Lejos de tratarse de un enclave militar aislado, Granada fue un reino vibrante, estratégico, sofisticado y profundamente integrado en las redes políticas del Mediterráneo. Su resistencia no fue un accidente, sino el resultado de cálculos fríos, suerte geográfica, apuestas geopolíticas audaces, y una constante capacidad de adaptación al entorno y las situaciones.
