Licenciada en Filología Francesa por la Universidad de Estambul y máster en Ciencias Sociales (Estudios Internacionales en Antropología) por un programa conjunto entre la Universidad Sorbonne Nouvelle – Paris 3 y la Universidad de Varsovia.

Actualmente es doctoranda en Estudios Altaicos en la Universidad de Szeged (Hungría). Sus intereses incluyen la antropología, la lingüística, la filología y la literatura con enfoque postcolonial. Investiga la relación entre humanos y animales (especialmente renos), la terminología cultural del pastoreo y la revitalización de lenguas en peligro de extinción.

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A 36 años de su último concierto en el estadio Luzhniki, Kino volvió a reunir a miles de personas en Moscú. La figura de Viktor Tsoi, hijo de padre coreano y madre rusa, sigue funcionando como un puente entre identidades, generaciones y formas de resistencia cultural.

El regreso simbólico a Luzhniki

Viktor Tsoi. Fotografía de Igor Mukhin

El 21 de junio de 2026, el estadio Luzhniki de Moscú volvió a llenarse de las canciones de Kino. No era una fecha cualquiera: ese día Viktor Tsoi habría cumplido 64 años. Los músicos Yuri Kasparyan, Alexander Titov e Igor Tikhomirov se presentaron junto a la voz restaurada digitalmente del cantante, en un concierto que fue anunciado como el regreso de Kino a la gran escena del país y que, según los organizadores, reunió por completo al coliseo más grande de Rusia. The Moscow Times informó que asistieron más de 60.000 personas para escuchar las canciones de la banda.

Tsoi falleció en 1990, a los 28 años, pero su voz volvió a ocupar el estadio más de tres décadas después. No como una simple nostalgia, sino como una forma de memoria colectiva. En Luzhniki no cantaba solamente una banda del pasado. Cantaba una época, una generación y también una pregunta que sigue abierta, por qué ciertas canciones sobreviven a los sistemas políticos, a los cambios históricos y a la muerte de quien las escribió.

Una identidad entre Corea, Rusia y la URSS

Viktor Robertovich Tsoi nació en Leningrado el 21 de junio de 1962. Era hijo de Valentina Guseva, de origen ruso, y de Robert Tsoi, un ingeniero soviético-coreano. La línea familiar paterna de Tsoi se vinculaba con la historia de los coreanos soviéticos, conocidos como koryo-saram, muchos de los cuales fueron deportados a Asia Central durante el período de Stalin. Esa biografía permite leer su figura desde el mestizaje: Tsoi no representaba una identidad homogénea, sino una identidad atravesada por Asia, Rusia, la experiencia soviética y la cultura urbana de Leningrado.

Viktor Tsoi y su familia durante la infancia. Fuente: Koreaowls

En su caso, el mestizaje no fue solo una cuestión familiar. También fue cultural y musical. Tsoi creció en el espacio soviético, pero su lenguaje artístico dialogaba con el rock occidental, el post-punk, la estética callejera y la sensibilidad de una juventud que ya no se sentía representada por los discursos oficiales. 

Kino nació en 1982 y, con el tiempo, se convirtió en una de las bandas más importantes del rock ruso. Su aparición en la película soviética Assa, en 1987, ayudó a expandir su popularidad y a consolidar el fenómeno conocido como “Kinomania”.

Kino interpretando Перемен! en una escena de la película Assa (1987)

“Перемен!” y la voz de una generación

La fuerza de Tsoi residía en su manera directa de cantar el descontento. Sus canciones no necesitaban grandes declaraciones ideológicas. Hablaban de calles, noches, trenes, cansancio, espera, guerra interior y deseo de cambio. Por eso, muchos jóvenes soviéticos sintieron que Kino no solo hacía música, sino que expresaba una emoción común. La canción “Перемен!” (¡Cambios!), también conocida por la frase “Хочу перемен!” (Quiero cambios), terminó asociándose con la perestroika y con distintos movimientos de protesta en el mundo postsoviético, aunque el propio Tsoi insistió en que no quería reducirla a un mensaje político cerrado.

Esa ambigüedad explica parte de su permanencia. Tsoi podía escucharse como una voz de protesta, pero también como una voz íntima. No decía exactamente qué hacer, más bien acompañaba una sensación, la necesidad de respirar de otra manera. En ese punto, su mestizaje también puede entenderse como una posición simbólica. Tsoi estaba entre mundos, entre la cultura rusa en la que nació y creció, la herencia coreana soviética de su familia paterna, el imaginario urbano de Leningrado y la escena subterránea del rock soviético.

Tsoi vive, de Arbat a Almaty

Su muerte, el 15 de agosto de 1990, en un accidente de tráfico en Letonia, convirtió su figura en un mito. Ese mismo año, Kino había tocado en el estadio Luzhniki, en uno de los momentos más importantes de su historia. Su muerte, poco después de aquel hito, causó la disolución de la banda. Su desaparición ocurrió justo antes del colapso de la Unión Soviética, lo que hizo que su imagen quedara unida al final de una época. Para muchos, Tsoi no fue solo un cantante joven que murió demasiado pronto. Fue la voz de una generación que alcanzó a cantar el cambio antes de que el mundo que conocía se derrumbara.

Pero su memoria no quedó encerrada en los años ochenta. La llamada Pared de Tsoi, en la calle Arbat de Moscú, surgió después de su muerte como un espacio espontáneo de homenaje. Allí apareció la frase “Tsoi vive”, que se repitió en muros, escuelas y espacios públicos de la antigua Unión Soviética. Con el tiempo, ese muro se convirtió en un lugar de peregrinación para seguidores de Kino y en un ejemplo duradero de memoria popular urbana.

Imagen del «Muro de Tsoi» en la calle Arbat, Moscú. Fuente: Moscow Times

Una memoria que todavía se mueve

La memoria de Tsoi también encontró un lugar visible en Asia Central. En Almaty, Kazajistán, existe una estatua dedicada al músico, inaugurada el 21 de junio de 2018, fecha de su nacimiento. No está allí por casualidad. La ciudad fue escenario de Игла (La aguja), la película de 1988 dirigida por Rashid Nugmanov y protagonizada por Tsoi en el papel de Moro. El monumento se encuentra en la esquina de las calles Tulebaev y Kabanbay Batyr, cerca del lugar donde se filmó la escena final de la película. Por eso, la estatua no recuerda solamente al cantante de Kino, sino también al actor que convirtió a Almaty en parte de su mito cultural. En esa imagen de bronce, Tsoi aparece como una figura que cruza fronteras, entre Leningrado y Asia Central, entre el rock soviético y el cine kazajo, entre la memoria urbana y la leyenda popular.

Monumento a Viktor Tsoy en Almaty (Kazajstán). Fuente: Tengri News

El concierto de 2026 en Luzhniki confirma que Tsoi sigue vivo en un sentido cultural. Su voz restaurada no reemplaza al cuerpo ausente, pero muestra hasta qué punto su música sigue construyendo comunidad. En el estadio se encontraron quienes escucharon a Kino en su juventud y quienes descubrieron esas canciones muchos años después. Los organizadores describieron el concierto como una reunión de varias generaciones alrededor de canciones conocidas por millones.

Tal vez por eso Viktor Tsoi sigue siendo una figura tan poderosa. Su identidad mestiza rompía con la idea de una cultura rusa cerrada y homogénea. Su música, al mismo tiempo, rompía con el lenguaje rígido de una época. Tsoi no pertenecía plenamente a un solo lugar. Y precisamente por eso pudo convertirse en un símbolo compartido.

Cuando miles de personas cantan hoy las canciones de Kino, no están recordando solamente a un músico muerto. Están participando de una memoria que todavía se mueve. Tsoi vive no porque el tiempo se haya detenido, sino porque sus canciones siguen encontrando nuevos oyentes, nuevos cuerpos y nuevas preguntas. En ese cruce entre mestizaje, rock y memoria, Viktor Tsoi continúa cantando desde el lugar donde las identidades no se cierran, sino que se transforman.

Puedes ver el concierto del 21 de Junio aquí:

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