Licenciado en Dirección de Cine en la Universidad Columbia del Paraguay.
Candidato a Maestría en Publicidad y Relaciones Públicas en RUDN University (Rusia).
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Yo de vuelta. Seguramente, al ver mi nombre en el encabezado, algún lector habitual de Revista Tarpán resople, ponga los ojos en blanco y piense: "A la mierda, ahí va este Rubén otra vez, prometiendo una reseña súper objetiva sobre alguna rebuscada película soviética en blanco y negro, quizás un análisis serio y distante sobre la Nouvelle Vague1 rusa en Tengo veinte años de Marlen Khutsiev, para terminar hablando, inevitablemente, de su propia vida, de sus traumas y de sus fantasmas". ¿Y qué voy a hacer? tienen toda la razón del mundo. Soy cansino, reiterativo y, probablemente, peque de un apesadumbrado egocentrismo terapéutico al creer que mis vivencias personales tienen algún punto de conexión con la historia del arte universal. Les pido perdón por ello, sinceramente. Pero deben entender que Tarpán me hace bien; este espacio funciona para mí como un confesionario laico donde, bajo la excusa intelectual de hablar de películas, termino ordenando los muebles desordenados de mi propia cabeza. Espero que, de alguna extraña manera, a ustedes también les sirva este desorden y tengan la paciencia de acompañarme en esta catarsis disfrazada de pseudo ensayo cinematográfico. La excusa de hoy es, en efecto, esa obra maestra de 1965, "Tengo veinte años" (Мне двадцать лет). Una película monumental que captura como pocas el deambular errático de una juventud que busca sentido en un mundo que ya no es el de sus padres.

Dirigida por el georgiano Marlen Khutsiev, esta cinta es hija legítima de la «era del deshielo2» post estalinista. Se atrevió a quebrar el molde del «realismo socialista» y su optimismo forzado, apostando por la desilusión y la melancolía. Años antes de que Godard o Truffaut dieran sus primeros pasos con la Nouvelle Vague francesa, Khutsiev ya estaba filmando, con una notable fluidez de cámara, la pérdida de la inocencia, el desgaste de las amistades y la llegada ineludible de la madurez.
Al ver a esos jóvenes moscovitas (Sergéi, Slava y Nikolái) caminando sin rumbo fijo por las avenidas anchas de la capital, buscando referentes de madurez y propósito en medio del deshielo de Jrushchov3, hay un recurso visual al inicio de la película que lo resume todo de forma casi mágica: observamos a un trío de soldados entonando la Internacional junto al río Moscova en un espectacular plano secuencia. A través de un fundido espléndido, las sombras de estos milicianos fantasmagóricos se transforman en nuestros tres modernos protagonistas, pero con un detalle crucial: caminan exactamente en la dirección opuesta. Ese simple plano condensa el abandono de los mandatos del pasado para forjar un rumbo propio.
Al ver esa imagen, no pude evitar sentir un escalofrío de reconocimiento. No pude evitar volver a mi propia juventud, a una etapa difícil y confusa donde yo mismo también me auto empujé a buscar ese sentir de «ser un hombre», aunque mis trincheras no fueran las de la Segunda Guerra Mundial, sino las del cuartel de la Fuerza Aérea Paraguaya, el servicio militar obligatorio en mi país, que realmente ni es tan obligatorio.

Mi búsqueda comenzó con una sentencia cultural familiar que cayó sobre mi hogar como un susurro. Fui al servicio militar, al CIMEFOR (Centro de Instrucción Militar y Formación de Oficiales de Reserva), no impulsado por una vocación marcial ni por un sentido de patriotismo para desfile, sino primeramente por pura curiosidad, y en segundo, una justificación mucho más desarrollada: porque sobre mi madre (madre soltera en una sociedad de juicios rápidos y lenguas afiladas) durante un numeroso almuerzo familiar en el que festejábamos alguna fiesta patria olvidada, llegué a escuchar y entender en mi niñez el susurro del murmuro hiriente, con esa crueldad costumbrista tan nuestra que se disfraza de consejo, el terrible comentario de que una mujer sola no podía criar varones rectos; se decía que, sin la mano dura y correctiva de un padre, sus hijos saldrían «demasiado buenos o desviados», eufemismos estúpidos e hirientes para la debilidad del hogar que fue abandonado.
En ese momento entendí que callaría esas bocas por ella, no importaba el yo, entiendo también que debe importar lo que queremos para nosotros mismos, pero realmente esa fue mi decisión honesta, y si tuviera que hacerlo de nuevo, pienso bastantes veces que volvería a tomar el mismo camino. Así que fui, acepté ese bautismo de hombría casi como una ofrenda sacrificial, o un trofeo de orgullo que podía regalarle a ella y a mis abuelos, para demostrarle al mundo que al menos ellos no habían fallado en su crianza.

Pero, al igual que los protagonistas de Khutsiev se sienten extraños y alienados en la Moscú de los sesenta, yo me sentí un completo extraño en mi propia película de acción imaginaria. Vivía en un limbo incómodo: estaba empezando la universidad y no lograba conectar con mis amigos universitarios, cuyas vidas seguían un curso civil, académico y despreocupado, lleno de encuentros de fraternización y exámenes teóricos; pero tampoco terminaba de fundirme con la marcialidad ruda de mis camaradas del cuartel. Aprendí a estar solo rodeado de gente, valorando a mi familia precisamente a través del dolor de su ausencia.
El recuerdo más vívido y visceral de esa desconexión es el de la primera noche en el cuartel. Estaba muerto por dentro, una sensación física de vacío que iba mucho más allá del simple cansancio muscular; era como si me hubieran drenado la voluntad. Las piernas me temblaban incontrolablemente, como si no me pertenecieran, ajenas a cualquier orden cerebral, al caminar tenía miedo de que no respondieran, me cayera y ya no pudiera levantarme aunque peleara contra ello.
Horas antes, habíamos trotado por todo el predio durante horas interminables, donde vi cambiar de color el cielo tantas veces en cada ida y vuelta, bajo un régimen sádico que entendía el dolor físico como la única pedagogía válida para forjar el carácter. El escenario era más que interesante: una ambulancia pasaba lentamente en bucle ante nosotros, con la sirena alarmando nuestro desentendimiento espacial, alzando a los que iban cayendo desplomados como muñecos de trapo, premiándolos con el terrible castigo de brindarles seductoras botellas de agua fresca en ese infernal calor paraguayo, tan amante de las pérdidas de consciencia entre quienes lo habitamos cada día. Subir a la ambulancia era merecimiento de volver a casa. Recuerdo que algunos, por puro instinto humano, tratábamos de detenernos para ayudar a los caídos, pero nosotros también estábamos al límite y la obligación marcial era seguir, porque no sabíamos cuándo se iba a terminar la eterna carrera hacia ningún lado. Siempre seguir hacia adelante, pisando el miedo de caer. Incluso recuerdo, con una claridad alucinada, las risas de algunas hermosas damas que observaban el espectáculo desde la sombra fresca; nos bromeaban invitándonos a rendirnos y descansar con ellas, sabiendo perfectamente que ceder a esa tentación significaba la humillación y la descalificación inmediata.
En medio de ese delirio febril, tras una ducha falsa que no me había quitado la cicatriz del calor, me hice la pregunta que flota en el subtexto de toda la película de Khutsiev: ¿A dónde he venido Dios mío? Sentía que el mundo se cerraba sobre mí. Y entonces, la respuesta no vino de una voz de mando ni de una epifanía divina, sino de un rayón tosco en el metal de un casillero frente a mí, antes de quedarme dormido: «Falta poco, casi nada». Esa frase, un grafiti de resistencia anónima tallada por algún recluta anterior que seguramente sintió el mismo terror que yo, me dio un consuelo desoladoramente minúsculo pero milagrosamente válido. Me aferré a esas palabras y al recuerdo de una hermosa chica, a quien me había acercado en los últimos días del último año que pasé en el bachiller, de la que estaba tontamente enamorado, como todo hombre lo ha estado tantas veces, de tantas formas y en demasiados tiempos. Pensé en ella todos esos días de encierro para no desmoronarme, idealizando el regreso, construyendo un castillo en el aire, solo para descubrir al volver que la vida real había seguido su curso y ella ya estaba con otro (insertemos risas imaginarias por tres segundos aquí). En algunos momentos es mejor reírse, tampoco pretendo escribir el mejor texto de la historia. Así aprende uno, a golpes de realidad, que el tiempo no espera a los soldados y que la vida no guarda ausencias.

Sin embargo, la guerra (o su simulacro en tiempos de paz) siempre cobra su peaje en la memoria y en el cuerpo. Es bien sabido por los cinéfilos que «Tengo veinte años» sufrió en carne propia una carnicería a manos de la censura que dialoga amargamente con esto. El montaje original de Khutsiev, de unas sublimes tres horas de duración, despertó la ira de Nikita Khrushchev por su tono pesimista y fue sajado minuciosamente hasta dejarlo en unos míseros 90 minutos. Amputaron su poesía visual y su memoria cinematográfica, la cual no pudo ser restaurada hasta la llegada de la Perestroika y el Glasnost4 en los años ochenta. Yo tuve una experiencia trágicamente similar con la mutilación del recuerdo. En la película, el protagonista Serguéi busca desesperadamente conectar con la generación perdida de la guerra, tratando de entender quiénes eran esos hombres que murieron. Yo tuve una experiencia inversa y trágica con el olvido.
En el intervalo entre el primer y el segundo periodo de instrucción, un camarada muy cercano a todos los de mi pelotón sufrió un accidente fatal en motocicleta. Desafió la velocidad una noche y se negó a usar casco. Sobrevivió de milagro, pero inevitablemente su cabeza se rompió en el asfalto: perdió la memoria. Todo ese mes de enero, de sudor compartido, de gritos, de descuereos y de camaradería forzada se esfumó de su mente. Años después, el destino nos cruzó en una boda olvidable. Yo estaba trabajando como videógrafo y él era un invitado más. Al reconocerlo a la distancia, me acerqué rápidamente con la calidez y la confianza de quien ha compartido una trinchera, preguntando emocionado y estúpidamente por los viejos tiempos. Su mirada vacía me detuvo en seco. Me tuvo que recordar, que él no recordaba nada. En ese momento sentí la misma orfandad existencial que Serguéi. ¿Dónde queda la experiencia compartida? ¿Quiénes somos si el testigo de nuestra lucha ha olvidado que luchamos juntos?
Mi paso por el cuartel continuó con una rodilla dislocada por cansancio muscular y mirando desde la banca cómo los demás seguían construyendo ese espíritu de cuerpo del que yo me sentía cada vez más ajeno. Pero me gradué finalmente. Cumplí con el rito. Vi el orgullo en los ojos de mi madre y mis abuelos, y supe que el sacrificio había valido la pena solo por regalarles esa alegría.

Pero si en el cuartel aprendí sobre la resistencia física y la supervivencia colectiva, la verdadera lección sobre qué significa «ser un hombre» la tuve que aprender en la soledad de mi casa, por oposición a la figura que supuestamente debía enseñarme esa misma cuestión.
En la película hay una escena mesiánica que grafica perfectamente esta ruptura: la fugaz y estelar aparición del legendario Andrei Tarkovsky como actor, interpretando a un joven fiestero. Su presencia simboliza la necesidad vital de que esa nueva juventud se olvide de las ataduras y decida su futuro sin prebendas paternas ni dictaduras estatales, guiando su destino a través de sus propias decisiones individuales. Yo tuve que hacer exactamente mi propia versión de esa escena.
Y es aquí donde la película me toca una fibra personal que necesito explicarles para que todo esto cobre sentido. Mientras Serguéi busca en sus sueños a un padre fantasma y heroico para que lo guíe, yo crecí con un padre presente pero emocionalmente ausente, cuya «pedagogía» rechacé visceralmente desde antes de nacer. Para que entiendan quién soy, al igual que todo niño paraguayo triste5, como rezaba el escritor español radicado en Paraguay, Rafael Barrett:
“Aquí los niños no lloran: gimen o se lamentan. No ríen, sonríen. ¡Y con qué sabia expresión! La amargura de la vida ha pasado ya por esos rostros que no han empezado a vivir. Estos niños han nacido viejos. Han heredado el desdén y el escepticismo resignado de tantas generaciones defraudadas y oprimidas. Comienzan la existencia con el gesto fatigado de los que inútilmente la concluyen.”
Deben saber que mi historia comienza con una frase terrible que mi madre pronunció cuando yo aún estaba en su vientre, protegiéndome: «Si me volvés a pegar, nunca más vas a ver el sol«. Aunque soy la representación de todo el amor que ella pudo darme, crecí bajo la sombra alargada de esa mano que una vez apretó su cuello contra la pared.
Esa violencia fundacional me educó al revés: me enseñó exactamente quién no quería ser. Por eso, hoy detesto las discusiones, las voces altas me ponen en alerta y el sonido de platos rotos contra el suelo me eriza la piel al instante. Y sí, confieso ante ustedes sin pena que soy torpe en las «artes masculinas» tradicionales que mi padre representaba: me corto siempre al afeitarme dejando un mapa de heridas en el rostro, los nudos de mis zapatos se desatan solos desafiando a la física y pateo la pelota sin la gracia ni la potencia de los demás hombres. Pero esas carencias son mi victoria secreta. Decidí que prefería no saber pegar, no saber gritar, si a cambio aprendía a escuchar, a corregir en privado para no humillar y a lavar los platos en casa ajena como un acto de respeto y sanación.
Hay una imagen que resume esta distancia generacional mejor que mil tratados de psicología. Una siesta6 en Capiatá7, mis hermanos y yo fuimos a despedir en vida a mi Abuela Sofía, madre de mi padre. Él guardaba silencio y mamá confió en dejarnos con él por primera vez, muchas cosas sucedieron por vez primera ese día. Papá nos dio un beso en la frente a cada uno, los cuales, debo mencionar a su favor, raramente no se sintieron como un protocolo. Abuela Sofía no era la misma físicamente, había pasado demasiado tiempo sin verla, sin probar la mejor chipa8 casera de mi historia personal. Ella sonreía como un ángel, con una fuerza inexplicable, para ocultar ese manantial de lágrimas que, yo sabía, guardaba adentro.
Tuve que llevar la vista hacia la cómoda que posaba frente a su cama. Descubrí que estaba llena de polvo, los hombres en esta casa no fueron capaces de limpiarla. Había una bandeja con chipas, puesta a modo de ofrenda para los invitados, en este lugar sin amor, abandonado. La chipa estaba dura y sin sabor, realmente no tenía nada a su favor. No hizo falta preguntar, para saber, que fueron hechas por papá. ¿A dónde irá a parar un hombre incapaz de limpiar el mueble de su madre y de imitar el sabor de las chipas que ésta preparó durante toda su vida?
Hacia el final de Tengo veinte años, hay una escena cumbre que cierra este círculo de padres e hijos. Serguéi tiene una visión onírica de su padre, quien murió en la guerra. Desesperado ante la confusión de su propia vida, le suplica: «Te pido un consejo… dime cómo vivir». El padre, vestido con su uniforme, le mira y pregunta: «¿Cuántos años tienes?». «Veintitrés», responde el hijo. El padre sonríe con una tristeza infinita y dice: «Yo tengo veintiuno. ¿Cómo voy a enseñarte?».
Esa imagen encierra mi verdad absoluta. A veces, los hijos superamos a los padres no por virtud, sino por pura supervivencia emocional. Mi padre se quedó estancado en sus veintiún años eternos, en una etapa inmadura donde los problemas se resolvían con golpes y silencios. Yo tuve que seguir creciendo. Él se quedó allí, en su juventud perpetua y egoísta; yo, con mis dudas, mi rodilla dislocada y mis zapatos mal atados, tuve que aprender a ser mi propio padre. Y al final, cuando el cansancio aprieta y la duda vuelve a surgir, cuando no sabemos si estamos yendo hacia el lugar correcto o simplemente estamos huyendo de lo que nos duele, solo nos queda mirar hacia adelante, leer los signos que la vida nos ha ido dejando en el camino como migas de pan y repetirnos, con la certeza del que sobrevive un día más, que para llegar a ser quienes realmente somos, falta poco, casi nada.
Ve la película (con subtítulos al español disponibles) en el siguiente enlace:
- Movimiento cinematográfico francés surgido a finales de la década de 1950. Se caracterizó por su ruptura radical con las convenciones narrativas y visuales del cine clásico, apostando por la libertad creativa, la improvisación, el rodaje en calles reales y un enfoque más autoral y personal. ↩︎
- Período de la historia de la Unión Soviética que siguió a la muerte de Iósif Stalin en 1953. Se caracterizó por una relativa relajación de la estricta censura y represión política, lo que permitió un modesto pero significativo resurgimiento de la libertad de expresión en las artes, alejándose del rígido dogma del «realismo socialista». ↩︎
- Líder de la Unión Soviética entre 1953 y 1964. Fue el principal impulsor del proceso de «desestalinización» y del período de deshielo cultural, aunque su tolerancia tenía límites y frecuentemente chocaba con las expresiones artísticas que consideraba demasiado pesimistas o vanguardistas ↩︎
- Proceso de apertura económica (perestroika) y política (glasnost) iniciado en la Unión Soviética por Mijaíl Gorbachov en la segunda mitad de la década de 1980. El segundo incluyó, entre otras cosas, la liberación y exhibición de obras de arte y películas que habían estado censuradas durante décadas. ↩︎
- Referencia al ensayo “Los niños tristes” del libro “El dolor paraguayo” de Rafael Barrett. ↩︎
- Práctica cultural consistente en un descanso durante las primeras horas de la tarde, generalmente después del almuerzo. En Paraguay, debido a las extremas temperaturas diurnas, es una costumbre profundamente arraigada que pausa el ritmo social y comercial, otorgando a ese lapso del día una atmósfera de quietud e intimidad familiar. ↩︎
- Ciudad ubicada en el Departamento Central de la República del Paraguay, integrante del área metropolitana de Asunción. Es una localidad populosa que combina el rápido desarrollo urbano con fuertes arraigos a la tradición y la vida de barrio. ↩︎
- Alimento tradicional y emblemático de la gastronomía de Paraguay y la región guaraní. Es un panecillo horneado elaborado a base de almidón de mandioca, queso, leche, huevos y grasa. Más allá de lo nutricional, posee un profundo valor afectivo y cultural, siendo un elemento central en reuniones familiares y festividades. ↩︎
