los Balcanes, lo que le quitaría la vida en 1520 a la edad de 49 años16, sucediéndole en el mando a su hijo mayor Solimán I17.

La conquista de tres continentes y la creación de una gran potencia. El reinado de Solimán I “El Magnifico”

Solimán I, obra atribuida al taller de Tiziano. Fuente: Museo de Historia del Arte de Viena.

El joven príncipe de veintiséis años fue notificado de la defunción de su padre mientras ejercía de gobernador en la provincia de Manisa y no fue hasta su entronación que la población recibió la confirmación del fallecimiento del monarca. Aun así, por las calles de la capital se respiró optimismo, pues las condiciones eran propicias para que la expansión continuara ahora de la mano de un líder joven. Por tanto, no es de sorprender que el reinado de Solimán I18 significara el fin del estancamiento Otomano en Europa, ya que muy pronto, y siguiendo el legado de su padre, dirigió su espada nuevamente a los Balcanes, conquistando la ciudad fortificada de Belgrado (agosto de 1521), propiedad del Reino de Hungría. Este Estado se vio envuelto en el conflicto luego de que su rey, Luis II, asesinara al emisario que los Otomanos enviaron a su palacio para cobrarle un tributo acordado décadas antes, con tal de mantener la frontera.

El choque fue inevitable y el sultán se puso como objetivo acabar con el último Estado cristiano presente en el sureste de Europa. Para su fortuna, su adversario se hallaba sumido en el caos, debido al laxo poder que el joven Luis imponía en su territorio al apenas tener 15 años de edad. Aun así, el adolescente guardaba las esperanzas de que en caso de un conflicto su aliado (y cuñado) Carlos V, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y Rey de España (donde gobernaba bajo el nombre de Carlos I), lo respaldaría, lo que lastimosamente no ocurrió, al estar este muy ocupado encargándose de las revueltas internas incentivadas por la reforma protestante de Martin Lutero19 y guerreando contra Francia y su rival Francisco I.

Viendo la pobre respuesta de Occidente a su ataque, Solimán entonces decidió ser más atrevido y preparó una gran Flota para asegurar el Mediterráneo, asustando en el proceso a los embajadores venecianos, que temieron un ataque a alguna de sus islas principales, como Chipre o Creta. Sin embargo, el punto de desembarco acabó siendo la isla de Rodas20, junto a las costas de Anatolia, la cual estaba bajo soberanía de los caballeros Hospitalarios21.

Esto indignó al papa Adriano IV, que pronto entendió que, lejos de detenerse, Solimán estaba más que dispuesto a darle la estocada final a Luis II y su reino, por lo que trato de convencer a Carlos V y Francisco I de que depusieran las armas e hicieran la paz para socorrer a los húngaros, aunque para infortunio de la cristiandad la tregua no prosperó.

Acto seguido, el sultán tuvo la vía libre para destinar sus recursos en la conquista de Hungría, siendo esta la empresa que consumiría la mayor parte de su mandato bajo unos motivos que se siguen debatiendo hasta hoy. Como explica el historiador español Francisco Veiga:

«Los historiadores siguen discutiendo sobre los motivos que impulsaron a Süleyman a intervenir en Hungría. Se argumenta que la causa real fue impedir que el reino cayera bajo el control de los Habsburgo, pues Luis II estaba casado con la hermana de Carlos V, cabeza de esa casa real, pero es algo sujeto a debate. Lo que parece claro es que inicialmente el sultán no previó que el paso dado iba a implicar a la Sublime Puerta22 en una larga y compleja lucha política y militar por el dominio definitivo de Hungría, que iba a absorber buena parte de los años que le quedaban hasta su muerte».

Fuese como fuese, lo concreto es que ya para 1526 la victoria de los Otomanos se alcanzó en la famosa Batalla de Mohacs, en la cual tanto el ejército húngaro como el rey Luis II fueron aniquilados, dando paso a un dominio de más de un siglo de Hungría por parte de los Osmanlí.

Obviamente, semejante suceso no fue pasado por alto por Carlos V, quien era el monarca más poderoso de la cristiandad; por tanto, declaró a su hermano menor, Fernando I, como nuevo rey húngaro, pese a que la mayor parte del territorio estaba controlado por Solimán. Ofendido por el nombramiento, el sultán entonces resolvió atacar a Carlos directamente en la ciudad de Viena, centro del poder de los Habsburgo, lo que se tradujo en un asedio que en 1529 fue repelido debido en gran parte al clima invernal hostil con el que los musulmanes fueron recibidos, luego de una larga marcha por Europa del Este. A pesar de ello, lejos de desanimarse, el “Gran Turco”, como apodaron a Solimán en Occidente, centró luego su atención en controlar el Mar Mediterráneo, con ayuda del Corsario Barbarossa23 de Argelia, el cual, tras ser puesto al mando de la Armada Imperial, acabó con la flota española en el combate marítimo de Preveza de 1538, anexionando puertos clave como Túnez y Libia junto con los piratas berberiscos24.

Batalla de Preveza. Obra de Hovhannes Umed Behzad. Fuente: Museo Naval de Estambul

Por supuesto, habiendo logrado semejante éxito, el Sultán no desperdició la ocasión para restregarles sus logros en la cara a sus enemigos por medio de cartas las cuales han quedado conservadas hasta nuestros días, como es el caso de la siguiente, dirigida a Fernando I:

«Desde hace mucho tiempo se duda de tu virilidad. Dices que eres el valiente de la plaza, pero hasta ahora he marchado muchas veces contra ti y he utilizado tu propiedad a mi antojo. ¡Te falta la palabra de compromiso! ¡Y a tu hermano también! ¿No te da vergüenza por ello ante tus soldados e incluso ante tu mujer? Si eres varón, ven al encuentro».

Jeireddin Barbarroja. Grabado de Agostino Veneziano.

Producto de todo lo anterior en 1547 se firmó finalmente un tratado de paz (llamado Tratado de Estambul o Tregua de Adrianopolis) entre Solimán, Carlos y su hermano Fernando; en el cual se acordó un cese de la guerra según las demandas otomanas que, por supuesto, incluyeron el reconocimiento de sus posesiones en Hungría, mientras que a la vez forzaban a los Habsburgo a pagar un impuesto anual de 30 mil ducados por cada ciudad húngara que ellos tuvieran. Por si eso no bastara, en dicho documento escrito en turco, los Osmanlí solo reconocieron a Fernando como «Vezir-i Azam» (Gran Visir), negándole el título de “Rey Hungaro”, en tanto a Carlos se le identificó únicamente como monarca de España y Alemania, más no como emperador, evitando así ponerlo a la misma altura política que el sultán y despreciando al mismo tiempo sus pretensiones de ser reconocido como soberano universal. Como muestra de este desdén, se puede citar como ejemplo la respuesta que el Gran Visir del Imperio Otomano, Ibrahim Pasha, dio años antes durante la visita de un emisario del Sacro Imperio.

 «Esta carta, no es una carta de un monarca prudente y moderado. Carlos V utiliza unos títulos en ella que no son suyos. ¿Cómo se atreve [por ejemplo] a nombrarse Rey de Jerusalén? ¿No sabe que el dueño de este país es el Sehinsah (monarca)?, ¿Quiere [acaso] robar al padisah (monarca) este país? ¿O escribiendo así quiere demostrar que le humilla? Se ha oído decir que los monarcas cristianos visitan Jerusalén disfrazados de mendigos. ¿Piensa Carlos que se puede hacer Rey de Jerusalén vestido de mendigo? Mira, aquí se titula a sí mismo “Duque de Atenas” cuando en realidad esto es un Sancak (provincia) que ahora nos pertenece a nosotros. De forma distinta mi señor no necesita robar títulos, porque mi señor tiene muchos títulos que le pertenecen.»

Con esto el Imperio Otomano brilló en el campo político sobre sus rivales más directos, incentivando la admiración de quienes podían acceder a los dominios del Sultán, quien, sabedor de sus hazañas comenzó a transformar a su Estado en un jugador clave de Europa, como un modelo de estabilidad y despotismo para el occidente cristiano corroído por las pugnas internas. Las libertades individuales y generales de sus ciudadanos estaban fuertemente reguladas por el poder absoluto que el monarca Osmanlí ejercía sobre el aparato administrativo, político y religioso de la nación, la cual en consecuencia se convirtió definitivamente en la punta de lanza de todo el mundo islámico, atrayendo en el proceso la colaboración incluso de potencias no musulmanas, como el Reino de Francia.

Pues, tras la hazaña de Selim I de acabar con el Sultanato Mameluco, Solimán no le restó importancia a Medio Oriente y queriendo emular a su padre dio rienda libre a una guerra religiosa con el Imperio Sáfavida (actual Irán) de confesión chiíta25, con la cual se hizo de Iraq, Armenia Occidental (en el este del actual estado de Turquía) y partes del Cáucaso, a través de la llamada “Paz de Amasya” de 1555. En respuesta, los persas se aliaron con Carlos V, mientras los Otomanos estrecharon lazos con el Reino Francés de Francisco I (1515-1547), arrasando con puertos italianos, africanos y españoles como los de Génova, Venecia, Nápoles, Túnez e Ibiza; lo que los transformó a ambos en una amenaza constante para las rutas comerciales Europeas, así como para sus costas y armadas.

Extensión del imperio Safávida. El Imperio Otomano se encuentra marcado en verde. Fuente: Wikimedia Commons

Consecuentemente, Francisco I recibió el rechazo de los Estados Pontificios por haberse aliado militarmente con los musulmanes en contra de sus hermanos de fe, pero el rey defendió su postura referenciando su larga rivalidad con Carlos I, con quien continuamente se disputaba los territorios del norte de Italia y Alemania, para así obtener la hegemonía de toda la cristiandad. Como le explicó al embajador veneciano Giorgio Gritti en 1531:

“No puedo negar que deseo ver al turco todopoderoso y preparado para la guerra, no por sí mismo —pues es un infiel y todos nosotros somos cristianos— sino para debilitar el poder del emperador (Carlos I), obligarlo a realizar grandes gastos y tranquilizar a todos los demás gobiernos que se oponen a un enemigo tan formidable”.

De este modo se cimentó una intermitente relación de cooperación entre los dos Estados que sobreviviría a sus creadores casi tres siglos, hasta que en 1798 Napoleón invadió Egipto, durante el caos de la Revolución francesa.

Pasando a otros ámbitos,  no fue solo por sus conquistas que Solimán obtuvo el apelativo de “El Magnifico”, si no que en Turquía se le recuerda sobre todo por el sobrenombre de “Kanuni” o “El legislador”, dadas las fuertes reformas que hizo al sistema administrativo y judicial, para que se adecuase al creciente número de súbditos no musulmanes adquiridos luego de las campañas en Hungría y el Cáucaso.  Así, con ayuda del juez Ebussuud Efendi, se redactó y promulgó el código de leyes seculares conocido como Kanun-i Osmânî (Ley Otomana) que recopiló los decretos de los monarcas anteriores y los actualizó para que coexistieran junto a la ley religiosa “Sharia” por los siguientes 300 años. Asi mismo, Solimán respaldó a eruditos como Matrakçı Nasuh (pintor, matemático e historiador), Ahmed Karahisarî (calígrafo) o Mimar Sinan26, que acabó transformándose en el arquitecto más importante en la historia del imperio, al ser responsable de estructuras formidables como la Mezquita de Solimán (la más grande de toda la historia Otomana) y la de Selimiye (en Edirne). 

Lastimosamente, como nada es para siempre, con el tiempo la vejez y la enfermedad atormentaron al agotado Emperador que resolvería concluir su era con una última victoria en tierras húngaras en el Sitio de Szigetvár de 1566, en donde él mismo perecería a la edad de 71 años, a causa de la gota. Sin embargo, lejos de organizar una sucesión pacífica, sus últimos momentos se vieron marcados por las intrigas palaciegas, que enfrascaron a sus hijos en disputas de poder que lo forzaron a asesinar a los príncipes Mustafá (1553) y Bayaceto (1561), dejando como único pretendiente al trono a Şehzade Selim27.

Este heredero, que recibió de manos de su padre una de las naciones más fuertes de toda la historia, muy pronto seria entronizado bajo el nombre de Selim II, pasando a ser recordado para la posteridad bajo el apodo de Selim “el ebrio”, dada su afición a la bebida.  Por lo que muchos historiadores estipulan que es aquí que empezaría el largo deterioro del Imperio Otomano ya que, si bien sus fronteras continuarían extendiéndose hasta el siglo XVII, lentamente, tras la prematura muerte de Selim, la casa real fue perdiendo la combatividad de antaño con la subida al trono de príncipes cada vez más jóvenes e incompetentes, que le daban mayor influencia a sus esposas y visires en los asuntos estatales.

Proceso de expansión territorial del Imperio Otomano. Fuente: Wikipedia Commons

Independientemente de esto, lo único cierto es que, a pesar de sus controversias, Solimán sigue siendo recordado hasta el día de hoy como el más grande miembro de su dinastía, al dejar un legado de conquistas y logros que los demás sultanes se vieron incapaces de equiparar en las eras venideras. Por tanto, es indiscutible que el fin de su regencia marcó un punto de inflexión entre la lucha del islam y la cristiandad por la hegemonía del continente europeo, dado que sin un líder de su talla los otomanos lentamente acabaron por quedarse atrás del resto de naciones, que poco a poco comprendieron como contrarrestar las tácticas turcas. 

  1. El nombre actual de la ciudad de Constantinopla, Estambul (en turco: İstanbul), proviene de una adaptación lingüística que los turcos hicieron de una frase que era de uso popular griego durante la época Romana (el griego era el idioma oficial de la parte oriental del imperio). Esta frase era eis tḕn pólin (εἰς τὴν Πόλιν), que se traduce literalmente como «a la ciudad» o «en la ciudad» y era empleada para denominar a Constantinopla, dado que era la urbe más grande del Estado, así como la última en permanecer en manos romanas. Una vez conquistada, İstanbul pasó a ser su nombre popular, hasta que en el año 1930, luego del colapso del Imperio y la fundación de la actual República de Turquía, se oficializó internacionalmente para darle una identidad netamente turca a la metrópolis, separada de su pasado Greco-Romano.  ↩︎
  2. Entre los inmigrantes musulmanes había muchos comerciantes (sastres, joyeros, etc.) y figuras religiosas, que llegaron de regiones de Anatolia como Kocaeli, Saruhan (actual región del Egeo, en Turquía), Aydın y Balıkesir. Por otro lado, los soldados adquirieron casas en diversos barrios, como fue el caso de Los Azebs de la Armada (Infantería irregular de retaguardia), que se asentaron en el denominado barrio de los azebs (Azebler Mahallesi) en el distrito de Unkapanı. Por si esto no fuera poco, a partir de 1454 Mehmed II empezó a incentivar el regreso de los antiguos ciudadanos romanos de vuelta a la ciudad, para así estimular el desarrollo comercial de la zona, lo que atrajo la atención de cristianos y judíos que generalmente se establecían en barrios como Samatya (actual distrito “Fatih”) o en monasterios supervivientes del saqueo que sucedió a la conquista. De hecho, según cuenta Halil İnalcık, no era inusual que griegos, judíos y musulmanes vivieran juntos en el mismo edificio, dado que, para citar un ejemplo, para 1456 había cuarenta y dos familias judías, catorce griegas y trece musulmanas en Samatya. ↩︎
  3. El Patriarca de Constantinopla es el principal obispo de la Iglesia ortodoxa de Constantinopla y, desde hace siglos, es considerado el «primero entre iguales» (primus inter pares) entre todos los patriarcas y obispos de la Iglesia ortodoxa, dado que fue el primer representante oficial del cristianismo en el Imperio Romano de Oriente equiparando, en un inicio, sus competencias con el papa de Roma. Sin embargo, con la caída de la parte occidental del Imperio Romano en el año 476, nacieron diferencias entre ambos cultos, dado que mientras el papa argumentaba que debía ser él el máximo representante de todos los fieles (dada su antigüedad), los patriarcas defendían la idea de que las iglesias debían permanecer autónomas y solo actuar unificadas en casos importantes, a través de concilios ecuménicos. De este modo, para el año 1054, ambos puntos de vista ocasionaron la partición de la religión, entre dos corrientes distintas, el catolicismo occidental y la Iglesia Ortodoxa oriental, en el famoso “Cisma de Oriente”. En consecuencia, hasta el día de hoy el patriarca no posee un liderazgo espiritual, o una posición de poder sobre todos los ortodoxos, como el papa en la Ciudad del Vaticano; pero con la muerte del último emperador Romano (Constantino XI) durante el asedio de Constantinopla, su figura se volvió importantísima para los sultanes, dado que se convirtieron en el nexo entre la Casa Real y los cristianos de sus tierras hasta el final del estado en el siglo XX. ↩︎
  4. Principales términos del tratado (a grandes rasgos): Venecia debió pagar reparaciones de guerra que ascendían a 100 mil ducados de oro y reconoció las conquistas otomanas realizadas durante el conflicto, cediendo la isla de Eubea y el Cabo Manya en Grecia y fortalezas en las ciudades albanesas de Krujë y Shkodra. Además, devolvió las tierras que mantenía ocupadas, como las islas griegas de Lemnos , Tasos y Samotracia  A cambio, la República de Venecia obtuvo el derecho de continuar comerciando dentro del Imperio Otomano, recibiendo garantías para que sus mercaderes operaran en puertos bajo soberanía Osmanlí, siempre y cuando la República pagara una tasa anual de 10 mil ducados.  ↩︎
  5. El término visir deriva de la palabra árabe wazīr (وزير), que se traduce comúnmente como «representante», o «ayudante» y el gran visir era el cargo político más alto del Imperio otomano después del sultán. Como principal gestor del gobierno, su figura era equivalente a la de un primer ministro. ↩︎
  6. En el Imperio otomano, los pashas (también escrito paşas) eran altos funcionarios civiles y militares que recibían un título honorífico de gran prestigio otorgado por el sultán. No eran una clase social hereditaria como los duques o condes europeos; eran servidores del Estado que habían alcanzado una posición de enorme poder gracias a su talento, lealtad o influencia política, muchas veces trabajando en la corte.  ↩︎
  7. Los jenízaros (del turco Yeniçeri, «nuevas tropas») fueron la unidad de infantería de élite del Imperio Otomano desde el siglo XIV hasta 1826. Constituyeron una de las primeras fuerzas militares permanentes y profesionales de Europa. ↩︎
  8.  El nuevo acuerdo de paz con Venecia fue firmado el 10 de agosto de 1503, aunque las negociaciones se iniciaron a mediados de 1502. Por medio del mismo, Venecia devolvió las islas Leucas, reconoció las conquistas turcas en Morea (como Lepanto, Modon y Coron) y Durazzio y aceptó pagar una suma de 10.000 ducados de oro como compensación. A cambio los Otomanos aceptaron retirarse de la isla de Santa Maura (Léucade), reconocieron el control veneciano de Zante y devolvieron la isla de Cefalonia (todas en el Mar Jonico). Al mismo tiempo, el sultán Bayaceto permitió la instauración de un bailio (representante comercial y civil) veneciano en Estambul.  ↩︎
  9. La palabra Mameluco, deriva del árabe mamlūk (el poseído) y era el nombre de la dinastía que gobernó Egipto y Siria entre 1250 a 1517; aunque una vez conquistados por los Otomanos siguieron dominando la región, solo que como vasallos del sultán en Constantinopla. Constituyeron durante siglos el grueso de la aristocracia egipcia, dominando con puño de acero bajo rígidas normas religiosas, pese a no ser árabes de origen, pues surgieron de esclavos turcos y circasianos del Califato Abasi que demostraron un arrojo total en el campo de batalla. ↩︎
  10. La Meca y Medina son las ciudades más sagradas del Islam porque representan los cimientos históricos, espirituales y políticos de esta religión, al ser de importancia en la vida de Mahoma. Por ejemplo, La Meca es el lugar de nacimiento del profeta y en donde comenzó a recibir las revelaciones que acabarían conformando los capítulos del Corán, que se transformó en el libro sagrado del nuevo credo. Así mismo, ahí fue donde se erigió la Kaaba (El cubo), que es considerado el primer santuario islámico de toda la historia y que es un punto de visita obligado para todos los musulmanes del mundo, a través del “Hajj” o peregrinación.  Por otro lado, Medina es adonde Mahoma huyó junto a sus primeros seguidores, cuando empezaron a ser perseguidos en el año 622 y donde se construyó la Mezquita del Profeta, en donde yacen sus restos mortales. ↩︎
  11. El término “Hajj” deriva del verbo árabe hajja, que significa simplemente «hacer una visita» o «peregrinar». En el mundo musulmán hace referencia al quinto pilar del islam, que estipula que es obligatorio visitar, al menos una vez en la vida, la ciudad santa de La Meca, para rezar en la Kaaba (el cubo), durante el Dhul Hijjah, literalmente “Mes de peregrinación”, que es último del calendario musulmán. ↩︎
  12. Un califa era el líder político y religioso de la comunidad musulmana tras la muerte de Muhammad y que según la tradición debía tener lazos familiares con él, de querer ser legitimado por los fieles. El término proviene del árabe khalīfa, que significa “sucesor” o “representante”. A lo largo de la historia existieron grandes califatos, como el Califato Omeya y el Califato Abasí, que expandieron enormemente la influencia islámica en Asia, África y Europa. ↩︎
  13. El Califato Abasí fue la dinastía que gobernó el tercer y más próspero imperio islámico de la historia y fue fundado en el año 750 d.c, sobre la legitimidad de descender del tío del profeta Mahoma, Al-Abbas. En un inicio, este Estado mantuvo la sede de su próspero Imperio en la ciudad de Bagdad desde el 762 hasta el año 1258, cuando el último regente Abasí cayó luchando contra los mongoles. En consecuencia, los sobrevivientes de la familia real se vieron forzados a huir a Egipto, en donde los Mamelucos nombraron a Al-Mustansir II, como nuevo Califa, ahora con sede en El Cairo. Sin embargo, a partir de aquí los abasíes no tendrían poder político y pasarían a ser simplemente líderes espirituales, que tenían como propósito principal legitimar el mando Mameluco. ↩︎
  14. La tradición relata que el último califa de El Cairo, Al-Mutawakkil III, fue llevado a Constantinopla como prisionero, junto con toda su familia y allí le entregó formalmente el título de califa a Selim junto con sus emblemas externos (la espada y el manto de Mahoma). Sin embargo, las primeras descripciones de dicho evento datan de 1780 (casi tres siglos después), lo que hace imposible conocer la verdad exacta. Por otro lado, no existen fuentes Mamelucas que relaten el suceso. Para saber un poco más acerca de este suceso, puedes leer: Lewis, Bernard. «Chapter X: Community and Nation». En: The Emergence of Modern Turkey. Oxford University Press, 1961 ↩︎
  15. La tradición Otomana cuenta que, antes de su muerte, Selim I mandó a cerrar el tesoro imperial con su propio sello, estipulando que sólo aquel que volviera a repletarlo tal y como él lo había hecho, tendría el derecho de quitarlo de lugar. Esta última voluntad, recogida en su testamento, se respetó hasta el fin del Estado en 1923 dado que nadie, ni siquiera su hijo Solimán, logró superar las riquezas que él acumuló. ↩︎
  16. Los detalles del deterioro de salud del sultán Selim fueron recogidos décadas después por el historiador turco Hoca Sâdeddin Efendi en su libro Tâcü’t-Tevârih (1584). En él se cuenta como tras sufrir una herida en la espalda el Monarca desarrolló un horrible forúnculo, llamado actualmente “Şirpençe”, que tras ser reventado se infectó, ocasionándole una agonía de más de cuarenta días. ↩︎
  17. Como dato extra, antes de fallecer Selim mandó matar a todos sus hijos menores, para así evitarle problemas sucesorios a Soliman, tal y como le ocurrió a Bayaceto con Cem, siguiendo una ley fratricida que Mehmed II implementó décadas antes y que se volvería de uso habitual hasta el siglo XVII. Para saber más de esta medida en la historia imperial puedes leer: Buğra Ekinci, Ekrem. «Fratricide in Ottoman Law». Belleten. Türk Tarih Kurumu (diciembre de 2018). ↩︎
  18. Es posible que en algunos textos Solimán I sea indicado como Solimán II debido a que durante una época de anarquía que sufrió el imperio en el siglo XIV, existió otro Solimán que fue pretendiente al trono y que fue reconocido en algunas provincias como Soliman I de los balcanes. Sin embargo, como no gobernó el Imperio unificado, la mayoría de los otomanistas lo pasan por alto, dándole al hijo de Selim I el título de Solimán I dada su legitimidad. ↩︎
  19. Se conoce como Reforma protestante al movimiento cristiano iniciado en Alemania en el siglo xvi por Martín Lutero, el cual fue un fraile Agustino que denunció la corrupción de la iglesia católica a través de un manifiesto de 95 puntos en el que hacía recomendaciones para renovar el credo; ya que según él este se había alejado de las enseñanzas recogidas en la Biblia, como consecuencia de la inmoralidad en la que habían caído los altos cargos católicos. Esto atrajo el apoyo de mucha gente y dividió a los fieles de Europa durante siglos, por lo que se crearon nuevas ramas cristianas ajenas a la influencia del papa, como los Protestantes y los Luteranos. Por supuesto, este debate también llegó a Hungría, aunque la casa real se mantuvo fiel al catolicismo, al igual que Carlos V, que se transformó en su máximo defensor. ↩︎
  20.  Como dato curioso, en el bando de los Caballeros se hallaba luchando uno de los descendientes de Cem Sultán, llamado Murad; el cual se había convertido al cristianismo, luego de permanecer bajo la protección de la orden hospitalaria. En consecuencia, cuando Solimán se enteró de su existencia como un infiel, que apoyó a los enemigos del imperio, lo mandó a ejecutar junto a todos sus hijos varones, acabando con el último descendiente masculino de Cem.  ↩︎
  21. Los Caballeros Hospitalarios, eran una orden militar cristiana, que surgió en Jerusalén durante el siglo XI, en la que se conoció como la Primera Cruzada. Inicialmente eran una organización caritativa que se encargaba de atender a los peregrinos y civiles, pero tras las continuas arremetidas musulmanas en la zona, para recuperar las ciudades santas, evolucionaron en una organización militar que ayudó a mantener en pie el territorio por 200 años. Sin embargo, luego de la caída de Acre en 1291 y el colapso del Reino de Jerusalén poco después, se vieron forzados a huir de Medio Oriente en dirección a Rodas, que por entonces formaba parte del Imperio Romano de Oriente. Acto seguido, la conquistaron aprovechando el debilitamiento Bizantino y la convirtieron en su base de operaciones. ↩︎
  22. La expresión «Sublime Puerta» es un apodo para referirse tanto al Imperio otomano, como también a su sistema de gobierno y a la entrada principal de su palacio administrativo, en un símil con lo que actualmente sucede por ejemplo con la expresión «Casa Blanca» en Estados Unidos. ↩︎
  23. Hızır Reis (Hayreddin Barbarossa), conocido en Europa como Barbarroja (del italiano Barbarossa, «barba roja»), fue uno de los corsarios y almirantes más famosos de la historia Otomana durante el siglo XVI. Nació probablemente hacia 1478 en la isla de Lesbos y murió en 1546 en Constantinopla. Su verdadero nombre era Hızır bin Yakup y junto a su hermano mayor Oruç Reis, comenzaron sus carreras como corsarios en el Mediterráneo oriental, atacando principalmente barcos y posiciones de potencias cristianas como España y Venecia. En 1516, convirtieron a Argelia en su base de operaciones, manteniendo a su vez buenas relaciones con el sultán Otomano Selim I, quien aceptó ayudarles en su lucha contra occidente con la condición de que se sometieran a su voluntad. Así, luego de la muerte de Oruç en 1518 durante la lucha contra los españoles, Hızır asumió el liderazgo de sus fuerzas y convirtió a Argelia en un vasallo Osmanlí para protegerse frente a enemigos más poderosos y acto seguido, comenzó a conquistar territorios en todo el norte de África, bajo la tutela del hijo de Selim, Solimán I, quien lo nombró como comandante oficial de la marina otomana.
    ↩︎
  24. Los piratas berberiscos, también a veces llamados corsarios otomanos, fueron piratas y corsarios musulmanes que actuaron desde el Norte de África (la «Costa berberisca»), donde tenían sus bases. El origen de la palabra Berbería se remonta al año 1500, cuando aparece el término en Italia y está basada en la palabra “Bárbaro”, producto de la anarquía que caracterizaba a la región. ↩︎
  25. Existen dos ramas principales de la religión islámica, el Sunismo, que es seguido por un 90% de los musulmanes y el Chiísmo que abarca al 10% restante. Durante el renacimiento, los dos principales Imperios musulmanes de Medio Oriente, el Otomano y el Safávida continuamente se pelearon en sangrientas guerras debido a esta diferencia religiosa, la cual tiene su origen en el siglo VII tras el fallecimiento del profeta Mahoma, que trajo la religión islámica al mundo. Y es que él mismo no designó a un sucesor claro que siguiese su trabajo de predicar la palabra de dios; por tanto los fieles pronto desarrollaron dos bandos, quienes creían que el nuevo líder debía ser el familiar más cercano de Mahoma, Ali al-Sistani (Chiítas) y quienes creían que el derecho era de Abu Bakr, uno de los primeros convertidos a la nueva religión y que fue elegido por la comunidad (Sunitas). ↩︎
  26. Mimar Sinan (c. 1489–1588) fue el arquitecto más importante del Imperio otomano y uno de los grandes maestros de la arquitectura mundial. Es conocido como el «Miguel Ángel de Oriente» por la magnitud de su talento y por la influencia que tuvo en la arquitectura islámica posterior. Su nombre completo era Sinan bin Abdülmennan y probablemente nació en la región de Capadocia, en Anatolia, dentro de una familia cristiana de origen griego o armenio que se convirtió al islam bajo el sistema otomano. Siendo un niño, fue obligado a Ingresar al cuerpo de los jenízaros, recibiendo formación militar e ingenieril, que pronto lo hizo destacar en las campañas al ser el responsable de la creación de fuertes y fortalezas, que atrajeron la atención del sultán Solimán quien en consecuencia lo nombró arquitecto en jefe de la corte, poniéndolo a cargo de la construcción de las principales estructuras de su reinado como la Mezquita Şehzade (1548), la Mezquita de Süleymaniye (1557) o la Mezquita Selimiye (1574), encargada por el sultán Selim II. Por si eso no fuera suficiente, ya en el siglo XVII sus aprendices serían los responsables del diseño y edificación de la Mezquita Sultanahmet (también conocida como Mezquita Azul). ↩︎
  27. La tragedia de los príncipes Mustafá, Selim y Bayaceto durante el reinado de Süleyman I es una de las historias más dramáticas de la corte otomana, pues no fue simplemente una lucha familiar, si no que fue el resultado de una compleja combinación de sucesión imperial, rivalidades entre facciones del palacio, ambiciones personales, propaganda, miedo a la guerra civil y las duras leyes sucesorias otomanas. A diferencia de las monarquías europeas, el Imperio otomano no tenía una regla fija de primogenitura, si no que todos los hijos varones del sultán podían reclamar el trono, teniendo además la posibilidad de asesinar a sus hermanos, según la ley fratricida antes explicada. Por eso, cuando los hijos de Solimán crecieron, la pregunta no fue solamente «¿quién sería el próximo sultán?», sino que, qué pasaría con los príncipes restantes. En un inicio, las inquietudes se resolvieron fácilmente, siendo el primogénito Mustafá, nacido en 1515, quien fue elegido como heredero, al ser el mayor y por ende el más preparado para el puesto. Sin embargo, él no era hermano directo de Selim y Bayaceto, al ser hijo de Mahidevran, una esclava de origen Circasiano que Solimán conoció mientras aún era un príncipe; mientras que ellos eran hijos de Hürrem Sultan, una mujer ucraniana que llegó al harem imperial alrededor de 1520, tras ser secuestrada por los Tártaros de Crimea. Por tanto, los otros dos candidatos, preocupados por acabar siendo asesinados a manos de su hermano mayor, empezaron a conspirar con ayuda de su madre a sus espaldas para así alcanzar el liderazgo bajo la promesa de no traicionarse mutuamente, favoreciéndose a su vez de la influencia que Hürrem poseía en el consejo imperial. Y es que esta mujer, nada más llegar al palacio, rápidamente se convirtió en la favorita del sultán y se transformó en la primera esposa oficial de un monarca Osmanlí. Acto seguido, enlazó a su hija Mihrimah con el Gran Vizir Rustem Pasha y, a través de él, empezó a sembrar la discordia entre Solimán y su hijo mayor, quien con el paso del tiempo fue obteniendo más y más respaldo del ejército Jenízaro, a puertas del fallecimiento de su padre. De este modo, temeroso de que Mustafá organizara un golpe de estado en su contra, Solimán lo mandó llamar a su campamento en Ereğli (Konya), con el fin oculto de ejecutarlo bajo sospecha de traición y así, en el año 1553, en plena campaña contra los persas Safávidas, el príncipe heredero fue estrangulado. Sin embargo, el conflicto no acabó ahí, pues tras la muerte de Hürrem en 1558, la tregua entre los dos hermanos restantes, Selim y Bayaceto, rápidamente degeneró en una rivalidad mortal que los llevó a enfrentarse abiertamente por el puesto de su progenitor quien, decidido a ponerle paños fríos al asunto, envió en 1559 a dos de sus visires más leales a aconsejar a sus hijos que detuvieran el avance de tropas hasta que el tomara una decisión. Selim aceptó, pero Bayaceto por otro lado desterró al asesor del sultán y prosiguió su marcha hasta Konya en donde se enfrentó frente a frente con su hermano, respaldado ahora por las tropas de su padre. En consecuencia, tras la derrota, el apodado “Príncipe rebelde” se vio obligado a huir a la corte Safávida del Sha Tahmasb, que lo acogió como refugiado hasta que Solimán pagó su regreso solo para ser ejecutado junto con toda su familia en 1561. ↩︎

Bibliografía

  • Clot, Andre. “Fatih Sultan Mehmet”. Milliyet Yayınları, İstanbul, 1991.
  • Knecht, Robert. Francis I. Cambridge University Press, 1984.
  • Veiga, Francisco. » El turco. Diez siglos a las puertas de Europa”. Debate, 2006.
  • Imber, Colin. “El Imperio Otomano 1300-1650”. Barcelona (España): Javier Vergara Editor, 2004.
  • Ágoston, Gábor y Bruce Masters. Encyclopedia of the Ottoman empire. Facts On File, Inc., 2009.

Recursos web

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