Graduada en Relaciones Internacionales en la Universidad Europea de Valencia. Estudiante del programa de maestría Humanitarian Action and Conflict en Uppsala Universitet (Suecia).
annaortizvivas@gmail.com
Al pasar por el control de inmigración del aeropuerto Indira Gandhi, en Nueva Delhi, y una vez sellado mi pasaporte, le dije al trabajador en hindi: “Muchas gracias. Apka din acha ho” (Que tengas un buen día), y me respondió, con una sonrisa: “Welcome to India”. Ahí es cuando este viaje se volvió real.

He tenido la suerte de poder viajar al país de mi amiga Deepti, conocer su ciudad natal, su cultura y cómo se crió. Hay algo muy especial en visitar el país de una persona a la que quieres y ver reflejadas en su familia y en su gente características de su forma de ser. Así, a través de los ojos de Deepti, no solo he conocido un poco más sobre la India, sino también sobre ella misma, y ahora puedo ver la India reflejada en sus acciones.
Nueva Delhi
Los primeros días los pasamos en su ciudad natal, Nueva Delhi, la capital del país. La ciudad está muy viva; personas trabajando, caminando por las calles, el caos ordenado del tráfico, el sonido del claxon, las voces de la gente, el olor a comida recién hecha. Vacas y perros, muchos perros, habitan las calles. Te subes a un tuk-tuk, un pequeño taxi característico del país, y vas sorteando coches, camiones con el símbolo de blow horn («haz sonar el claxon»), motos con una familia entera subida encima, y las pequeñas deidades vacunas. Y es que en la India, las vacas son sagradas y encarnaciones de los dioses, símbolo de la madre tierra y de la vida.

El tráfico me resultó fascinante. Cómo consiguen crear cinco carriles cuando solo hay tres pintados en el suelo, cómo algunos se atreven a ir en dirección contraria porque se han equivocado, cómo los coches no suelen parar para los peatones sino que son estos últimos los que tienen que esquivarlos, y sobre todo, cómo el claxon se usa, y esto nos lo dijo un local, para indicar que estás detrás o al lado de alguien; en resumen, cada dos por tres. Es realmente divertido experimentar la conducción en la ciudad, donde todos parecen saber muy bien cómo manejarse en el caos. Los hace admirables.
Durante nuestra estancia en Nueva Delhi, visitamos la Tumba de Humayun y el museo sobre ella. Este monumento histórico, que terminó de construirse en 1572, inspiró el diseño del Taj Mahal. Fue la primera esposa de Humayun, la emperatriz Bega Begum, quien, nueve años después de la muerte de su marido, encargó el proyecto.


La boda
Por la noche fuimos a la boda. Esta se celebró el día 3 de febrero entre Dr. Shipra Rao y Dr. Mayank Raghav. Esta tuvo lugar en el Grand Imperial Hall, en Kirti Nagar, en Nueva Delhi. Fue una boda tradicional hindú rajput, con rituales y tradiciones culturales que reflejan esta herencia.
Entre estos rituales se encuentra el mehendi, celebrado dos días antes de la boda. La ceremonia del mehendi simboliza el amor, la felicidad, y los nuevos comienzos, y se celebra dibujando motivos de henna en las manos y los pies de la novia. En estos diseños muy detallados a menudo se oculta el nombre del novio, y se cree que cuanto más oscuro es el color de la henna, más fuerte es el amor entre la pareja. Puesto que el mehendi de la novia lleva bastante tiempo, los invitados suelen bailar y celebrar y normalmente también se les dibuja en las manos diseños más sencillos.

Las bodas en la India están llenas de emoción, colores, tradiciones, ceremonias y rituales, bailes y música. Una de esas ceremonias se suele celebrar un par de días antes de la boda. El haldi consiste en aplicar al rostro, manos y pies una pasta elaborada con cúrcuma, sándalo y agua de rosas a la pareja, los familiares y los amigos cercanos. Se cree que esta pasta protege de las energías negativas y aporta un brillo natural. Su reluciente color amarillo destaca mucho en esta ceremonia alegre, donde muchas veces los presentes acaban aplicándose el haldi unos a otros entre risas.
Nosotros no pudimos asistir más que a la última ceremonia. Empezaba sobre las siete de la tarde y terminaba sobre las seis de la mañana, y había más de 500 invitados.
Estuvimos un par de horas arreglándonos en casa. Todos habíamos alquilado vestidos para la boda; las mujeres alquilamos lehengas cholis y los hombres, kurtas. Un lehenga choli es un atuendo tradicional, compuesto por una falda larga hasta los tobillos, llamada lehenga, y una blusa ajustada, llamada choli y un pañuelo largo que suele cubrir los hombros, llamado dupatta. En el local donde se alquilan trajes tradicionales para este tipo de celebraciones puedes pedir que te los ajusten según tus medidas.


Nada más llegar, el hermano de la novia, Aman, nos dio la bienvenida y nos llevó directos a la pista de baile. Y ahí estuvimos, bailando canciones en hindi y otras como “Gasolina” de Daddy Yankee. Eso nos abrió el apetito, y en la zona de snacks los camareros no dejaron, con esa hospitalidad tan característica, de traernos plato tras plato, bebida tras bebida, para que probáramos todo lo que se había cocinado para la boda.
Tiempo después llegó el novio. Subido en caballo blanco y blandiendo un sable, con mini fuegos artificiales y gente lanzando billetes al aire, la música y el baile le acompañaron hasta la entrada del local. A esta ceremonia se le llama baraat. La familia de la novia le dio una cálida bienvenida con los rituales del tilak y el aarti. En el tilak, la familia de la novia acepta formalmente al novio, y en el aarti se hace una ofrenda de luz a los dioses.
La novia llegó más tarde, vestida de rojo, con cuatro personas transportando un mandap móvil de flores sobre su cabeza y con música acompañando su entrada. Al encontrarse, los novios se intercambiaron palabras y guirnaldas de flores en la ceremonia del jai Mala (también conocida como varmala), simbolizando así su aceptación mutua.
Los rituales nupciales continuaron con la ceremonia sagrada del mandap. En ella, la pareja se sienta bajo el mandap (estructura cubierta con pilares que simboliza el altar en las bodas hindúes) mientras el sacerdote recita mantras védicos. Además, en uno de los rituales más importantes, llamado kanyadaan, los padres de la novia entregaron su mano al novio.
A esto le siguieron varios rituales, como el saat phere, en el que la pareja dio siete vueltas alrededor del fuego sagrado, representando cada vuelta un voto de amor, confianza y compromiso, o el maang bharai, donde el novio untó sindoor (un polvo rojo usado por las mujeres hindúes casadas) en la raya del pelo de la novia, simbolizando su condición de mujer casada. También le ató el mangalsutra (un collar sagrado) al cuello, sellando así el vínculo entre ambos. Otro ritual con un aire más juguetón fue el joota chupai, en el que las hermanas de la novia escondieron los zapatos del novio (joota significa zapato) y exigieron dinero a cambio, creando un momento alegre y divertido para ambas familias.
La boda finalizó con el último ritual nupcial, el bidaai, en la que la novia se despidió de su familia y amigos y partió junto al novio para comenzar su nueva etapa juntos.




Jaipur
Otro día viajamos a Jaipur. Los poco más de 300 kilómetros nos tomaron casi 10 horas. El tráfico ahí tiene ese factor sorpresa por el que no sabes si vas a tardar el doble de lo esperado.
Una vez en Jaipur, visitamos el Palacio Amber, donde un guía nos contó la historia del palacio y datos curiosos sobre su arquitectura. Recuerdo la sala de los espejos, con millones de espejos en paredes y techos, que antaño la reina hacía brillar poniendo velas y simulando un cielo estrellado para ella y sus hijos.
Jaipur tiene encanto, y es menos caótico que Nueva Delhi. En el viaje en coche se podían ver diversos edificios y estructuras con el característico color rojo que puede encontrarse por toda la ciudad, como por ejemplo el Hawa Mahal o Palacio de los Vientos.


Vimos a encantadores de serpientes, y en cada calle que pisamos nos rodeaban vendedores de aparatos diversos preguntándonos si queríamos comprar algo, y hasta un «¿queréis gastar vuestro dinero?».
Después fuimos a visitar el Templo Birla Mandir de Jaipur, construido enteramente de mármol. Este santuario hindú está dedicado a la diosa Lakshmi y el dios Vishnu, también conocido como Narayan, y por eso también se lo conoce como el Templo Laxmi Narayan.


Una vez dentro, descalza, me senté en el suelo para cerrar los ojos y tomar un momento de presencia y apreciación. A mi lado, una mujer india me saludó y me indicó que había que meditar por al menos dos minutos, y eso hicimos. Al levantarnos, me miró con una sonrisa y me dijo: “En tu anterior vida, debiste haber sido india”, a lo que yo respondí: “Ojalá”.
Agra y el Taj Mahal
En mi último día, fuimos de viaje a Agra, a visitar el Taj Mahal.


El Taj Mahal empezó a construirse en 1631 y tardó 22 años en terminarse. El hombre que lo construyó lo hizo en honor a su tercera mujer, que falleció en el parto de su catorceavo hijo. A sus dos anteriores mujeres, les construyó dos cúpulas que se sitúan al inicio del edificio. Este es el monumento más simétrico del mundo, y solo la tumba del rey, situada junto a la de la reina, rompe esa asimetría.
Tiene 22 cúpulas a la entrada, una por cada año de su construcción y el palacio está decorado con piedras preciosas de diferentes colores. De estas, solamente las rojas brillan con la luz, mientras todas las demás se ennegrecen.
También visitamos el negocio de mármol (el mismo mármol que el que fue usado para el Taj Mahal) dirigido por los descendientes de los que construyeron el Taj Mahal; catorce generaciones de artesanos del mármol, que guardan el secreto de la receta del pegamento con el que pegan las piedras preciosas al mármol, un pegamento que una vez se funde, tras endurecerse, no se puede volver a fundir.
El nombre “Taj Mahal” significa el palacio de la corona, aunque este nombre fue otorgado por los ingleses durante su colonización de la India. Construido por un musulmán, el nombre original es rauza-i munawwara (en persa-árabe), que significa la tumba iluminada o ilustre.
Gastronomía india
La comida durante todo el viaje me pareció deliciosa. Es difícil describir los aromas y especias que están presentes en la gastronomía india. Tras las comidas en restaurantes, nos ofrecían semillas de hinojo (saunf) y piedras de azúcar (mishri) para suavizar el sabor de las semillas, que ayudan a mejorar la digestión y el aliento.

De entre todo lo que comimos, destaco la dosa que desayunamos en un restaurante caracterizado por servir comida tradicional del sur de la India, que suele ser menos conocida que la del norte. La dosa es un tipo de crêpe salada rellena, servida acompañada de chutney y sambar, un caldo agridulce y picante elaborado con tamarindo.

Es cierto que los meses de preparación para mejorar mi tolerancia al picante no me prepararon para lo picante que podía llegar a ser la comida, sobre todo en Jaipur, ya que el estado de Rajastán es conocido por su comida picante. Por suerte, la cuajada (dahi, en hindi) me salvó en cada ocasión.
No es posible condensar todo lo que aprendí y sentí en una semana en la India. Me hubiera gustado poder estar más tiempo y conocer más del inmenso país y celebrar su cultura junto a Deepti. No me cabe la menor duda de que la amistad que nos une me llevará allí de nuevo, y de que seguiré viendo la India reflejada en su mirada.
