Licenciado en Filosofía y Letras, y estudiante de Antropología, con formación avanzada en Estudios del Futuro, Prospectiva y Estudios Culturales. Máster en Mediterráneo Antiguo y Oriente Próximo, además de un posgrado en Análisis de Inteligencia por el Instituto Gutiérrez Mellado. Especializado en ciberinteligencia, operaciones psicológicas, HUMINT y ciencias del Islam, centra su investigación en crimen organizado, geopolítica y comercio internacional.

Interesado en Europa del Este y Oriente Próximo, combina conocimientos en biotecnología, smart-cities y mediación de conflictos, con experiencia en prevención de desastres y lucha contra la desinformación.

artiom.vnebreaci@gmail.com

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Casi 30.000 personas desafiaron el frío de un martes de noviembre para subir a uno de los puntos más altos de la ciudad de Barcelona (España): el Estadi Olímpic Lluís Companys. Este gran recinto deportivo se transformó en un espacio de confluencia geopolítica y cultural donde el deporte funcionó como vehículo de denuncia internacional.

Antes del pitido inicial, el ambiente ya contenía todos los elementos de un ritual político contemporáneo: un mar de kufiyas palestinas se mezclaba con esteladas catalanas. Ambos conjuntos saltaron al campo el 18 de noviembre de la mano de niños refugiados palestinos, avanzando lentamente hasta llegar al círculo central donde una gran pancarta proclamaba “Football for Peace”.

Preparación inicial de la pancarta “Football for Peace”. Fuente: Artiom Vnebreaci Popa

Este partido benéfico nació de la voluntad conjunta de la Federación Catalana de Fútbol y la plataforma Act X Palestine, enmarcándose en el inicio de una gran campaña internacional para la reconstrucción de Gaza. La recaudación se destinará íntegramente a dar respuesta integral bajo tres ejes: ayuda humanitaria y reconstrucción de Gaza, justicia y fin de la impunidad, y la cultura como resiliencia comunitaria. 

Aún así, la organización enfrentó obstáculos considerables. Se encontraron con reticencias iniciales de la propia Federación Catalana, el elevado coste del estadio y dudas sobre la capacidad de convocatoria. Sin embargo, el poder popular superó todas las barreras institucionales, demostrando que cuando una causa conecta con el tejido social profundo, las dificultades logísticas se convierten en secundarias.

Las voces del poder simbólico: presencias y ausencias significativas

Un hombre ondenado la bandera de Palestina en el Estadi Olímpic. Fuente: Claudia Farré Parera

La figura de Pep Guardiola (ex entrenador del F.C. Barcelona) se erigió como el principal amplificador moral del evento, utilizando su autoridad simbólica para articular una acusación directa contra la inacción internacional ante la tragedia en Palestina. En declaraciones previas al partido, denunció que «el mundo ha abandonado a Palestina«, subrayando la complicidad colectiva y la falta de liderazgo político para frenar “una atrocidad” cuyos motivos responden a intereses demasiado poderosos.

Para Guardiola, el encuentro deportivo podía remover conciencias y recordaba que el simbolismo por sí solo no logra mucho y debe traducirse en acción política para evitar quedar en el terreno del mero gesto moral. Ese capital simbólico (procedente de uno de los entrenadores más influyentes del mundo), otorgó al partido una lectura inevitablemente geopolítica.

A su vez, en el palco del Estadi Lluís Companys se escenificó un mapa político complejo, con figuras como Hansi Flick, Greta Thunberg, Ada Colau o Jaume Collboni. Las ausencias, sin embargo, fueron igualmente reveladoras: ni Josep Soteras (presidente de la Federación Catalana de Fútbol) ni Joan Laporta (presidente del F.C. Barcelona) acudieron, y la ausencia más significativa fue la del presidente de la Generalitat de Catalunya Salvador Illa (sustituido por cuatro consejeros mientras él asistía a un acto institucional en Madrid). Esta decisión contrastó con la del lehendakari vasco Imanol Pradales (presente en el encuentro de San Mamés). 

Greta Thunberg presente en el palco del Estadi Lluís Companys. Fuente: Artiom Vnebreaci Popa

El precedente vasco y el simbolismo palestino: San Mamés, Barcelona y el fútbol como acto de existencia

El 15 de noviembre, el estadio San Mamés se convirtió en un referente histórico al acoger el primer partido de la selección palestina en Europa. Ante más de 50.000 espectadores y un estadio inundado de ikurriñas y banderas palestinas, Euskal Selekzioa venció 3-0, pero el verdadero triunfo fue simbólico: un mosaico conjunto de ambas banderas, un minuto de silencio por los palestinos asesinados por parte de las fuerzas armadas israelíes y una vuelta de honor de los jugadores palestinos con la pancarta “Thank you Basque Country”. Los cánticos de “Free Palestine” consolidaron un precedente que marcaría inevitablemente las expectativas sobre el posterior encuentro en Barcelona.

Vuelta de honor de los jugadores palestinos con la pancarta mencionada. Fuente: X

Tres días después, Montjuïc acogió el segundo partido palestino en Europa desde la creación de su selección en 1952. Aunque la cita catalana se disputó en un martes laborable (lo que dificultó la asistencia y alimentó comparaciones mediáticas desfavorables respecto al fin de semana vasco), su carga simbólica no fue menor. Para la selección palestina, pisar césped europeo constituye un acto de resistencia, ya que deviene en una afirmación de su existencia en un escenario global donde su cultura suele quedar relegada.

El entrenador palestino Ehab Abu Jazar expresó que la gente de Palestina pide a la Selección enviar un fuerte mensaje al mundo, ya que tienen pocos medios para hacerlo y el deporte es una buena oportunidad para ello. En esa idea se condensa la condición subalterna palestina en el espacio mediático internacional: sin los recursos comunicativos de un Estado consolidado, el deporte se convierte en una herramienta política y emocional de primer orden. “Jugamos no sólo para ganar, sino para existir”, añadió Abu Jazar.

La trayectoria del fútbol palestino ilustra esta resiliencia. Aunque la Asociación Palestina de Fútbol nació en 1952, la selección no fue reconocida por la FIFA hasta 1998. Desde entonces ha disputado 3 Copas Asiáticas (2015, 2019 y 2023), llegando en esta última a octavos de final. Estuvo cerca de clasificarse para el Mundial del 2026, truncado por un penalti que derivó en empate contra Omán. 

Mosaicos con las banderas catalana y palestina. Fuente: Claudia Farré Parera (co-autora de las imágenes en directo)

Cultura, deporte y solidaridades periféricas en un mismo acontecimiento político

El partido de Montjuïc se concibió como un evento cultural y político que desbordó lo estrictamente deportivo. Catalunya quiso ofrecer una acogida ceremonial a la selección palestina: múltiples colles,18 grupos de castellers, diables, grallers, gegants y bailes tradicionales ocuparon el césped ante 30.000 espectadores. Los himnos fueron interpretados por un ensamble encabezado por el Coro Al-Balad, y el momento más simbólico llegó cuando una enxaneta coronó un castillo desplegando la bandera palestina, escenificando una hermandad intercultural que impregnó toda la noche.

Una gran bandera palestina en medio de un grupo de espectadores. Fuente: Eurosport

En el terreno de juego, Catalunya se adelantó pronto con un cabezazo de Ilie Sánchez y un autogol forzado por Joel Roca. Sin embargo, el gol palestino de Mostafa Zeidan fue el punto emocional del encuentro, ya que fue celebrado más que los tantos locales (expresando así, que la afición no había ido a ver un partido, sino a participar en un acto de solidaridad y visibilidad para un pueblo que lucha contra la invisibilización de su propio genocidio). La segunda mitad fue menos intensa, pero la grada no decayó, sosteniendo un apoyo continuo al juego deportivo y al evento cultural.

Así, este encuentro debe situarse en una genealogía más amplia donde el deporte actúa como espacio de contestación política. Este evento deportivo se enmarca en la modalidad de la diplomacia subnacional que se define por actores sin reconocimiento estatal pleno que recurren al poder blando para ganar visibilidad.

Catalunya, sin pertenecer a la FIFA o la UEFA, utiliza su selección como proyecto político-cultural. Palestina, miembro de la FIFA desde 1998, juega sus partidos oficiales en Jordania debido al conflicto. Ambas comparten, desde ángulos distintos, una posición precaria en el sistema internacional. Por ello, cada gesto ritual de la noche (el intercambio de camisetas, niños refugiados acompañando a los jugadores, el minuto de silencio por deportistas fallecidos), adquirió densidad semiótica. El partido funcionó como texto político, abierto a múltiples lecturas y capaz de generar debate público más allá del marcador.

En ese marco, el grito “Som un únic poble” (Somos un único pueblo, en catalán) condensó la tesis afectiva del encuentro: la construcción de una comunidad imaginada entre pueblos periféricos, sin Estado pleno o bajo ocupación, que se reconocen en luchas compartidas. Pero esta identificación también presenta límites.

Catalunya es una región próspera dentro de un Estado europeo democrático (España). Palestina vive bajo ocupación militar. La selección catalana reúne a futbolistas profesionales de élite con pasaportes europeos, mientras que los palestinos sufren una diáspora deportiva obligada (repartidos por ligas cataríes, jordanas, estadounidenses, kuwaitís y libanesas ante la imposibilidad de desarrollar sus carreras en casa).

Con todo ello, tales asimetrías no invalidan el gesto. La solidaridad política no exige equivalencias absolutas, sino reconocimiento mutuo de principios: autonomía, rechazo a la invisibilización y voluntad de existir como sujeto político en el escenario internacional. Montjuïc se convirtió así en un espacio donde Catalunya y Palestina se miraron como aliados en una constelación de luchas, utilizando el deporte como lenguaje común para reclamar visibilidad y dignidad.

Marcador 2-1 a favor de Catalunya. Fuente: Artiom Vnebreaci

La ceremonia final

A pesar de que el encuentro terminó con un 2-1 en el marcador a favor de Catalunya, el resultado quedó rápidamente en un segundo plano. Tanto jugadores como aficionados entendieron que el verdadero significado del partido iba más allá del aspecto deportivo. El duelo entre Catalunya y Palestina se convirtió en un acto de apoyo, visibilidad y reivindicación, donde el mensaje colectivo y la solidaridad compartida pesaron mucho más que cualquier cifra en el marcador.

Después del pitido final, instados por los animadores del estadio, los aficionados despidieron a los jugadores de ambas selecciones con gritos de “Libertad para Palestina” y “Free Palestine” . Los futbolistas dieron una vuelta de honor completa por el césped antes de la entrega del trofeo de participación. 

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