Los semai: Entre la no violencia y la absorción estatal

Graduada en Relaciones Internacionales en la Universidad Europea de Valencia. Estudiante del programa de maestría Humanitarian Action and Conflict en Uppsala Universitet (Suecia).

annaortizvivas@gmail.com

Licenciado en Relaciones Internacionales en la Universidad Católica de Córdoba; ayudante investigador sobre las relaciones político-económicas entre Sudamérica y Sudeste Asiático (UCC - Unidad asociada a CONICET).

nicoofillol@gmail.com

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Los semai son un pueblo indígena de Malasia caracterizado por sus prácticas de resolución de conflictos, su énfasis en la no violencia y en una difícil relación con el Estado. Son una minoría étnica dentro de la población malasia, con particularidades religiosas propias. Como integrantes de los pueblos Orang Asli, estos se agruparon alrededor de la cordillera central de Malasia, lo que los ha aislado de algunas influencias del continente y del mar.

Este grupo destaca particularmente por su fuerte cohesión comunitaria y su sociedad igualitaria, algo que los llevó a ser estudiados por sociólogos, etnólogos, antropólogos y diversas áreas de estudio. Lo que resulta particularmente interesante es su resolución pacífica de sus conflictos internos, contando con un procedimiento muy meticuloso a este efecto.

A lo largo de este artículo se recorrerá la historia de la península de Malasia, donde se han desarrollado los semai, y del grupo en particular. A esto se le suma un análisis de sus creencias tradicionales y su organización social, además de su relación con las religiones mayoritarias. Seguidamente, se desarrollará su situación actual y los desafíos a los que se enfrentan histórica y actualmente. Por último, se concluye respecto a lo desarrollado.

Mujeres semai. Foto: Robert Dentan

Las condiciones geográficas en la conformación de los semai

Para entender a los semai, en primer lugar se debe comprender la categorización de los primeros pueblos de la actual Malasia. Estos pueblos, denominados Orang Asli (pueblos originarios en malayo) son anteriores a la llegada de los malayos étnicos que arribaron en olas migratorias desde el sur de China continental y la isla de Taiwán. Los Orang Asli son divididos en tres subgrupos distintivos: Negrito (semang), Senoi y Proto-malayos. Mientras que los proto-malayos conservan lenguas austronesias importadas con esta migración desde el continente y el posterior establecimiento del Sultanato de Malaca por los deutero-malayos, los otros dos grupos comparten lenguas aslianas (originarias), que pertenecen a la rama mon-khmer de la gran familia de las lenguas austroasiáticas.

Mapa con la ubicación de los 19 grupos indígenas de Malasia Occidental. Fuente: The Sen’oi Story

Pero la principal diferencia es el establecimiento geográfico que condicionó la conformación fonética de las lenguas. Los semang se agruparon al norte de la península, en la actual frontera entre Tailandia y Malasia caracterizada por una geografía de bosques tropicales, conformando las lenguas jahaiacas. Por su parte, los senoi se establecieron en el centro de la península, con una tradición semi-sedentaria de agricultura de quema y tala. De este segundo grupo, se derivan seis tribus distribuidas alrededor de la Gran Cordillera Central, con las dos más importantes siendo la tribu Temiar, al norte de la cordillera, y la tribu Semai, al centro y sur de la misma.

Tanto la orografía como la geografía de la región han tenido un rol protagónico en la evolución de la tribu Semai y su diferencia lingüística con otras tribus senoi. La Gran Cordillera Central funciona como la “columna vertebral” de la Malasia peninsular, atravesándola de norte a sur y condicionando los asentamientos de las tribus. El norte de la cordillera (al sur de Tailandia) es habitado por los temiar, que viven en las crestas montañosas en la cuenca de los ríos y sus nacientes, entre los bosques tropicales. Esto los aisló de otras tribus senoi y los condicionó a una vida más sedentaria con poco contacto inter-tribal, manteniendo un lenguaje homogéneo a toda la tribu.

Por su parte, los semai se encuentran en el centro y sur de la cordillera, donde la orografía es más bien mesetaria y con pendientes más suaves, lo que permitió el establecimiento semi-nómade con un cultivo basado principalmente en el arroz. En particular, los semai del oeste mantuvieron contacto con los proto-malayos (y posteriormente los deutero-malayos), establecidos en las tierras de menor altura y las costas de la península. Pero lo cierto es que los elevados picos separaron a los semai de un lado y el otro de la cordillera, llegando a generar evoluciones específicas del lenguaje, aunque manteniendo una cultura común.

Las vainas de petai recién cosechadas se atan en manojos y se transportan cuesta abajo, donde se venden a los comerciantes. Foto: Karen Heikkilä

Esta evolución disímil en el mismo grupo étnico dependió puramente de la orografía y del contacto con otras lenguas. Los semai del suroeste establecieron un intercambio comercial y cultural con los proto-malayos y deutero-malayos de la costa, tomando préstamos de esta lengua austronesia que se rastrean hasta el malayo estándar y se comparte con el bahasa indonesia1. La otra parte de la tribu semai se asentó en el noreste de la cordillera, adyacente al espacio de los temiar pero separados por accidentes geográficos como los picos de la Banjaran Titiwangsa con sus respectivas pendientes escarpadas y ríos que corren hacia el este y el norte de la península, evitando el contacto con los semai. Sin embargo, esta cercanía sin contacto se mantuvo hasta épocas relativamente recientes en la historia, cuando la infraestructura y las carreteras rompieron las fronteras naturales.

El Senoi Praaq destacó tanto en operaciones locales como internacionales. Foto: Orang Perak

Particularmente, este contacto nace con la Emergencia Malaya en los años ’50, cuando la guerrilla del Partido Comunista Malayo, guarecida en la selva del norte de la cordillera, estableció un contacto estratégico con los temiar y los semai del noreste de manera separada. Su estrategia fue la de contar con ojos en el bosque para llevar a cabo una guerra de guerrillas lo más eficiente posible.

Los británicos, para contrarrestar esta situación, establecieron fuertes en la selva, en la misma Banjaran Titiwangsa, y reasentaron cerca de ellos a ambos subgrupos senoi, brindándoles alimento y seguridad contra los guerrilleros comunistas. Luego se realizó un proceso de reclutamiento de jóvenes de ambas ramas para combatir a la guerrilla, creando lo que se denominó Senoi Praaq y sumando a los Orang Asli a la guerra de guerrillas contra la insurgencia comunista.

El emblema de los Senoi Praaq. Imagen: Orang Perak

En este proceso se generaron intercambios lingüísticos entre los temiar y los semai del noreste que permanecen hasta el día de hoy y generaron fragmentaciones lingüísticas entre los dos grupos semai. Esto llevó a que ambos grupos recurran a llenar vacíos dialectales con palabras del malayo, tomando esta lengua austronesia el rol de “puente” o “pegamento” entre ambos dialectos. A su vez, la interacción de los semai del suroeste con los malayos y de los semai del noreste con los temiar, ha generado etiquetas entre ambos grupos. Los del suroeste llaman a los del noreste “temiar” y los del noreste no distinguen a sus homónimos de los malayos.

Por su lado, la utilización del malayo como “pegamento”, generó una asimilación asimétrica de las lenguas semai, donde los semai del noreste debieron adaptarse a un malayo ya incorporado por los semai del suroeste. De esta manera, la institucionalización del semai como lengua desde el Estado malayo, fue sesgada hacia el dialecto del suroeste, fuertemente influenciado por el malayo; estableciendo escuelas públicas y programas radiales semai. De esta manera, cuando los semai del noreste comenzaron a acudir a estas escuelas, debieron ceder hacia un semai más austronésico que austroasiático; generando una aversión al dialecto originario del noreste por parte de los jóvenes semai, que lo encuentran rústico y anticuado.

Sistema de creencias

A la hora de analizar la religión semai, se la cataloga como una de estilo indígena animista sin una formalización establecida. Por el contrario, es un acervo de creencias, tabúes y prácticas reiteradas y establecidas en una cultura común, que denominan adat. Adat es una palabra en idioma malayo que significa tradición, leyes consuetudinarias y normas morales. Ellas rigen la relación de los semai con la naturaleza y entre ellos mismos.

A su vez, los semai cuentan con un panteón de tres categorías. En el punto más alto de la jerarquía se encuentra el Ser sobrenatural supremo, responsable de la creación pero sin interferencia en el plano terrenal. En segunda posición se encuentran los espíritus vinculados a fenómenos físicos o no físicos que causan enfermedades y desgracias como castigo, donde se encuentran el espíritu del trueno, el espíritu del gibón y el espíritu asociado a la mezcla de alimentos incompatibles. Por último, existen espíritus que abarcan fantasmas humanos y no humanos, como los asistentes del Ser sobrenatural supremo o los Keramat (habitantes del paisaje).

Por otra parte, existe la figura del chamán, quien es poseído por un espíritu guía (Gunik) durante los rituales para comunicarse con aquellos espíritus que generan aflicciones y enfermedades, a fin de curarlas. Para esto, utiliza hierbas medicinales, recitación de encantamientos y celebración de sesiones de curación nocturnas. Esta figura no se sucede de manera hereditaria, sino que se le debe presentar en sueños al chamán un espíritu guía que lo lleve a su vocación. Cabe destacar que los sueños tienen un peso particular en el animismo semai, a partir de la creencia de que el alma humana es frágil y suele “escaparse” del cuerpo terrenal durante el letargo. Es en este momento que el alma interactúa con los espíritus mencionados, afectando el cuerpo físico humano.

Un chamán semai utiliza hojas de palma rígidas para enfriar un jabalí muerto, neutralizando así el calor sobrenatural asociado con la sangre, el fuego y la violencia. Foto: Robert Dentan

Por último, los tabúes cumplen un rol muy importante en el sistema de creencias semai, acarreando inevitablemente enfermedades y castigos para aquellos que los rompen. Estos tabúes contemplan desde la mezcla de alimentos incompatibles hasta el acceso a un cementerio sin el acompañamiento de un chamán. Además, en procesos de curación, el chamán establece tabúes específicos, que restringen la actividad de la persona, con el fin de transitar una sanación efectiva.

Hay un concepto clave en la sociedad semai y este es el concepto de punan. Si bien su traducción literal al español es dificultosa, presenta una gran similitud con el concepto de «tabú». El concepto de punan tiene un gran peso en las relaciones interpersonales. La idea es parecida a aquella del karma de que si actúas de mala manera, te pasarán cosas malas; como en una especie de equilibrio universal. En la idea de punan, si haces a otra persona infeliz, esto aumentará sus posibilidades de que le pasen cosas malas, como por ejemplo una enfermedad o sufrir un accidente. Así pues, punan se refiere tanto al acto ofensivo como a la propensión a los accidentes resultantes de ese acto. También desempeña la función de sanción para fomentar un comportamiento “adecuado”.

Los semai tienen una importante división del mundo que representa el nosotros y el ellos, lo familiar y lo no familiar: hii’ y mai, respectivamente. La primera categoría representa el cuidado afectivo y la segunda el peligro e incluso la muerte. Esta visión del mundo humano también se refleja en el mundo no material, en las categorías de gunik y mara’. Mientras que los mara’ son los espíritus malévolos, el término gunik representa a los espíritus protectores, quienes pueden proteger a los semai de los mara’. Estos están asociados con aspectos de la naturaleza como las tormentas, el viento, o las cascadas, y atacan a los humanos porque está en su naturaleza, causándoles lesiones, enfermedades y la muerte. Pese a que en sus actividades diarias incorporan rituales para protegerse de estos espíritus malévolos, solamente la comunidad puede ofrecer verdadera protección frente a ellos. 

La supervivencia individual se considera imposible. Toda amenaza contra la comunidad y las relaciones de cuidado entre sus miembros es extremadamente amenazante para los semai. Es por ello que el comportamiento hacia los miembros del grupo define a las buenas y las malas personas. Mientras que las buenas personas son generosas, afectivas, y reflejan los valores de compartir, alimentar y ayudar a los demás; las malas personas son agresivas y violentas, mostrando comportamientos disruptivos como discutir y enfadarse. Son estos los estándares por los cuales los semai se juzgan entre ellos y a sí mismos.  Por lo tanto, el conflicto es su mayor temor, puesto que amenaza la imagen personal frente al grupo y la integridad de la comunidad, que ofrece el único refugio posible en lo que ellos consideran como un mundo hostil.

El entramado social y la toma de decisiones

No violencia y relación con la autoridad

Los semai tienen una relación muy particular con la violencia. Tienen una imagen del mundo como un lugar esencialmente violento, peligroso y hostil, por lo cual su seguridad recae enteramente en mantener fuertes vínculos y una gran armonía entre los miembros del grupo. Es por ello que el conflicto y la violencia interpersonales deben ser evitados, para así también mantener la seguridad individual.

Esta interdependencia entre los semai se ve reflejada, por ejemplo, en el intercambio constante de alimentos, en el cual los semai comparten su comida con los demás sin calcular pérdidas ni ganancias. Además tienen una fuerte imagen de ellos mismos como no violentos, y esta imagen se mantiene incluso cuando alguno rompe esa imagen. Está tan intrínseco en su identidad, que ellos no dicen “el enfado es malo” sino más bien “nosotros no nos enfadamos”. No obstante, esto no quiere decir que no se enfaden o discutan entre ellos. Cuando discuten o un semai ofende al otro, hay dos posibles caminos para la víctima: aguantar el “punan” o pedir compensación a quien le ha ofendido, cuya cantidad es proporcional al estrés emocional sufrido por la víctima.

Jóvenes semai en Kampung Rening, estado de Pahang. Foto de Tian Yake

Todo esto se ve reflejado en la manera en la que los semai educan a los niños. Los padres son, por norma general, cariñosos y cálidos con sus hijos, y educan de forma comprensiva y sin castigos. No suelen golpear a sus hijos, y si alguien intenta golpear a otra persona, tienden a preguntarle: “¿Y si la otra persona te pegara de vuelta?”. Así, rechazan la violencia física, que les inspira terror. El ejemplo más claro se presenta al traducir la palabra “golpear” del semai al malayo, usándose la palabra “matar”. Sí que los padres pueden llegar a amenazar a los niños con pegarles, e incluso hacen el gesto de elevar la mano, un machete o una caña de bambú, pero el golpe siempre se detiene a unas pulgadas del objetivo. Lo máximo que reciben los niños es un pequeño golpe.

Los niños tienen poco contacto con la violencia humana y se les enseña que esta es similar a una tormenta eléctrica, lo que refuerza la imagen de terror hacia ella. Como no se les castiga, ni siquiera cuando son violentos, no tienen modelos de violencia que imitar. Cuando un niño pierde los estribos, los adultos reaccionan sorprendidos, generando que los niños se vuelvan conscientes de la expectativa sobre un accionar no violento, lo cual también se manifiesta en el día a día de formas más sutiles. Los adultos muestran escasa tolerancia a las peleas entre niños.

Desde pequeños, los niños aprenden a controlar sus impulsos violentos. Como la violencia aterra a los semai, no responden a esta con más violencia, sino con pasividad o incluso huida. Así es como a los niños se les enseña que, frente a la violencia de los demás, pueden huir. Sin embargo, no solo le temen a la violencia, sino también a las consecuencias de la manifestación de sus propios impulsos agresivos. Por ello, el niño aprende a depender de sí mismo y a autocontrolarse, lo que refuerza la imagen personal de uno mismo como persona no violenta.

Es importante recalcar que en la sociedad semai no hay maneras institucionalizadas de prevenir la violencia, como la policía o los tribunales. Son ellos mismos los que aprenden a controlar sus impulsos violentos. El asesinato es casi impensable, y según los semai, no existen sanciones hacia él porque “nunca ocurre”. Y es cierto que, desde el primer censo de los semai en el año 1956, no se ha tenido constancia de ningún caso de asesinato entre ellos.

Tampoco se les considera buenos guerreros. La única vez en la que han necesitado luchar fue en la insurgencia comunista de principios de la década de 1950, cuando los británicos reclutaron tropas entre los semai, quienes se vieron obligados a combatir y matar a enemigos foráneos. Este proceso dejó una marca imborrable en las conciencias de los semai de mayor edad, llegando a referirse a este período como una “borrachera sanguinaria donde solo eran capaces de pensar en matar” (Dentan, 1968).

Hombre semai partiendo un durian. Foto: Georg Wittberger

Su organización social se caracteriza por ser igualitaria. Cada banda tiene un jefe, quien posee el rol de portavoz del grupo y se encarga de ejercer una autoridad moral. Pese a ello, no posee ningún tipo de poder institucional. En la sociedad semai, los roles sociales tanto para hombres como para mujeres son los mismos, por lo que estos no están divididos de manera rígida como en el caso de otras sociedades. Pese a que la mayoría de los jefes son hombres, también hay algunas mujeres que ostentan este rol.

Es difícil en la sociedad semai que una persona limite las acciones de otra. Al haber poca autoridad, es la opinión pública la que rige una parte importante de las relaciones sociales, tomando el rol de autoridad, siendo importante la obtención de la opinión pública. Para ello, los semai usan técnicas de persuasión, las cuales son de vital importancia conocer para entender cómo funciona su sociedad y cómo relacionarse en ella. Al final, es la opinión pública la única que puede controlar las acciones de los individuos, lo que se ve reflejado en una frase que dicen los semai: “aquí no hay más autoridad que la vergüenza” (Dentan, 1968, p. 69).

Un sistema de resolución de conflictos que casi no es necesario

Pese a que los semai temen y evitan el conflicto, esto no quiere decir que nunca suceda. Cuando surge un conflicto, es la responsabilidad de todo miembro de la comunidad que está al corriente de comunicárselo al jefe de la comunidad, quien convocará una becharaa’, que es una asamblea de resolución de conflictos. Como el sentido de la comunidad es muy fuerte entre los semai, todo conflicto pasa a ser la preocupación y responsabilidad de todo el grupo.

Resolver el conflicto pasa entonces a ser una necesidad, con tal de restaurar el estado natural de amistad. Para ello se sigue el siguiente procedimiento: primero, el jefe del grupo convoca a las partes implicadas y a sus clanes para discutir sobre el asunto en una asamblea formal. Aunque los clanes están obligados a apoyar a sus miembros en las disputas, esto no divide o polariza a la comunidad. Además, si una persona se encuentra envuelta en un conflicto, y sobre todo si se demuestra culpable del conflicto, será amonestado por los miembros del grupo.

Esta asamblea suele tener lugar en la casa del jefe del clan al atardecer. Allí se reúnen los implicados, sus clanes, y toda persona interesada en ser espectadora. Al inicio, solo se discuten temas más banales, del día a día, evitando mencionar el asunto de la disputa. En algún momento, es una de las personas de mayor edad de alguno de los clanes quien menciona el tema en un monólogo sobre la interdependencia de la comunidad, la dependencia de los unos y los otros para sobrevivir, y la importancia de mantener la armonía. También agradece la ayuda dada y recibida. Otros miembros intervienen mencionando temas similares y enfatizando que el conflicto en cuestión es terrible y que tiene que ser resuelto lo antes posible para volver al estado de amistad natural de la comunidad.

Posteriormente, uno de los implicados explica su parte de la historia y justifica sus acciones. A veces puede que incluso ambas partes implicadas estén hablando al mismo tiempo. Tras ellos, son los familiares los que intervienen, incluso haciendo preguntas. Otros interesados dan también su opinión. Normalmente no se muestran signos de enfado o emociones fuertes, y la buena oratoria y la permisividad de los argumentos son muy importantes; con ello uno puede ganarse el respeto y la admiración de los presentes.

Foto: Norhidayyu Zainal/BERNAMA

La discusión puede durar horas o incluso varios días. La comunidad se centra en resolver el conflicto y en llegar a una solución. El jefe ofrece comida y los participantes duermen poco y se despiertan para seguir con el debate. Se estudia y se analiza el conflicto desde todas las perspectivas, motivos y justificaciones posibles. Si es necesario, se revisan incluso hechos que sucedieron años atrás, hasta que nadie tiene nada más que decir.

Es en ese momento, cuando nadie tiene la necesidad de decir nada más, que una becharaa’ termina. El jefe se encarga de anunciar su juicio, pero este se basa en las opiniones y el consenso implícito del grupo. Como se han examinado los hechos una y otra vez desde todas las perspectivas posibles, al final del largo debate quedan una serie de actos indefendibles que han sido reconocidos. El jefe reprende a una o a todas las partes implicadas, explica el camino que deberían haber tomado de acuerdo con la conducta correcta, y les pide no solo no repetirlo sino tampoco sacar a colación la disputa. A veces incluso se les impone una multa.

La becharaa’ es solo una parte del sistema de paz social de los semai. Este sistema de resolución de conflictos es además capaz de abordar con éxito los tres aspectos universales del conflicto humano: afectivo, sustantivo y social. Al discutir el asunto con tanta profundidad, se facilita una especie de catarsis emocional para los miembros de la comunidad. Como los sentimientos generados por el conflicto se sacan a relucir una y otra vez, estos acaban perdiendo intensidad e incluso desapareciendo a través del recuerdo y la revivencia.

Relación con otras religiones

A su vez, la llegada de las religiones no originarias se da en estrecha relación con el establecimiento de rutas comerciales con otras regiones, en todos los casos. Llevando a diversos académicos a plantear la posibilidad de que las religiones fueron utilizadas de manera estratégica por las élites deutero-malayas para permanecer en los nodos comerciales de cada período histórico.

En primer lugar, la llegada de los deutero-malayos hacia el año 300 a.C., desplazó a los proto-malayos hacia el interior de la península, estableciéndose los primeros en su lugar. Ya asentados en las costas, sufrieron un proceso conocido como “Indianización del Sudeste Asiático”. Este proceso se caracterizó por un aumento en las relaciones comerciales de la India, principalmente desde las costas de Coromandel y Bengala, para con los reinos de la región aprovechando los vientos estacionales; lo que generó que se la bautizara como la “Ruta de los Monzones”; ruta que llegó a la actual Malasia de la mano de barcos indios en busca de oro y estaño.

Esta interacción incluyó a monjes hindúes y budistas a bordo de los barcos que, a la espera del cambio de monzón, se asentaban temporalmente en las costas e interactuaban con los deutero-malayos. Así es que se adopta, no solo la religión hindú y budista, que pasa a ser mayoritaria en la región, sino también el sánscrito y ciertos componentes políticos. Esta interacción permaneció por siglos, donde los deutero-malayos establecieron reinos hindúes y budistas para consolidar el comercio y su poder político en la península. Un caso de amplio estudio es el reino de Kedah, en el Valle de Bujang, al norte de la península, donde los jefes deutero-malayos se proclamaron Rajas, en un movimiento estratégico de establecer el Valle como un punto nodal del comercio.

De la misma manera llegó el Islam. Hacia fines del siglo XIV y comienzos del XV, Parameswara, un príncipe de origen sumatrense y tradición hindú-budista, fundó Malaca, que se convertiría en sultanato, luego de que se tensaran las relaciones entre el reino de Majapahit, en la isla de Java, y de Ayutthaya, actual Tailandia. A pesar de que ambos reinos se disputaron la influencia sobre Malaca, su consolidación como Sultanato recibió la defensa de la Dinastía Ming, dado que era uno de los principales puertos musulmanes en una época donde el comercio se reconfiguró hacia Persia, Medio Oriente y las regiones musulmanas del subcontinente indio. A su vez, el Sultanato de Malaca fue clave para la diseminación del Islam no solo en la península, sino en toda la región.

Luego, el Sultanato cae bajo poder portugués (1511), desplazando a los musulmanes hacia el sur de la península, quienes establecieron el Sultanato de Johor. Los portugueses institucionalizaron el catolicismo en la región, utilizando a Malaca como base de las misiones en Asia. Esta división de la península fue escenario de cruentos enfrentamientos entre Johor, que mantenía la dinastía musulmana de los deutero-malayos, y la Malaca católica. Posteriormente llegó la colonización neerlandesa (1641), de confesión protestante calvinista, que se alió al Sultanato de Johor, desplazando a los portugueses de Malaca y generando una comunidad católica aislada y minoritaria. Gran Bretaña ocupó Malaca en 1795 y la recibió formalmente con el tratado anglo-neerlandés de 1824, y restablece la libertad de culto, permitiendo las misiones cristianas en la península, con un sesgo presente hacia distintas variables protestantes (metodistas, bautistas y evangélicos).

Así es cómo llegan las religiones a la península, las cuales se relacionaron con los Orang Asli de maneras complejas. En general, los pueblos originarios se aislaron de las corrientes religiosas que fueron llegando a la península, manteniendo sus costumbres e incluso resistiéndose a dichas religiones. Sin lugar a dudas, la relación con el Islam es la más problemática, puesto que, a pesar de que la Constitución de Malasia garantiza la libertad de culto, establece al Islam como la religión de la Federación. Esto genera que todo malayo étnico (deutero-malayo) sea considerado musulmán bajo la ley civil y la ley Sharia, y que la persona no musulmana que se case con un musulmán deba convertirse. De esta manera, los musulmanes cuentan con beneficios particulares por su confesión, algo que se denomina sistema Bumiputera, en principio formalizado para diferenciar a los malayos étnicos y Orang Asli de los ciudadanos chinos e indios. Lo cierto es que existen “Bumiputeras de primera y de segunda clase”.

Jefe semai. Foto: The Straits Times

A su vez, existe una presión estatal hacia los Orang Asli puesto que, así como las leyes otorgan un estatus especial a los malayos étnicos, se lo otorgan a los conversos (Muallaf), que renuncian a su estatus legal como Orang Asli y pasan a quedar bajo jurisdicción de la Sharia. Esto les da acceso a educación, subsidios a la vivienda, contratos públicos y desembolsos en efectivo (Arabestani y Edo, 2011). Sin embargo,la conversión al Islam es vista por los Orang Asli como una pérdida de identidad y de soberanía, sumado a la memoria histórica de los actos de violencia llevados a cabo por los deutero-malayos en la Emergencia Malaya; por lo que se realiza en situaciones económicas críticas y bajo un fuerte sentimiento de vergüenza.

Estas situaciones, usualmente son respaldadas por misiones cristianas, que brindan educación y salud para los Orang Asli en general, y los semai en particular. De esta manera, el cristianismo, con la característica de realizar acciones por fuera del Estado malasio, funciona como una suerte de escudo contra las presiones legales y estatales respecto de la conversión al Islam. Distinguiéndose del proselitismo musulmán por “vivir su fe y practicarla a través de la interacción con los Orang Asli” (Arabestani y Edo, 2011). Con estos procesos se han desarrollado dogmas sincréticos que reúnen componentes de la fe protestante y creencias semai, debido a la no obligatoriedad de conversión por parte de los misioneros cristianos.

Reflexiones finales

Foto: Myles P. Storey

La situación actual de los semai se encuentra en un momento frágil, entre la presión socio-económica, estatal y legal sobre la conversión al Islam y el mantenimiento de sus creencias y tradiciones. Una de sus salidas ha sido la interacción con los diversos grupos de misioneros protestantes, pero no todos los semai pretenden sincretizar sus creencias o su idioma. El temor a la pérdida de las tradiciones y la vergüenza se presentan como una barrera de contención de los semai en particular, pero de todos los Orang Asli en general, para evitar la conversión a religiones externas.

Es por esto que los sistemas de resolución de controversias y la tradición de la no violencia siguen siendo parte fundamental del accionar semai de cara a estas presiones. El fortalecimiento de una comunidad de características pacíficas es la herramienta con la que resisten la influencia externa. En un mundo violento, estas posturas escasean, no obstante, sirven para demostrar que el camino de la no violencia es posible y que puede ser un signo de identidad para un pueblo.

Referencias

Arabestani, M. & Edo, J. (2011). The Semai’s response to missionary work: From resistance to compliance. Anthropological Notebooks, 17 (3): 5–27. ISSN 1408-032X. https://www.researchgate.net/publication/268404048_The_Semai%27s_response_to_missionary_work_From_resistance_to_compliance

Dentan, R. K. (1968). The Semai: A nonviolent people of Malaya. Holt, Rinehart and Winston.

Robarchek, C. A. (1997). A Community of Interests: Semai Conflict Resolution. En D. P. Fry & K. Björkqvist (Eds.), Cultural variation in conflict resolution: Alternatives to violence (pp. 51-58). Lawrence Erlbaum Associates. https://peacefulsocieties.uncg.edu/wp-content/uploads/2015/11/Robar97.pdf

  1. Algunos de estos préstamos se encuentran en los prefijos br- y pr-, surgidos de un uso antiguo de sus homónimos ber- y per- presentes en el malayo estándar actual. En particular, el prefijo ber- denota posesión y se presenta en palabras como berapa (de traducción directa “cuánto”, y que combina el prefijo ber- a la palabra apa, traducido como “qué” en gran parte de las lenguas austronesias).
    ↩︎

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